Sierra Cebollera
Posted on | diciembre 27, 2011 | No Comments
Embarco en el avión Sierra Cebollera en mi cuarto viaje a Canarias. Serán unas horas en La Laguna antes de partir hacia Los Cristianos, donde tomaré un ferry a La Gomera.
He calculado alrededor de 50 niños en el vuelo, alguno de apenas unas semanas, y un grupo de monjitas que desconozco si van o vienen. Están sentadas delante de mí, creando un muro de silencio respecto a la algarabía que las precede.
Una pizca de química, mucho sueño, dos partidas de Trivial -una la gano yo- y otra de Scrabble logran controlar el pánico que siento en cada vuelo desde que soy adulta. Y la visión del Teide, que me fascina como el primer día.
Tarea para cuando recupere la conexión: investigar dónde demonios está la Sierra Cebollera.
Avión Sierra Cebollera, 26 de diciembre de 2011
PD: Localizada en el mapa la Sierra Cebollera: está en La Rioja.
San Sebastián de La Gomera, 27 de diciembre de 2011
Hoy hace diez años
Posted on | diciembre 23, 2011 | 2 Comments
Un 23 de diciembre de 2001, más o menos a estas horas, publiqué mi primer post de la mano de Proust y Blogger. Primero fueron efemérides, luego teoría literaria, después dejé hablar a los escritores, y ahora hago recuento de libros y viajes.
Entonces, apenas tres meses después de caer las Torres Gemelas y aún sin internet en el móvil, quien tenía algo que expresar creaba un blog. De todos los inventos que llegaron más tarde, ciclón social media incluido, ninguno me conquistó como lo ha hecho Instagram, tan inspiracional si eliges bien a quien sigues. Gracias a él ha revivido mi tumblr, ese repositorio de cosas bonitas que creé en 2008 y que ahora es otra de mis herramientas favoritas.
Para celebrar el décimo aniversario de La hormiga y de paso felicitar las fiestas he elegido mi villancico favorito de 2011: los impresentables Gallagher (Shameless) pidiendo más alcohol por Navidad.
Reencuentro con La señora Dalloway
Posted on | diciembre 4, 2011 | 1 Comment
Si Virginia Woolf tuviera su Bloomsday (¿Woolfsday?) se celebraría un día de junio de 1923.
La señora Dalloway dijo que ella misma se encargaría de comprar las flores…
Así empieza esta novela, en la que no pasa nada -salvo el triste fin de Septimus, contrapunto de locura a la autocontención de Clarissa/Virginia – y a la vez ocurre todo lo que pueda ser importante en una vida.
Esto es una relectura, van tres. He vuelto a pasar un día entero con la señora Dalloway y lo que ella amaba: la vida. Londres, este instante de junio [de 1923]. Recordando y preparando todo para la fiesta de esa noche.
Alguna vez he empezado un libro, por ejemplo de Paul Auster, y he tardado páginas en darme cuenta de que ya lo había leído. Con La señora Dalloway es imposible: la primera frase contiene su principio y su fin.
Habla Clarissa de los momentos que detienen el tiempo. Son aquellos que, incluso hoy, ni se cuentan ni están documentados. Allá el que los ponga en su timeline.
La compensación de hacerse viejo estribaba sencillamente en lo siguiente: las pasiones siguen tan fuertes como siempre, pero uno ha adquirido -¡al fin!- la capacidad que da el supremo aroma a la existencia, la capacidad de dominar la experiencia, de darle la vuelta, lentamente, a la luz. Ahora, a los cincuenta y tres años, uno había casi dejado de necesitar a la gente. La vida en sí misma, cada uno de sus momentos, cada gota, aquí, este instante, ahora, al sol, Regent’s Park, era suficiente.
