Islandia: mis favoritos
Posted on | noviembre 4, 2012 | 2 Comments
Hace dos meses que volví de Islandia y todavía consulto a menudo la temperatura de Reykjavik y Akureyri en el iPhone, señal de que me marcó. Y eso que sabía que iba a la tierra del hielo y que era casi en temporada baja. Aterricé en el aeropuerto de Keflavik de madrugada con vestido de verano y sandalias después de ocho horas de canícula en Düsseldorf. Fue el único momento del viaje en el que el frío resultó un alivio.
Se me ha hecho muy pesado escribir sobre Islandia después del atracón de posts cegados por lo cool que es hacer hoy en día este viaje de moda. Los propios islandeses son conscientes y contribuyen de forma exagerada. Me da mucha rabia que un destino esté de moda, bueno, me irrita que todas las facetas de la vida lo estén: las razas de los perros, la sal con la que cocinamos, el saludo en los emails… Una moda al final puede servir para avanzar, pero a estos niveles también nos vuelve más tontos.
Como sobre el dramatismo del paisaje islandés está todo escrito, me voy a ceñir a lo que más me gustó.
Dettifoss
Cuando estaba allí solo era capaz de decir una cosa: “qué animalada”. Habrá cataratas más grandes en el mundo, seguro, ¿pero a alguna te dejan acercarte tanto??? Antes del viaje había visto cientos de fotos de las cataratas islandesas, y lo que más me impactaba era ver lo cerca que estaba la gente. El caso es que una vez allí avanzas y avanzas, porque además en Islandia apenas hay vallas ni áreas seguras acotadas, y las pocas veces que hay -en Godafoss, si no recuerdo mal- familias enteras con niños saltaban la cuerda y todos al borde del precipicio a hacerse fotos. Visitamos Dettifoss un día de ventisca. Camino a la cascada vi regresar a más de un turista en un estado penoso. Una vez allí te calabas en menos de un segundo, mi móvil sobrevivió de milagro. Si mirabas hacia el agua veías la muerte cara a cara. Dettifoss es la catarata más voluminosa de Europa y estar allí para mí fue la experiencia más alucinante del viaje.
En Islandia hay una cascada cada 10 metros y algunas de las más famosas no son tan impresionantes como esperas. Pero Dettifoss y Gullfoss son de las que cortan la respiración.
Las cabañitas en Snaefellsness
Y, en general, toda esta península, siempre con el volcán de Julio Verne en el horizonte. Reconozco que no siempre acertamos con el alojamiento y alguno fue de los más inmundos en los que he estado en mi vida. Pero ninguna noche del viaje dormí mejor que en las cabañitas de Hofn. Tiene bastante que ver el hecho de que estaban prácticamente para estrenar, ¡olían a limpio! En madera, con la calefacción en su punto justo y unas vistas increíbles tras los visillos. Antes de dormir paseamos un buen rato por las playas doradas y desoladas. Estar allí resultaba adictivo. ¡Me hubiera quedado 15 días!
Subir al volcán Snaefell fue más fácil de lo esperado, el camino de tierra estaba perfecto y había todo tipo de vehículos ascendiendo hasta la lengua glaciar. También algún senderista, como siempre… Juraría que aquí han grabado más de un anuncio de coches. Respecto al paisaje volcánico, resulta hipnótico pero no tan impactante si ya has visto otros antes de ir a Islandia. Algún canario me ha hecho este mismo comentario. Mi asignatura pendiente es ver un volcán en erupción.
En el pueblo de Rif, también en Snaefellsness, me tomé una riquísima sopa de pescado en Gamla Rif. Me supo a gloria, imagino que precisamente porque no sabía demasiado a pescado. También me sirvieron unas tostas de tomatitos cherry y queso feta que fueron una alegría después de días de platos hipercalóricos.

Sopa de pescado en Gamla Rif, ¡riquísima!
El niño enloquecido de Hverfell
En la zona de Myvatn, al norte de Islandia, una de las excursiones más espectaculares es la subida al cráter de Hverfell. El parking está al pie del volcán, y nada más salir del coche vimos a un niño español gritando enloquecido “¡un volcán, un volcán!”. La siguiente vez que lo supimos de él estaba al fondo del cráter, habría tardado 5 minutos en hacer todo el recorrido cuesta arriba y hasta el interior del cráter.
