Houellebecq, Ampliación del campo de batalla

publicado por Rosana Ferreres on 26 Agosto 2010

Una vida entera leyendo habría colmado todos mis deseos; lo sabía ya a los siete años. La textura del mundo es dolorosa, inadecuada; no me parece modificable. De verdad, creo que toda una vida leyendo me habría sentado mejor.

He ahí el secreto de mi felicidad completa. Lo encuentro, paradójicamente, en un libro que no me ha gustado porque es de esos que concluyen que no merece la pena vivir.

Si hubiera que resumir el estado mental contemporáneo en una palabra yo elegiría, sin dudarlo, amargura.

Es la primera novela de Michel Houellebecq que leo. Ya en la contraportada, Tibor Fischer dice de Ampliación del campo de batalla (1994) que es “El extranjero de Camus para la sociedad informatizada”.

Oficialmente, estoy atravesando una depresión. Me parece una fórmula afortunada. No es que me sienta muy bajo; es más bien que el mundo a mi alrededor me parece alto.

De El extranjero, como de casi todo Camus, yo me quedo con el sol. ¿Por qué no me atrae esa literatura? Houellebecq lo sabe:

La forma novelesca no está concebida para retratar la indiferencia, ni la nada; habría que inventar una articulación más anodina, más concisa, más taciturna.

En la novela, que efectivamente me ha resultado anodina, un ingeniero informático recorre Francia dando formación sobre el software que ha desarrollado su empresa para el Ministerio de Agricultura. Es la primera vez que veo reflejada en literatura la relación cliente-proveedor, que se presta a todo menos a las florituras.

El protagonista acaba en un psiquiátrico:

Toda aquella gente -hombres o mujeres- no estaban trastornados en absoluto; sencillamente, les faltaba amor.

Y piensa en el tiempo para no aburrirse:

Me parecía normal que, a falta de acontecimientos más tangibles, las variaciones climáticas vinieran a ocupar cierto lugar en mi vida; por otra parte, según dicen, los viejos no consiguen hablar de otra cosa.

Mi Kindle y yo

publicado por Rosana Ferreres on 31 Mayo 2010

Lo digo siempre: el Kindle no está pensado para geeks, sino para gente que lee mucho.

En mi caso, cuando leo, leo. No voy a abandonar el libro un rato para echar una partida de algo, ver un vídeo  o consultar las noticias. Cuando me siento/tumbo a leer, lo mejor que me puede pasar es tener dos horas por delante para no hacer nada más.

Soy inmune a la estética de un documento cuyo contenido me interese, siempre que sea legible y haya espacios en blanco para respirar. Por eso no pongo pegas a ningún formato: PDF, MOBI o un simple TXT. Es lo que tiene ese “ir a las esencias” que me caracteriza. Que nadie me pregunte cómo es el diseño de un sitio “de contenidos” porque lo sigo a través de feeds -ya debo de ser de las pocas-.

Me encanta leer al aire libre, cosa que se complica algo con el iPad y sus reflejos. También me preocupo mucho de la limpieza del dispositivo, y el Kindle no tiene pantalla táctil, lo cual en este particular es una ventaja.

Leo cada vez más en inglés, por lo que estoy muy bien surtida en la Kindle Store. Además, no me quitan el sueño las novedades, por lo que el Proyecto Gutenberg, para mí, es un filón. Por no hablar de Scribd y mil otros sitios de descarga.

No sé leer sin subrayar. El Kindle lo pone fácil pese a faltarle agilidad al desplazar al cursor y a su teclado algo rígido.

Siempre leo varios libros a la vez y los llevo conmigo cuando viajo, por más que pesen. Dependiendo del estado de ánimo, de las ganas de viajar por unos paisajes o por otros o del hambre de intensidad poética, elegiré uno o otro de los que tenga empezados, o saltaré a uno nuevo.

Me gusta la conexión directa con Amazon, porque ahí está casi cualquier título que se me pueda ocurrir comprar.

La gran carencia que detecto es que no se puedan crear carpetas. Quiero organizar los títulos por escritores y géneros, y de momento no hay forma. He leído que se podrá en breve.