Hace poco oí decir a una actriz nonagenaria -no recuerdo el nombre- que pese a los achaques conservaba la ilusión de siempre por levantarse temprano, disfrutar del sol y de su jardín. Abrir la ventana, ver empezar el día y aprovechar los ratitos que son de mi propiedad como el mayor de los regalos es lo que hace que esta vida sea bonita
Para conocer a Clarissa, o para conocer a cualquiera, uno debía buscar a la gente que lo completaba; incluso los lugares.
Siguiendo el orden de publicación, ahora me toca decidir si releo Al faro, para mí la novela entre las novelas, la que condensa todo lo que busco y espero de la literatura.
Trapero del tiempo
Posted on | diciembre 4, 2011 | 1 Comment
Gregorio Marañón escribía sus ensayos en los huecos que le dejaba la actividad médica. Sacaba tiempo para todo porque era, decía, un “trapero del tiempo”:
No desperdiciar ningún resto del tiempo. Ser trapero del tiempo. Éste es el secreto del trabajo.
Chicago para diletantes
Posted on | noviembre 21, 2011 | 1 Comment
Chicago no quiere turismo descerebrado ni fetichistas del hampa. Para seguir el rastro de Al Capone habrá que acudir a los libros, porque no hay un solo cartel que recuerde los años más violentos de la ciudad.
La Windy City, levantada con tan buen gusto tras el incendio que la arrasó en 1871, recibe con los brazos abiertos a los amantes del arte y la arquitectura. Todas las guías remiten a la Chicago Architecture Foundation y al impresionante Art Institute of Chicago, que alberga iconos como American Gothic, de Grant Wood, Nighthawks, de Edward Hopper, o La Grande Jatte, de Seurat, por citar solo algunas de las obras más conocidas.
Si Nueva York es grasienta y destartalada, Chicago es pulcra y ordenada. También es fotogénica y peliculera, pero tiene un encanto más elitista. De los días en la ciudad del viento atesoro un par de estampas irrepetibles: la dorada luz del atardecer (y del amanecer, aunque había que ponerse en pie a las 5 a.m. para verlo) sobre los rascacielos con el lago Michigan al fondo o las vistas del Loop desde el tren elevado que atraviesa el río Chicago.
El Millennium Park está entre los grandes reclamos turísticos de la ciudad, pese a ser demasiado nuevo para mi gusto de nostalgic freak, y ofrece las mejores vistas del skyline, tanto directas como indirectas en los reflejos de esa habichuela gigante plateada que es The Bean. Para contemplar Chicago desde las alturas están las torres Hancock y Willis (antes Sears). Subí a la segunda y estuve arriba unos 30 segundos antes de bajar despavorida cuando sentí que todo se movía a mi alrededor. Los valientes pueden lucirse en el piso 130 colocándose sobre una plataforma transparente que sobresale de uno de los laterales.
Pero vamos a lo importante: la comida. Es típica de Chicago la stuffed pizza, de unos cuatro dedos de grosor. Con una porción de tamaño estándar puedes comer, cenar y lo que se tercie. Antes de empezar a comértela, las caras de abatimiento en la mesa de al lado te dan una idea de lo que te espera. Te quita las ganas de pizza por una buena temporada, doy fe. En general, cuando te sirven la comida en un restaurante te inclinas hacia delante, ansioso por empezar. El gesto común al ver la Chicago pizza es echarse hacia atrás para coger fuerzas.
En la misma línea está el suculento pastel helado Muddy Bottom de Hugo’s, restaurante hermano del emblemático steakhouse Gibson’s, con el que comparte cocina. Como mi cámara no lo captó bien, dejo una foto encontrada en Flickr que da una idea de su magnitud. El cuchillo clavado avisa de que vas a morir. Imposible comerse siquiera la mitad entre cuatro personas. Una delicia brutal.
Sorprendentemente, los vecinos de Chicago se mantienen en forma. Dando un paseo el sábado por la mañana hacia la playa Ohio comprobé el entusiasmo con el que hordas de ciudadanos se entregan al jogging y a la natación en el lago Michigan al lado de un batallón de marines haciendo lo propio.