Otro gran momento de la visita a Myvatn fue el errático barrido circular que hicimos al pequeño bosque de Hofdi. Es uno de los pocos del país y puedo jurar que lo recorrimos entero. Íbamos en busca de la grieta Grjótagjá, que resultó estar ¡fuera del bosque!
Los baños naturales de Myvatn
Con lluvia y una sensación térmica de frío polar -estábamos a 8º pero el viento soplaba con fuerza- me costó tomar la decisión de meterme en la laguna. Pensar en el recorrido desde los vestuarios hasta el agua caliente me ponía los pelos de punta. Pero la experiencia fue de lo más reconfortante. En algunas zonas el agua ardía y hasta resultaba sofocante. Estuvimos dentro alrededor de media hora, pasado este tiempo empezabas a sudar y el cuerpo te pedía algo de frescor.
Akureyri, la capital del norte
Es pequeñita, recogida y empinada. Desde el otro lado del fiordo Eyjafjördur, junto al que se extiende la ciudad, es posible hacerse una idea de las dimensiones. Recuerdo sobre todo el knitting café en el que cenamos y la calle principal decorada con vestidos que colgaban entre los edificios.
En Strikid, restaurante situado en una azotea junto al fiordo, me tomé un delicioso risotto. Mis acompañantes probaron el reno y no les defraudó.
El arcoíris
No nací en tierra de lluvias, así que el arcoíris me sigue emocionando tanto como cuando era pequeña. En Islandia vimos tantos y de forma tan continuada que nos llegamos a acostumbrar. Pero al principio no podía creer que tuviera ante mí aquel arco tan íntegro, nítido, bien definido y hasta doble.
El cantor de Ásbyrgi y la grieta de Pingvellir
Comparo estos dos paisajes porque ambos parecen obra de un mazazo brutal. Del cañón de Ásbyrgi no tengo buen material porque el paisaje no cabía en la foto. Adentrándonos en su zona boscosa llegamos a un lago con una acústica increíble. Un turista -creo que alemán- se arrancó a cantar ópera:
El parque nacional de Pingvellir tiene interés tanto histórico como geológico. Aquí se estableció el primer parlamento islandés. La inmensa fisura Almannagjá que lo parte en dos no es otra que la falla atlántica que va separando progresivamente el continente americano del europeo.
Las ovejas, de tres en tres
De ganadería sé muy poco, pero algún motivo habrá para que las ovejas siempre vayan en trío. Se suele decir que en Islandia el número de ovejas duplica al de habitantes. Las de la foto de abajo están ni más ni menos que por la Road One, la principal carretera del país. Estampas así vimos miles.
Los icebergs de Jokursalon
Está claro que hay más -y colosales- en otros sitios, pero yo nunca había visto un iceberg. La laguna de Jokursalon de entrada parece pequeña, pero cuando el guía nos contó que nos encontrábamos navegando sobre el punto más hondo de Islandia ya tuve suficiente inmensidad bajo mis pies. Como anécdota recordó que durante el rodaje en la laguna de la entrega de 007 Muere otro día cerraron la salida al océano de tal forma que se congeló y hasta pudieron habilitar un campo de golf en el hielo.
Los aeropuertos en medio de la ciudad
Como odio volar me fascinan los aviones. En I Feel Bad About My Neck, una Norah Ephron septuagenaria hizo una lista de cosas que comprendió demasiado tarde en la vida. Una de ellas era que “el avión no se va a estrellar”. Pues bien, yo creo que sí y espero llegar a esa edad y rebasarla pensando lo mismo que ella. Volé a Islandia en un Bombardier CRJ 900 NextGen, que para mí es poco más que una avioneta. Para más inri lo operaba German Wings, algo así como la regional de Lufthansa. Y con esto había que cruzar el Atlántico Norte. A la ida fue un infierno, y a la vuelta, con más de una hora de turbulencias calculo que hasta las Feroe, una tortura infinita. En Reykjavik y en Akureyri disfruté de lo lindo viendo despegar aviones en pistas construidas casi dentro de la ciudad.
El vikingo en bañador de Geysir
En muchos reportajes sobre Islandia se comenta que su gran interés geológico reside en que es un terreno muy joven que aún está haciéndose, basta con ver las fumarolas, volcanes activos, charcas de lodo hirviendo y géisers. A unos metros de Geysir, el padre de todos los géisers, encontramos a un valiente en bañador. Le robé esta foto algo borrosa. A los que duden de si en Islandia se hace de noche, diré que a finales de agosto sí que llegas a ver noche cerrada, pero que esta imagen se tomó pasadas las 22 pm.