También echo en falta el diccionario en español y un traductor, y no tener que usar el cable si quiero alimentar mi biblioteca gratis.

Su color claro y su funda de cuero color fresa -aportación mía- también lo hacen muy goloso.

Anchos horizontes

publicado por Rosana Ferreres on 31 Mayo 2010

Bruce Chatwin, en “What am I doing here”, cuenta que entró a trabajar muy joven en la casa del subastas de arte Sotheby’s y pronto alcanzó un puesto de alta responsabilidad. De repente, un día empezó a perder la visión de un ojo, y después, de otro. El médico le explicó que en los últimos tiempos tal vez había estado mirando las obras de arte demasiado de cerca. ¿Por qué no coger un avión e irse a un sitio donde hubiera grandes horizontes? Ya en el aeropuerto empezó a recuperar la visión de un ojo. Y medio ciego se fue a Sudán, al desierto, donde inmediatamente recuperó la visión en el otro, y ya no volvió. Se dedicó a viajar y a escribir. Digamos que a mí me gustaría contemplar, aun de modo simbólico, esos anchos horizontes.

Lo cuenta en Babelia Vicente Todolí, director saliente de la Tate Modern de Londres.

Me recuerda a mi problema con las mesas y escritorios demasiado llenos. Disfruto viendo los ajenos, sobre todo esos especiales titulados “así es la mesa de trabajo de fulanito”. Pero yo, para escribir, leer y pensar necesito que haya pocos objetos en mi mesa.

Vivir sin Lost

publicado por Rosana Ferreres on 26 Mayo 2010

¿Cómo será mi vida sin Lost? Lo voy asimilando tras dos días de “luto”. Cada vez que acababa una temporada, empezaba una maratón de extras y tomas falsas, lo que hiciera falta con tal de llenar el vacío. Las reservaba expresamente para el final, porque sabía que me harían falta.

Ahora estoy desolada, tatareando la banda sonora todo el día. Vuelvo a mi rutina pero, cada cierto tiempo, una punzada de malestar me recuerda que se ha terminado. No sé cuántas entrevistas a los creadores, a Matthew Fox, a Evangeline, a Josh, a Terry O’Quinn… puedo haber visto desde que se emitió el episodio final, que se me hizo muy, muy corto.

En una de las entrevistas que vi -fueron tantas-, Evangeline explicaba que ella no era una sci-fi girl. No le interesaba Dharma, ni el humo negro ni los vaivenes de la isla, sino la historia de cada personaje. Será una de las razones por las que ha despertado tantos odios, pero a mí me pasaba lo mismo, y por eso me ha gustado tanto el final.

Yo siempre he ido con Jack porque me negaba a que Lost se transformara en un juego de rol; con Desmond, por su amor por Penny y su sacrificio; con Hurley, que luchaba tanto por ver a todos felices y juntos; y con Kate, que sólo quería lo mejor para Aaron… y a Jack.

Tuve mis días de pasión por Sawyer, pero la entrada de Juliet me hizo perder interés. No me resultó creíble. En otra fase me hice incondicional de Sayid, sobrepasado por su pasado torturador pero dispuesto siempre a ayudar al grupo. Locke a duras penas me interesó.

Ahora espero los 20 minutos del DVD y me consuelo pensando en la escena final y, por qué no, en que hagan la película: basta con que Ben tire de una palanca y regresemos a un tiempo en el que todos estaban en la isla. Y, como las reglas serían diferentes a las que estableció Jakob, dejaría a todos marcharse, juntos, felices y en camiseta. Que no me gusta Jack con traje.

Eloise me pondría alguna pega, pero es que ella vive en un videojuego.

El extranjero

publicado por Rosana Ferreres on 21 Mayo 2010

No, no hablaré de Camus. Me apetecía reinvindicar la palabra, que ya no es cool y suena antigua, pero que sigue significando lo mismo. Ni el exterior, ni fuera de España, ni a otro país… todo rodeos para hablar del extranjero.

