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La Hormiga Remolona Posts

Un libro que había olvidado

En algún momento de los últimos seis años leí El vacío de la maternidad: madre no hay más que ninguna (1995), de Victoria Sau. Lo sé porque hay subrayados en el libro a pesar de que no recuerde nada.

Rescato dos: el primero porque me recuerda esa pura contradicción en la que te instalas desde el embarazo y que ya no te abandona nunca -al menos a mí-: la maternidad es lo más normal, todos somos hijos de alguien… y a la vez es una experiencia arrolladora.

¿Cómo era posible que dar la Vida no fuera un riesgo; un riesgo, además trascendental? Riesgo de muerte, por supuesto, como está demostrado a través de la historia de la humanidad. Riesgo de enfermedades asociadas; riesgo de secuelas físicas a corto, medio y largo plazo. Pero, sobre todo, riesgo por establecer un compromiso tan fuerte, el más fuerte, con otra persona por mor de esa donación significativa. Riesgo por el paso de un ser solo, aislado, solitario, que no tiene que rendir cuentas más que a sí mismo.

Y hay otra idea que a mí me ha encantado, porque en esta época del overparenting es muy buen ejercicio acordarse de uno mismo como hijo. Pero no como hijo con niños, sino como hijo antes de tener hijos:

Sólo se puede amar verdaderamente a la madre si antes se la ha odiado. Porque la odiada es la impostora, mientras que la amada es la huérfana que hay en ella, la otra “hija mayor”, tan hija como la hija misma. Ella hizo de madre como pudo.

 

 

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El tiempo de las mariposas, de Margaret Fountaine

Hace ya mucho que leí El tiempo de las mariposas, los diarios publicados en 1980 de la entomóloga victoriana Margaret Fountaine.

No me marcó ni recuerdo nada especial de él. Pero anoté esta imagen que es una vía de escape cuando no quieres estar en el momento o lugar en el que estás.

La mañana en la montaña era de una belleza inimaginable.

Y también una de esas frases que te dejan indiferente hasta que, en cierto momento de tu vida, te las dices a ti mismo un día sí y otro también:

Quiero ver todo lo que pueda de este hermoso mundo antes de tener que abandonarlo, y la vida es dolorosamente corta.

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The Awakening / El despertar, de Kate Chopin

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En el siglo XIX era frecuente que la alta sociedad de Nueva Orleans pasara los veranos en Grand Isle. Y eso que, según leo, los huracanes azotan esa costa casi cada ocho años.

En Grand Isle transcurre gran parte de El despertar (The Awakening, 1899), de Kate Chopin, quien pasó allí diez veranos de su vida.

No es ninguna obra maestra pero, siendo de la fecha que es, se agradece asistir a una historia femenina contada por una escritora. La protagonista -la sra Pontellier- tiene todo a lo que podía esperar una mujer de su época pero interiormente se rebela, con final trágico. Ejemplos:

La señora Pontellier no era maternal.

No veía por qué había que anticiparse y pensar en la ropa de invierno durante el verano.

El año anterior los niños habían pasado parte del verano con la abuela Pontellier en Iberville. Estaba segura de su felicidad y bienestar, no los echó de menos salvo alguna ocasional e intensa nostalgia. Su ausencia era una especie de alivio, aunque no lo admitía ni a sí misma. Parecía liberarla de una responsabilidad que había asumido ciegamente y para la el destino no la había preparado.

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Estilo continental y americano

No tenía ni idea de que en el uso de los cubiertos hay un estilo continental y otro americano. Me enteré por Swiss Lark y haciendo memoria diría que efectivamente el americano lo hemos visto en montones de películas.

La principal diferencia es que los europeos usamos cuchillo y tenedor durante toda la comida; y los nortemericanos cortan los alimentos al principio con cuchillo y tenedor pero luego siguen solo con el tenedor, no pinchando los trozos sino usando el tenedor a modo de cuchara.

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Historias de cautivos

En 1675, a Mary Rowlandson y a sus tres hijos los secuestró la tribu Narrangansett cuando asaltó Lancaster, una de las primeras colonias de Massachusetts. Fueron once semanas que Mary relata en Historia del cautiverio y restitución de la señora Mary Rowlandson (1682), que se adscribe a un género muy popular en aquel momento: las captivity narratives o historias de cautivos.

Al horror inicial lo sucede un acercamiento a este pueblo nativo y sus costumbres. Mary hizo amigos entre los nativos, pero tuvo bastantes roces con la jefa Weetamoo. Su mentalidad puritana no concebía que una mujer mandara sobre un pueblo, pero lo cierto es que el papel de las mujeres en las sociedades nativas americanas no era secundario. Según cuenta Gloria Steinem en My Life On the Road (2015), en las lenguas nativas, Cherokee y otras -como bengalí y otros lenguajes arcaicos- no había pronombres de género como él y ella. Un ser humano es un ser humano. 