Como es sabido, el géiser que dio nombre a este fenómeno no brota con tanta frecuencia como hace un siglo porque unos turistas lo taponaron. Pero a unos pasos está Strokkur, que sí nos dio un espectáculo. Apenas hubo que esperar diez minutos.
Los desayunos de Reykjavik
Los hipsters que nos alquilaron el apartamento de Reykjavik dejaron un cuadernito con sus sitios favoritos de la capital. Tanto en Grái Köturinn como en Prikið servían el hipercalórico The Truck. Mejor describirlo con fotos: lo que se ve junto al Truck de la segunda foto es el bagel que desayuné yo en Grái Kôrurinn. ¡Me muero por volver a Nueva York y desayunar bagel calentito con queso todos los días! Como era de esperar, el archirrecomendado Café París de Reykjavik resultó ser un tourist trap en toda regla. Hay que evitarlo a toda costa. Allí me sirvieron el batido más insípido que he probado.
The soup of the day
Estaba convencida de que me alimentaría de perritos y hamburguesas, pero tuve la suerte de encontrarme con otras opciones. Lo que más agradecí fue la costumbre de ofrecer la sopa del día, muchas veces con posibilidad de refill. Nunca era lo que nosotros conocemos como sopa, sino contundentes cremas de champiñones, coliflor o espárragos. Eran tan saciantes que no quiero imaginar la cantidad de mantequilla y nata que llevaban. La mejor de todas la probé en Kjöt og Kúnst, un restaurante geotérmico de Hveragerði. No medí lo suculenta que sería la sopa y decidí acompañarla de una tortilla. Esperaba una simple tortillita y me encontré con esta masa de unos 6 huevos rellena de todo tipo de verduras y acompañada de pan, patatas, ensalada, pan -hecho en el horno geotérmico- y la omnipresente mantequilla. En algunos momentos del viaje pasé hambre, pero ese día no. Como curiosidad, en Islandia no hay McDonalds, pero sí montones de KFC y Subway.
Los sandar
Son pura desolación, kilómetros y kilómetros de arena negra que en algunos puntos se hacen movedizas. Este tipo de paisajes es el que buscaba yo en Islandia.
El avión que aterrizó en la playa cerca de Vik
Está allí desde 1973. Lo vi en decenas de vídeos antes de viajar a Islandia pero no estaba en las guías y fue algo difícil encontrar las coordenadas. Acercarnos y meternos dentro fue uno de los momentos más peliculeros del viaje.
Los puentes que se estrechan… y el puente entre dos continentes
Cuando alcanzabas un puente era habitual que la carretera, ya de por sí angosta, se estrechera y solo hubiera un carril para atravesarlo. Si había tráfico -poco habitual en la mayor parte del país- tocaba detenerse y negociar.
El puente entre dos continentes está cerquita de Reykjavik. No tiene ninguna espectacularidad pero detetenerse en medio resulta casi trascendente
El campo geotermal de Seltun
Fumarolas, calderas de lodo, intenso olor a azufre… Islandia está haciéndose, no hay duda.
Fotos de Islandia:
Snæfellness: viaje al centro de la tierra
Posted on | agosto 25, 2012 | 2 Comments
Estoy en una cabañita en la costa sur de la península de Snæfellness. Desde la ventana veo el volcán que le da nombre, Snæfell (1.833 m.), la segunda montaña más alta de Islandia después de Hvannadalshnjúkur (2.109,6 m.), que está en el sureste del país bajo el glaciar Vatnajökull. Las alturas son moderadas comparadas con nuestro Teide, por ejemplo, que mide 3.718 m. Pero ya he comprobado que este no es un país de alturas.
En Snæfellness ambientó Julio Verne la bajada al centro de la tierra de su novela de 1864. Este paisaje se empieza a parecer a lo que yo andaba buscando en Islandia después de dos días recorriendo Reykjavik y el Círculo dorado. Las carreteras que recorrimos para llegar desde Pingvellir ya apuntaban maneras:
Aunque hace frío -(10-12°) cuando llegamos ayer por la tarde- y un viento fortísimo, el agua del Atlántico norte no está demasiado fría, y el mar está tan tranquilo que apetece bañarse. La playa que hay frente a la cabaña es inmensa y dorada, sin más criatura viviente que centenares de aves marinas.