Todos los lugares son lo mismo. Lo único que importa es quién esté allí. Un nuevo paisaje es interesante durante media hora, y luego quieres ver lo que de verdad te interesa. Por eso algunos sitios se ponen de moda y luego ésta cambia y la gente se va a otra parte. El lugar en sí mismo nunca importa (Un viaje al extrajero (1930), F.S. Fitzgerald).

Pienso en Estoril o Biarriz, y me da pena que hasta un paisaje pase de moda y se convierta en destino decadente.

Yo no me considero un turista. Un turista es alguien que se levanta temprano y va a las catedrales y habla sobre los paisajes.

También reivindico el placer de no viajar para quien lo prefiera. No es cool pero cada uno es como es.

Ni como usted ni como yo

publicado por Rosana Ferreres on 20 Mayo 2010

Permítanme que les hable de los muy ricos. No son como usted ni como yo.

Veo en El niño bien (1926), de F.S. Fitzgerald, unas cuantas boutades que ni pintadas para la explosión de realities, reportajes y callejeros sobre el mundo de los ricos.

Fitzgerald remarca que la “gente bien” de Nueva York tiene un acento muy peculiar, cosa que sigue ocurriendo. Para mí no es tan reconocible como el de las Katy Perrys (gross!) o los Sawyers (Yo yourself, Pillsbury), pero lo he ido asimilando gracias, precisamente, a ese afán de los últimos años por documentar la ostentación.

Todos somos bichos raros, más raritos detrás de nuestras caras y nuestras voces de lo que queremos que sepan los demás o de lo que sabemos nosotros mismos.

Cuando habla de una familia “que había contribuido a levantar Nueva York”, explica que “era rica antes de 1880″. Los autores del cruce de siglo (XIX-XX) dieron una de mis épocas predilectas de la literatura anglosajona, de ahí quizá mi devoción por La edad de la inocencia, Henry James, Virginia Woolf, D.H. Lawrence, Fitzgerald… con el contrapunto “feísta” de la carnicería de Gangs of New York -algo anterior- o Faulkner. Cuánto gusta ahora ese lado sucio; que le pregunten a Guy Ritchie.

Durante el resto de su vida lo acompañó una especie de impaciencia con todos los grupos en los que él no era el centro, fuera por dinero, por posición o por autoridad.

La casa de Emily Dickinson

publicado por Rosana Ferreres on 16 Mayo 2010

“El público general no sabe que Emily Dickinson fue antes jardinera que poeta”, cuenta Alexandra Cheney en su blog del Wall Street Journal. Hasta el 13 de junio, en The New York Botanical Garden hay una recreación del jardín de Emily que espero visitar.

Recreación del jardín de Emily Dickinson en Amherst, Massachusetts

Recreación del jardín de Emily Dickinson en Amherst, Massachusetts

Es tal la devoción por Emily de Holland Cotter, del New York Times, que un día de 1963 llamó a la puerta de la que fuera su casa, entonces aún habitada, para que le dejaran echar un vistazo. “Alguien muy importante para mí vivió aquí” fue el argumento para entrar en el Homestead.

Hoy Emily hubiera sido una twittera incansable; Cotter recuerda que algunos de sus poemas son ¡de la extensión de un twit! Siempre se ha dicho que era solitaria, pero mantenía correspondencia con 100 personas desde su habitación propia en la Main Street de Amherst, Massachusetts. Siempre vestida de blanco.

The Homestead

The Homestead

Luces de bohemia

publicado por Rosana Ferreres on 16 Mayo 2010

Solían decirnos en el instituto que Valle-Inclán hacía teatro para leer, no para ver en escena. Así que cuando me propuse a asistir a la representación de Luces de Bohemia (1920) en el Teatro Fernán Gómez de Madrid no paré de pensar en la dificultad tanto de montar una obra con una escenografía tan barroca como de acercar el texto a las nuevas generaciones.

Me encontré con un escenario minimalista, apenas una mesa, unos taburetes y las consabidas mamparas móviles. Los actores vestían ropas contemporáneas, salvo alguna concesión a esos uniformes bohemios que no han variado en siglo y medio.

A los conocedores les habrá gustado la puesta al día, o no, pero quien fuera a presenciar un clásico, y más aún, a descubrirlo, habrá tenido que documentarse muchísimo al salir. En esta adaptación tan depurada, ni los “¡Muera Maura!” ni la explicación del esperpento son comprensibles para un profano.