Y así termina el relato de mi roadtrip por seis estados norteamericanos: Nueva York, New Jersey, Pensilvania, Cleveland, Indiana e Illinois.
Más fotos de Chicago:
Escribí esta serie de posts durante mis vacaciones por los EEUU. En su momento no pude publicarlos por falta de conexión.
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Rock and Roll Hall of Fame en Cleveland, Ohio
Posted on | octubre 16, 2011 | No Comments
Llegué a Cleveland, Ohio, al atardecer. Recorrer en coche las calles fue complicado porque había varias cortadas. El motivo era el rodaje de Los vengadores, que pude ver de cerca esa noche mientras cenaba en la terraza del grill Cadillac Ranch de la céntrica Public Square.
La gran atracción de la ciudad es el Rock and Roll Hall of Fame and Museum, un moderno edificio que flota sobre el lago Erie y cuya pirámide de cristal se inspira en las del Louvre. Cuando lo visité, en la explanada de acceso sonaba Jumpin’ Jack Flash, y familias de rockeros se hacían fotos delante de una gigantesca guitarra eléctrica.
Por los 22 dólares que cuesta la entrada puedes ver piezas legendarias de la historia del rock, desde guitarras hasta coches de Janis Joplin (en la imagen), Bruce Springsteen o ZZ Top y sobre todo ropa, por ejemplo el uniforme púrpura de Angus Young (ACDC), los monos kitsch del último Elvis, chaquetas raídas de Hank Williams, túnicas de las primeras damas del blues, el traje que llevaba Michael Jackson en Thriller o cazadoras ochenteras de Sting cuando estaba en The Police.
Me desconcertó el tamaño de la ropa de los Beatles, los Stones y demás grupos de los sesenta. Debían de ser todos de hueso pequeño, porque no parecían prendas de adulto. Y descubrí a Margi Kent, la diseñadora de cabecera de Stevie Nicks, responsable de esos etéreos vestidos gipsy que parecen confeccionados a base de coser decenas de pañuelos.
En las salas había auriculares para escuchar a los protagonistas de la historia del rock, y grandes pantallas con vídeos de cada época. Uno de ellos recordaba la historia de Menni Person, una afortunada señora que coincidió en un concesionario con Elvis y salió con un Cadillac regalado. El Rey, quien por cierto coleccionaba placas de policía, estaba comprando 13 para repartir entre sus allegados.
Cuando ya me iba del museo, una vieja rockera me invitó a entrar en el tour bus de Johny Cash. Pude ver la cocina, el dormitorio, el comedor o la sala de estar de Cash, con una mesa de roble de Tenneesee. Por si había dudas de que el autocar fuera auténtico, la amable guía me explicó que ella vio en concierto a Johnny Cash en Cleveland y efectivamente trajo ese vehículo.
Por Johnny Cash, de quien apenas conocía tres canciones, tengo cierta debilidad desde que vi Walk the Line, pese a lo cargante que me resulta Reese Witherspoon.
Más fotos de Rock and Roll Hall of Fame and Museum:
Escribí esta serie de posts durante mis vacaciones por los EEUU. En su momento no pude publicarlos por falta de conexión.
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La marmota de Punxsutawney, PA
Posted on | octubre 15, 2011 | No Comments
Y por fin llegué Punxsutawney, el pueblo en el que cada mes de febrero la marmota Phil determina si llega la primavera o todavía quedan unas semanas de invierno. Sí, el de la película Atrapado en el tiempo (Groundhog Day). He de decir que durante unos días supe deletrear P-u-n-x-s-u-t-a-w-n-e-y (léase “pansatónic”, Punxy para los amigos), ese nombre que le dieron los indios Delaware a este puñado de viviendas dispuestas a ambos lados de una carretera comarcal por la que circulan los camiones más colosales (y de colores más chillones) que he visto.