Otro ejemplo: En los inicios de esta nación, las maestras blancas de escuelas de nativos contaban que se sentían más seguras en las tribus indígenas que en sus propios pueblos. Etnógrafos y periodistas escribieron sobre lo raras que eran las violaciones. Maltratar a las mujeres estaba entre las tres razones por las que un hombre no podía llegar a ser el líder sabio o “sachem”, junto con el robo y el asesinato

My Life On the Road es un libro sobre las seis décadas de activismo de Gloria Steinem. Está muy enfocado al lector norteamericano: repasa marchas y concentraciones por los derechos civiles y recuerda a figuras políticas que aquí no son conocidas. Como icono del feminismo que es, nos regala algunos datos para reflexionar:

Las primeras azafatas eran enfermeras certificadas a las que se contrataba para que los pasajeros se sintieran seguros, en una época en la que volar era algo nuevo, no era raro marearse y los pasajeros tenían miedo.

En Estados Unidos, una mujer tiene más probabilidades de ser maltratada o asesinada en su casa por algún hombre conocido que viajando sola. 

A las amas de casa se las consideraba mujeres sin empleo, a pesar de trabajar más, más tiempo y por menos dinero que cualquier otro trabajador. 

Cuando visito clínicas [abortistas], tengo por costumbre preguntar al personal si alguna vez una manifestante [pro-vida] ha entrado a abortar y luego ha vuelto a manifestarse. Desde Atlanta hasta Wichita, la respuesta ha sido que sí. Sin embargo, como ven lo que sufren estas mujeres y quieren proteger su intimidad, no dicen nada. 

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M Train, de Patti Smith

No es fácil escribir sobre nada

Así empieza Patti Smith su libro de memorias M Train (2015). Tan especiales son su lenguaje e imaginario que la sensación al terminarlo es de haber leído un poemario.

Con “fascinación por la melancolía” repasa momentos de sus 70 años mientras busca el mejor café y elige el rincón más apartado de cafeterías que van echando el cierre una tras otra.

Fred “Sonic” Smith (su marido, 1948-1994), Jean Genet, Paul BowlesRoberto Bolaño , Sylvia PlathWilliam Burroughs son nombres recurrentes, sobre todo el primero:

Conocí al músico Fred “Sonic” Smith en Detroit. Fue un encuentro inesperado que alteró lentamente el curso de mi vida, infiltrándose en todo: mis poemas, mis canciones, mi corazón.

Cuando murió:

La mañana de Halloween con Fred en una ambulancia a toda velocidad por Detroit, hacia el mismo hospital donde nacieron nuestros hijos. Volver a casa sola después de medianoche en medio de una fuerte tormenta. Fred no nació en un hospital. Nació durante una tormenta eléctrica en la casa de sus abuelos en West Virginia.

De Roberto Bolaño lamenta su muerte antes de tiempo:

Morir en lo más alto a los 50 años. Su pérdida y su obra no escrita nos niegan por lo menos un secreto del mundo. 

De Sylvia Plath visita la tumba en más de una ocasión:

Una vez fui desde Londres hasta Leeds y Heptonstall para visitar la tumba de Sylvia Plath. Caminé entre las agujas de pino, después por la nieve, y regresé en primavera. La visite más que la tumba de mi propia madre. Pero no siento a mi madre allí: está conmigo donde yo esté; en la sonrisa de mi hija, en los susurros que me tranquilizan cuando descarrilo.

¿Con qué me quedo?

Con las líneas que dedica a sus hijos:

Repaso los garabatos de mi hijo en una copia de biblioteca de Yoshitsune, y releo las primeras páginas de “El ocaso”, de Osamu Dazai, cuya frágil cubierta está decorada con pegatinas de Transformers. 

Queremos lo que no podemos tener. Reclamamos cierto momento, sonido, sensación. Quiero escuchar la voz de mi madre. Quiero ver a mis hijos cuando eran niños. Manos pequeñas, pies rápidos. Todo cambia. Hijo crecido, padre muerto, hija más alta que yo, llorando por un mal sueño. Por favor, quedaos para siempre, les digo a las cosas que conozco. No os vayáis. No crezcáis. 

Con su guiño a la habitación propia de Virginia Woolf:

Escribí en aquella habitación hasta que mi hijo creció y se convirtió en su cuarto. A partir de entonces escribí en la cocina.

Con cómo retrata un particular momento vital sin ídolos ni presiones:

¿Cómo puedo no tener nada que leer? A lo mejor no es por falta de libros, sino de una obsesión.

Y con dos misiones: visitar Rockaway Beach (Queens, Nueva York) y leer El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov.

 

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La telaraña de Carlota

Dejando a un lado los cuentos de hadas, los estudios feministas han destacado la escasez en la historia de la literatura de personajes femeninos con un papel “heroico” con los que las niñas lectoras pudieran identificarse. Fueron llegando a partir de finales del siglo XIX, por ejemplo en Alicia en el país de las maravillas (Lewis Carroll, 1865), El jardín secreto (Frances Hodgson Burnett, 1909) o La telaraña de Carlota (1952), de E.B. White.