Fin de viaje, de Virginia Woolf

publicado por Rosana Ferreres on 21 Marzo 2010

Portada de The Voyage Out en la edición de Random House de 2001

Portada de The Voyage Out en la edición de Random House de 2001

Me propuse leer las obras completas de Virginia Woolf por orden cronológico y sin límite de géneros y he empezado por la primera novela: Fin de viaje (The Voyage Out, 1915).

He visto decenas de portadas de esta obra, consciente de que al publicarse nadie sabía que en novelas sucesivas las Woolf abandonaría la narración lineal. Y entiendo que en su momento se debió de recibir como una trama amorosa más, con más divagación psicológica de la habitual y dosis controladas de exotismo -transcurre en las márgenes del Amazonas-.

El viaje río adentro recuerda a El corazón de las tinieblas de Conrad (publicada 15 años antes), aunque el espíritu colonialista es muy marcado y ha envejecido mal. Pero esta vez quienes embarcan son seis ingleses que quieren salir de su indolente rutina en ese hotel en el que apenas tienen contacto con la población local. El trayecto, por supuesto, desencadena la tragedia.

Los personajes no están sólidamente construidos, tal vez Helen Ambrose sea la excepción. Y recuerda a las “heroínas” de Henry James, al igual que Evelyn (¡es “la coqueta” Daisy Miller de James!). Susan y Rachel, Hewett y Hirst, Mrs Thornbury y Mrs Flushing… hay algo que confunde al lector (al menos, a mí) y durante gran parte de la novela forman dúos fácilmente intercambiables, aunque solo sea por la cercanía sonora de sus nombres. Al final se perfilan un poco más. Incluso Clarisa y Richard, el matrimonio Dalloway, que se presenta ya en Fin de viaje, tiene mucho menos interés que en esa obra cumbre de Woolf que es La señora Dalloway (1925).

En sus diarios, Virginia cuenta lo que le dijo E.M. Forster sobre los personajes de Fin de Viaje: que le importaba muy poco lo que les ocurriera.

Lo más destacable del libro es lo que apunta a la mejor Woolf: el análisis psicológico, aunque los personajes resulten tan poco atractivos.

Algunas citas:

No debería permitirse a los jóvenes aprender música como una profesión. El que sepa interpretarla no quiere decir que la aprecie, casi estoy por creer lo contrario. Los que sienten verdaderamente el arte son los que menos lo demuestran (Clarisa Dalloway).

El mayor mérito, el más apreciable de la persona con quien convivimos, es que sepa mantenerse en el pedestal en que le coloca nuestro amor (C.D.).

Una persona puede ser muy agradable aunque nunca haya leído un libro (Rachel).

El palacio de hielo de Fitzgerald

publicado por Rosana Ferreres on 21 Febrero 2010

Yo vivo más bien enclaustrado, y para mí los libros significan más que la gente.

La cita es de El palacio de hielo (1920), de F.S. Fitzgerald, y la leo en plena “investigación” sobre el síndrome de Asperger, ese que sufre Sheldon, de The Big Bang Theory. Descubro también que en 1981 se habló por primera vez del síndrome. Antes, ¿quienes lo sufrían eran raros, sin más?

¿Dónde está el límite entre la rareza que hay que curar y la que te puede acompañar, siempre que no hagas daño a nadie ni a ti mismo?

Las cosas que te harán fracasar son las que amaré siempre: vivir en el pasado, los días y las noches de pereza, toda tu despreocupación y generosidad.

El personaje del que habla esta segunda cita tiene la enfermedad de la nostalgia, entre  otras. A lo mejor, si la tratas le robas al mundo alguna obra maestra.

Sobre la autora

Rosana Ferreres

"Yo no soy responsable de que me atraigan simultáneamente el campo y la ciudad, la tradición y el futuro; de que me encante el arte nuevo y me extasíe el antiguo; de que me vuelva loco la retórica hecha, y me torne más loco el capricho de volver a hacérmela -nueva- para mi uso personal e intransferible" (Gerardo Diego).