La primera parada fue en Punxy Phil’s Cakes & Steaks, auténtica “cocina energética” de la América profunda en un diner con asientos de sky burdeos a la entrada del pueblo. Los estómagos más delicados pueden tomar sopa o sándwiches; los valientes, gruesas tortitas acompañadas de una tortilla de tres huevos rellena de quedo cheddar y adornada con una bola de mantequilla.
A continuación era obligado visitar a Phil, la marmota, que tiene su madriguera (Phil’s Burrow) en la biblioteca pública de Punxy, situada en la plaza principal -¿la única?- del pueblo. Se le puede ver desde el exterior junto a su esposa, Phyllis, y su retoño, Stinky. Cuando los visité no mostraban mucha actividad, pero era la hora de la siesta en pleno mes de agosto. En la misma plaza está el escenario del Groundhog Day, y decenas de muñecos con forma de marmota por todo el pueblo dejan claro cual es su principal y única atracción.
En la tienda oficial de la marmota Phil me atendió una siniestra vecina de Punxy con una melena rubia lacia y larga hasta las caderas, sin exagerar. Tras preguntar si habíamos visto a Phil, lanzó su boutade: ella ve a decenas de Phils cada día en su backyard.
A punto de partir hacia Cleveland todas las campanas de Punxsutawney empezaron a sonar. Eran las cinco de la tarde y lo que oíamos parecía un himno. De que eran patriotas no quedaba duda. En los alrededores de la madriguera había un mueble para depositar las viejas banderas americanas. Llevaba esta leyenda: Proud to be an American.
Más fotos de Punxsutawney:
Escribí esta serie de posts durante mis vacaciones por los EEUU. En su momento no pude publicarlos por falta de conexión.
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Keep Pennsylvania Beautiful
Posted on | octubre 15, 2011 | No Comments
Camino a Punxsutawney desde Fallingwater contemplé auténticas estampas all american: casas de madera con su bandera en el porche, su barbacoa en el jardín y su buzón junto a la carretera, pequeñas iglesias en medio de la pradera y cementerios sin vallar en lo alto de la colina, esos en los que se congrega un grupo de gente enlutada en las películas. Parecía que Chris Cooper iba a aparecer en un pick up en cualquier momento.
Keep Pennsylvania Beautiful, se leía por las carreteras secundarias de este tramo pintoresco del roadtrip. Los jardines de las casas estaban impecables, cualquier diría que el hobby local era montarse en el cortacésped. De hecho vi varios casos y parecían disfrutarlo. Me quedé con la duda de cómo marcan el límite entre su propiedad y la del vecino, porque no había separación, solo una gran extensión de césped por la que se esparcían diferentes viviendas unifamiliares.
También vi casas prefabricadas y montones de remolques, ¿los usarán como habitación de invitados? En algunos casos era evidente que la familia entera vivía allí, algo bastante común; que se lo pregunten a Hilary Swank, que creció en un trailer park.
Camino a Punxsatowney, 23 de agosto de 2011
Más fotos de Pensilvania:
Escribí esta serie de posts durante mis vacaciones por los EEUU. En su momento no pude publicarlos por falta de conexión.
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Los zancudos de la laguna de Venecia
Posted on | octubre 1, 2011 | No Comments
Este post hay que leerlo con reservas porque lo escribí recién aterrizada en Venecia y tras tomar dos orfidales para sobrellevar el vuelo con dignidad.
Llegué a Venecia a las 11 de la noche y tomé un water taxi hasta el hotel, en los alrededores de San Marcos.
Tenía fichado el evocador barquito de madera del embarcadero 8, tal como me indicaron en el puesto de información del Marco Polo. Pero Toni, el taxista, cambió de idea y optó por uno blanco más grande, como los que conduce George Clooney hasta el Lido en el Festival de Venecia
Prescindí de la cabina con sus asientos de sky para surcar la laguna de pie, melena al viento, no sin algún traspiés cuando cruzábamos la estela de otro taxi.