Una pena que no haya focas -me muero por ver alguna-, hasta hoy solo he atisbado una nadando en pleno vendaval en Garoskagi, en el extremo noroccidental de la península de Reykjanes.
La ruta de Shakespeare y Jane Austen: Chawton, Stratford-upon-Avon, Bath
Posted on | agosto 5, 2012 | 1 Comment
En una de las primeras entradas de este blog rescaté los comentarios de Virginia Woolf sobre dos creadores con “mentes incandescentes”: Jane Austen y Shakespeare. Escribieron, decía, sin odio, sin amargura, sin temor, sin protestas, sin sermones.
Cuando supe que iba a visitar la campiña inglesa marqué rápidamente en el mapa las casas museo de ambos, además de la de las Brönte, que no dio tiempo a visitar y quedó para otro viaje junto con un par de localizaciones de Virginia Woolf.
No soy gran lectora de ninguno de los dos, a pesar de que de Shakespeare hace años ataqué un tomo de las obras completas y leí las más conocidas: Noche de reyes, Mucho ruido y pocas nueces, El mercader de Venecia, Romeo y Julieta, Hamlet, Julio César, La Tempestad... Este fragmento de La Tempestad es el que recitó Kenneth Brannagh en la inauguración de los Juegos Olímpicos.
No temas; la isla está llena de sonidos
y músicas suaves que deleitan y no dañan.
Unas veces resuena en mi oído el vibrar
de mil instrumentos, y otras son voces
que, si he despertado tras un largo sueño,
de nuevo me hacen dormir. Y, al soñar,
las nubes se me abren mostrando riquezas
a punto de lloverme, así que despierto
y lloro por seguir soñando.
En Stratford-upon-Avon se encuentra la casa natal de Shakespeare en Bridge Street. Tras pasar por varias salas con expositores y proyecciones accedes al jardín y a la vivienda, que se ha reconstruido y ambientado tal como era cuando el autor nació en 1564. En cada estancia hay un guía dispuesto a despejar todas tus dudas sobre su uso. La más entusiasta en mi caso fue la que explicaba la forma de trabajar del padre del artista, que era curtidor. No obvió detalles y recalcó lo mal que olía en el taller.
En Chawton está la casa museo de Jane Austen. Allí vivió la escritora entre 1809 y 1817, antes de enfermar y trasladarse a Winchester, donde moriría. La vivienda se la cedió su hermano Edward y la compartió con su madre, su hermana Cassandra y Martha Lloyd, gran amiga de la familia y al parecer magnífica cocinera según se deduce de su libro de recetas, que aún se conserva.
En la mesita de la foto revisó Sentido y sensibilidad y Orgullo y prejuicio, que ya estaban terminadas, y escribió Mansfield Park, Emma y Persuasión. También empezó Sanditon, su novela inacabada.
Cruzando el jardín se acccede a la bakehouse, que es donde la familia hacía el pan y la repostería. En el sótano hay una bodega en la que mantenían frescos los alimentos. En la bakehouse se expone un cochecito de caballos que usaban las mujeres de la casa.
En Bath visité el Jane Auster Centre, carísimo y bastante decepcionante. Para empezar, los vestidos que se exponen son de la miniserie Persuasión (2007). La escritora vivió en ciudad entre 1801 y 1806 y en ella ambientó Northanger Abbey y Persuasión.
Lo mejor de Bath fue visitar las termas romanas, en las que el agua brota caliente como en la época romana a través de la falla de Pennyquick.
Para terminar, una mención a la catedral de Gloucester (s.XI), que se usó para recrear Hogwarts en las películas de Harry Potter. Dato curioso: John Stafford Smith (1750-1836), hijo del organista de la catedral, compuso el himno de los Estados Unidos.
Tags: bath > chawton > gloucester > harry potter > jane austen > william shakespeare
Cotswolds, el corazón de la campiña inglesa
Posted on | julio 31, 2012 | 2 Comments
Quería recorrer la campiña inglesa en coche desde que vi Shadowlands (1993).
Y no pude esperar más después de las dos temporadas de Downton Abbey. Cómo echo de menos esa música…
También tuvo mucho que ver alguna de mis tantas lecturas ligeras. Así son las casas de las celebrities en los Cotswolds: Hugh Grant, Lilly Allen, Kate Moss, Damien Hirst…

Casa de Hugh Grant en los Cotswolds
La idea de English rose, la máxima expresión de la belleza para los ingleses, tuvo que nacer por fuerza en los Cotswolds. Goodbye England’s rose, le cantó Elton John a Lady Di cuando murió. Cientos de rosas adornaban las casas de Bibury, que según las guías es el pueblo más bonito de Inglaterra.
