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Mes: Abril 2003

Los placeres y los días

Decía Proust en Los placeres y los días que la mar tiene el encanto de las cosas que no se callan por la noche, que son para nuestra vida inquieta como un permiso para dormir, como la lamparilla de los niños pequeños, que se sienten menos solos cuando brilla.

… pues a una ciudad con mar me voy, a mi preferida. ¡Hasta pronto!

P.D.: ¿Alguien sabe en qué universidad de Londres puedo hacer un curso de verano que no sea de idiomas?

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El toque poético

Nadie, pensé, cambia jamás la actitud en que le vimos por primera vez, ni las ropas. Ha estado sentado en esta silla, con estas ropas, desde el día en que le conocí.

Lo decía Bernard en Las olas, de Virginia Woolf. Me he dado cuenta de que tengo dos construcciones mentales de cada persona. Una es la que desarrollé en el instante (y los inmediatamente posteriores) en que la conocí, y otra va asociada a todo lo que he averiguado sobre ella desde entonces. Si tomas la primera construcción y tiras de ella, y sigues y sigues hasta donde te lleve la imaginación, puedes conseguir buen material de ficción. Es una idea que os doy a los que escribáis, por si os sirve. Si me obligaran a escribir un libro, recurriría a ese sistema.

Hay quienes se instalan en nuestra vida muy poco a poco, nos hablan mucho de ellos hasta que por fin un día se personan. En esos casos el toque poético viene de serie. Es más, en casos así todos, sin ser conscientes, nos volvemos novelistas, aunque sea de esos novelistas que no escriben.

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Make believe

Make me a picture of the sun

So I can hang it in my room

And make believe I’m getting warm

When others call it “Day”!

El poema que ayer me salvó : o (

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Amsterdam (y II)

El Alzheimer, la eutanasia, el sensacionalismo, la publicidad de la vida íntima… De Amsterdam me ha dado que pensar la actualidad de sus temas, que son muy representativos del siglo XX-XI y que, además, dan mucho juego. Hace cien años un personaje con Alzheimer hubiera sido otro personaje senil, pero hoy, en manos de un autor inteligente, podría dar lugar a una obra genial. Con Iris Murdoch ya se intentó, me imagino que habrá otros ejemplos de obras en torno al Alzheimer, y que llegarán muchas más. Su potencial como tema es enorme.

En estos momentos sabemos mucho sobre enfermedades mentales que siempre han existido, sobre su tratamiento o sobre las formas que tienen de manifestarse. También sobre la secuencia del genoma humano y lo que se puede hacer ahora que se conoce, por ejemplo. La novela actual que me gustaría leer sería aquella que hiciera ficción con estos temas sobre los que se puede decir tanto. A lo mejor la gran novela, esa que dicen que ha muerto, tendría que ir en esa dirección.

La violencia como tema, por ejemplo, me ha saturado: era violencia en el siglo XII y lo es ahora, me pueden interesar sus causas, pero no su recreación artística.

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Amsterdam (I)

Todos sus conocidos parecían felices de vivir sin necesidad de espacios abiertos (algún restaurante rural, Hyde Park en la primavera…, ésa era toda la naturaleza que parecían precisar). Seguramente no podrían alardear de estar enteramente vivos.

En Amsterdam, Ian McEwan se empeña en describir cada detalle de la gestación de una pieza de música clásica, cada nota, cada variación. ¿Qué pretende? Proust dedicaba páginas a describir una pintura, y, pese a aburrirte, te ibas quedando con tonos y sentimientos, raramente te saltabas esos pasajes. Pero si no sabes música, ¿qué sacas de las descripciones de McEwan? ¿alguien ha prestado atención a estas descripciones? ¿un “la” implica alegría?

Amsterdam no me ha conmovido, como Expiación, ni me ha desconcertado, como El placer del viajero. De momento, abandono a McEwan : o (

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Locos de atar

En los años 20, en uno de los increíbles hallazgos de la psicología del arte, Ernst Kretschmer dijo que los poetas tienden a la esquizofrenia, mientras que los novelistas son maníaco-depresivos o ciclotímicos. Si eso se cumpliera, pobre Oscar Wilde, pobre Victor Hugo, pobre William Carlos Williams… Tocar tantos géneros y seguir cuerdo adivino que sería, según Kretschmer, una prueba de feroz supervivencia a la locura (¿o tal vez alguno de ellos murió demente?).

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Post suculento

El criado trajo ternera con sauerkraut y patatas.

Decía Virginia Woolf que los novelistas “raramente se molestan en decir palabra de lo que se ha comido. Forma parte de la convención novelística no mencionar la sopa, el salmón ni los patos, como si la sopa, el salmón y los patos no tuvieran la menor importancia, como si nadie fumara nunca un cigarro o bebiera un vaso de vino” (aunque lo parezca, no estoy preparando una tesis sobre la Woolf).

Cambiaron el plato por carne de vaca con pasas y espinacas. Limpiaron los tenedores con pan negro y volvieron a empezar.

Al leer En un balneario alemán (1911), de Katherine Mansfield, me he acordado de lo que decía Virginia Woolf sobre la comida en las novelas. La neozelandesa no para de hablar de primeros platos, segundos platos, postres e infusiones. Además, casi todas las conversaciones tienen lugar en la mesa.

Ofrecían un suculento pastel de cerezas con nata.

Lo suyo es una especie de literatura de la boutade, al menos en este libro. Durante una cura en el balneario alemán del título, las conversaciones de sociedad se salpican con sarcasmos de un personaje femenino, imagino que alter ego de la Mansfield. No siento predilección por su literatura, que, sin embargo, tiene gran interés costumbrista, por lo bien que retrata a la sociedad del cruce de siglo, tanto a las baronesas como a las criadas.

Pausa. Todos se miraban moviendo la cabeza, las bocas llenas de huesos de cerezas.

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Un libro mejor

Siempre se tiene en mente un libro mejor que el que se logra trasladar al papel (Las horas, Michael Cunningham).

El libro mejor al que se refiere Cunningham, me imagino, es La señora Dalloway. La grandeza de Las horas es la grandeza de La señora Dalloway. Sus grandes momentos, los que inspiran Clarissa Dalloway, Peter Walsh y Sally Seton, personajes principales de Mrs Dalloway… Me he forzado a leer Las horas después de ver la película, y ha sido un error. Lo he leído con ansiedad, con ganas de que pasasen cuanto antes los pasajes que menos me gustaron en la película. En las escuelas de guionistas deberían estudiar a fondo la correlación entre Las horas/novela y Las horas/película.

Propongo un ejercicio de creación de una novela. La trama es la siguiente: en una ciudad actual, una familia debe trasladar a uno de sus miembros, ya muerto, a su ciudad natal, para enterrarlo allí. Paralelamente, en una aldea francesa del XVIII, una familia sufre mil calamidades hasta que consigue llevar el ataúd que contiene a uno de sus miembros hasta otra aldea. Mientras, un escritor cuyo apellido es Faulkner traza una compleja historia sobre una mujer que ve cómo construyen su ataúd y poco después muere, momento en el que su familia emprende su traslado a Jefferson, donde nació, en medio de una aterradora tormenta. La novela se salpicará con ásperas reflexiones sobre la trivialidad de las palabras, la dureza de la vida de los que no fueron elegidos, la llegada de la muerte, la maternidad, la familia y sus ataduras… Se podría titular, por ejemplo, Dying bed. Sería una novela profunda, dura, esencial, porque no bebería de una de las grandes, sino que la vampirizaría. Se lo debería todo a Mientras agonizo.

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