El personaje femenino que da nombre a La telaraña de Carlota no es la niña que aparece en la portada más popular de este libro, obra de Garth Williams.  Esa niña es Fern, que se encariña con un cerdido recién nacido algo frágil y se ocupa personalmente de criarlo. Más adelante conoceremos a quien salvará a ese cerdito, Wilbur, de una matanza segura: la araña Carlota, la verdadera estratega y ejecutora en esta historia. Wilbur sobrevive gracias a los mensajes que Carlota teje en su telaraña, que desconciertan al mundo.

No es habitual encontrar a un amigo verdadero que además sea un buen escritor. Carlota fue ambas cosas.

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Serpientes del Medio Oeste

American Gothic, Art Institute of Chicago

Beth M. Howard escribía hace un par de días en el New York Times sobre los años que vivió en la casa de American Gothic (1930), el archiconocido (y parodiado) cuadro de Grant Wood.

Era hace una década y se alquilaba por 250 dólares al mes. ¿Por qué tan barata? Porque merodeaban -incluso irrumpían- turistas a cualquier hora y por contrato había que ser amable con ellos. Otras incomodidades: el ruido que hacían las tuberías, los clavos que sobresalían de la tarima o los “residentes” de los recovecos: serpientes de Gopher o bull snakes de casi dos metros que por lo menos no son venenosas… Hoy ya no se alquila como vivienda, aunque sí para eventos, y está abierta al público.

Al leer sobre las serpientes de la casa me acordé de un libro ambientado en el estado vecino, Nebraska: My Ántonia (1918), de Willa Cather. Trata sobre los pioneros de estas tierras, procedentes de países escandinavos, que se encontraban a menudo ejemplares de cascabel.

Fuchs me contó que los mormones trajeron los girasoles a este país; que durante la persecución, cuando abandonaron Missouri y se adentraron en la naturaleza buscando un lugar donde pudieran adorar a Dios a su manera, esparcieron semillas de girasol a su paso por los valles de Utah (My Ántonia, de Willa Cather).

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Housewife vs SAHM

January Jones como Betty Draper en Mad Men

No he encontrado una traducción establecida para el SAHM (stay at home mom) de la madresfera norteamericana o su versión masculina: SAHD (stay at home dad). Son los padres o madres que, por el motivo que sea, no trabajan o trabajan en casa mientras se dedican al cuidado de sus hijos.

En All Joy and No Fun: The Paradox of Modern Parenthood (Jennifer Senior, 2014) se reflexiona -entre otras muchas cosas- sobre estas figuras, en contraposición al ama de casa (housewife) perfecta de los años cincuenta del siglo pasado.

Reese Whiterspoon como Madelaine en Big Little Lies

Comenta Senior que el buen hacer del ama de casa se medía por cómo llevaba su casa: si la tenía siempre impecable y ordenada, si usaba un producto de limpieza específico para cada superficie, si sacaba la vajilla adecuada para cada ocasión, si sabía decorar las habitaciones con gusto, si elegía correctamente el vestuario propio, del marido y de los hijos… Si la respuesta era que sí, entonces había logrado la excelencia como housewife. Ejemplo: Betty Draper.

Hoy se mide el buen hacer de la SAHM o el SAHD -y, por extensión, de todos los padres y madres- basándose en las decisiones que toman sobre la crianza y educación de sus hijos, y en cómo las llevan a la práctica. Y el examen empieza muy pronto, ya en el embarazo, y sigue con el parto, la lactancia, la gestión del sueño, el manejo de las rabietas, la retirada del pañal, la pedagogía elegida… Se ha popularizado un ideal de perfección tan inquebrantable que es habitual que quien no lo siga lo silencie.

Cómo me ha gustado la parodia que hace The Marvelous Mrs. Maisel del ama de casa perfecta de los 50, con Midge (Rachel Brosnahan) como una housewife despechada del Upper West Side que se transforma en una fiera del stand-up que acaba varias veces en el calabozo por escándalo público -y allí coincide invariablemente con Lenny Bruce-.

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Los límites del humor

Me fascinan los buenos cómicos y el stand-up cuando te revoluciona las neuronas.

Habiendo caído varios de ellos recientemente -porque Time’s Up– una se pregunta (los mejores humoristas también) dónde están los límites del humor. Y si nos van a seguir haciendo gracia los gags o monólogos de los que han abusado de su poder.

Como dice Julianne Escobedo Shepherd, editora de Jezebel, tienes que estar moralmente por encima de la persona a la que parodias para que esa parodia sea efectiva.

Lo comenta en relación a las últimas apariciones de Alec Baldwin parodiando a Trump después de haber dado su apoyo a Woody Allen y James Toback, ambos acusados de acoso sexual.

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