Allí es común, como en los demás pueblos de la zona, colocar estatuillas en las ventanas.
Atención a la declaración de orgullo british en este Mini: True Brit, no German shit.
Es el campo más civilizado que he pisado. Se nota que hay gente con mucha clase, cultivada y muy viajada. Seguro que más de un paseante era profesor de Oxford, que queda a unos kilómetros.
El tiempo fue el esperado tratándose de Inglaterra. Pasabas de correr a por el chubasquero a parar el coche en seco porque había salido el sol y la estampa era impresionante. Recuerdo una carretera entre Stanway y Stanton en la que me hubiera quedado a vivir. Cualquiera que haya leído a Virginia Woolf sabrá que cuando sale un rayo de sol -sea en Londres o en la campiña- hay que detenerse y disfrutarlo.
Paseé por tantos pueblos que confundo los nombres. Algunos eran grandes y otros apenas unas casas a cada lado de la carretera, todas impecablemente rehabilitadas. Las manor houses, casas de los antiguos terratenientes o landlords, se alzaban en localizaciones privilegiadas. Aunque las propiedades estaban valladas, siempre había alguna puerta por la que invitaban a cruzar a quienes quisieran pasear por sus campos.
En Winchcombe me encontré a estos monaguillos entrando en la iglesia antes de que cayera el mayor chaparrón del viaje.
De Broadway se me quedaron grabadas las amplísimas calles de las que toma el nombre el pueblo.
De Chipping Campden, las galerías y el Market Hall, un mercado del siglo XVII sorprendentemente pequeño para los estándares actuales.
En Stow-on-the-world está el que se proclama el hotel más antiguo de Inglaterra, The Royalist.
La tiendita de Barbour en la plaza principal -Market Square- nos da una idea de lo que gastan en ropa los vecinos.
La zona de Lower Slaughter la recuerdo como el secreto mejor guardado de los Cotswolds, tan apacible y recóndita. Paseando junto al canal llegas a un molino de agua del XIX que hoy es una tea shop.
Bourton-on-the-Water es conocido como la Venecia de los Cotswolds, aunque no hay laguna ni canales, solo un río que atraviesa la población. Tal vez es lo más turístico que encontré.
Burford es la parada de shopping. Por lo visto Kate Winslet tiene casa en los alrededores. Allí me tomé un riquísimo Chelsea bun.
Lechlade es conocido porque allí escribió Shelley su poema A Summer Evening Churchyard.
En los Cotswolds hay cocina mediterránea por todas partes. Ocurre lo mismo que con la japonesa: la han adoptado todos los ambientes preocupados por lo saludable. Fue un gran alivio porque no soy muy amiga de la comida british. Aunque uno de los días desayuné un estupendo porridge con azúcar Demerara.
¡Me muero por volver!
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Tess en Stonehenge
Posted on | julio 22, 2012 | 2 Comments
Al final de Tess of the D’Ubervilles (1891), de Thomas Hardy, hay un sacrificio simbólico de la protagonista en Stonehenge. Pasa la noche allí, sobre las piedras que aún están calientes tras horas de sol, y al amanecer es apresada por la policía.
El vídeo es de la miniserie que se grabó en 2008 y que protagonizó Gemma Aterton.
Pero la adaptación más conocida es la de Roman Polankski con Natassja Kinski como Tess. La película es lánguida, eterna y bastante antipática. Como se rodó en 1979 la estética reinante no le favorece precisamente. La vi por casualidad en la TV hace un par de meses sin pensar que semanas después estaría en Stonehenge.
Sorprendentemente, el monumento no está nada apartado y es visible desde la carretera. No me lo podía creer cuando me acercaba con el coche. Suerte que este mismo mes han decidido cerrar la A344.
Una vez allí, tras dar la vuelta completa a esta maravilla del 3000 a.C. (que hasta tiene réplica de cartón piedra) lo que apetece es caminar sin rumbo por el ondulado grassland que la rodea, subir a las pequeñas colinas y admirar el paisaje por el lado en el que no hay carretera.
… tomando unas fresas de Salisbury.
Como curiosidad, en 2011 Michael Winterbotton rodó otra versión de Tess of the d’Ubervilles que se acaba de estrenar. Está ambientada en Rajastán y se titula Trishna. La protagonista es Freida Pinto.
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