El bueno de Toni tenía reservada una sorpresa: se había dejado el móvil cargando en una barcaza atracada en Murano, y hasta allí nos desviamos. Por el mismo precio disfruté de una encantadora visita nocturna de esta isla, tan tranquila de noche salvo por un evento que se celebraba en una de las terrazas de su canal mayor. Había grandes naves en cada manzana, muchas casas residenciales y ningún alma. Allí no parece que ponga el pie ningún turista, al menos a las 11 de la noche.
Ya rumbo a Venecia me desconcertó la calma del agua, el frenético maniobrar de Toni -al que era inmune- y las balizas que enmarcaban la ruta. En plena oscuridad parecían guardianes zancudos de un solo ojo. Me costó acostumbrarme a su vigilancia.
Pasado el Puente Rialto, y tras un vistazo rápido al hotel, procedía dar un paseo hasta San Marcos y el Palazzo Ducale, cuyas maravillas tengo grabadas a fuego desde el instituto. Se merece otra visita, esta vez diurna aun con aglomeraciones. De noche estaba desierto, solo una decena de jóvenes hacían botellón en la zona, a unos pasos del Puente de los Suspiros, que está en obras.
Escrito en la plaza de Barnaba, tomando un spritz frente a la iglesia que aparece en Indiana Jones y la última Cruzada
La casa de la cascada de Frank Lloyd Wright
Posted on | septiembre 25, 2011 | 2 Comments
La visita a Fallingwater, la casa de la cascada de Frank Lloyd Wright, fue otro de los hitos del roadtrip Nueva York-Chicago. Llegamos allí atravesando boscosas carreteras secundarias en las que por lo visto perecen a diario un buen puñado de mapaches. Cada vez que veías un animal atropellado tenía una vistosa cola de rayas.
Conocer Fallingwater es descubrir la historia de Liliane y Edgar Kauffman, los propietarios de los grandes almacenes Kauffman’s de Pittsburgh, cuya flagship en la Quinta Avenida de la ciudad la ocupa hoy un Macy’s. Para ellos y para su hijo, Edwar Jr, diseñó Wright en 1935 esta segunda residencia sobre el río Bear Run, en la zona de los Apalaches escogida por muchos Pittsburghers para instalar sus cabañas de verano.
La casa está abierta al público desde los años 60, pero el interior no se puede fotografiar a menos que escojas el tour VIP. La estampa más conocida, con el perfil de la vivienda sobre la cascada, se capta cruzando el río y avanzando por un sendero hasta el mirador.
El interiorismo de Fallingwater es obra de Wright, cada detalle tiene un propósito y hasta el último rincón está optimizado. Los techos son muy bajos, marca de la casa del arquitecto al igual que el uso del color rojo, por ejemplo en los ventanales. Si se puede prescindir de una esquina, se acristala para que entre más luz. La naturaleza invade las estancias, hasta las barandillas de las terrazas son muy bajas para no escatimar vistas del entorno.
Cada habitación tiene su terraza y su cuarto de baño, y la casa de invitados, a la que se accede por una escalera cubierta monte a través, dispone de una alberca sin depuradora que se renueva permanentemente con agua del río Bear Run. No obstante, yo me quedo con el acceso directo al río desde el salón principal de la vivienda. De las tres zonas de la casa, me gustó sobre todo la del patriarca, con amplias mesas para leer el periódico y estantes sin fin para libros.
El Smihsonian Magazine incluyó Fallingwater entre los 28 sitios que debes visitar antes de morir.
Cleveland, 23 de agosto de 2011
Fotos de Fallingwater:
Escribí esta serie de posts durante mis vacaciones por los EEUU. En su momento no pude publicarlos por falta de conexión.
Tags: apalaches > bear run > estados unidos > fallingwatter > frank lloyd wright > pennsylvania > pensilvania > pittsburgh > usa

















































































































