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Los ojos de Emma Bovary

Sus ojos son azules: inocencia y honestidad. Sus ojos son negros: pasión y profundidad. Sus ojos son verdes: rebeldía y celos. Sus ojos son castaños: mujer de fiar y de mucha sensatez. Sus ojos son violeta: la novela es de Raymond Chandler.

En El loro de Flaubert, de Julian Barnes, el narrador (¿el propio Barnes?) se mofa de Enid Starkie, lectora emérita de Literatura Francesa en Oxford. Ve en ella los peores defectos del crítico profesional, ese que no disfruta de los libros como nosotros, dice, empeñado en buscarles errores insignificantes que no afectan al conjunto de la novela. El párrafo de Starkie que enfurece a Barnes es el siguiente:

Flaubert no construye sus personajes, como hacía Balzac, por medio de una descripción exterior, objetiva; de hecho, presta tan poca atención a su apariencia que en una ocasión dice que los ojos de Emma son pardos; en otra muy negros; y en otra azules.

Maxime Du Camp, el gran amigo de Flaubert, tenía la explicación de estos cambios de color: los ojos de la mujer que inspiró el personaje, esposa de un doctor de Bon-Lecours, eran de color incierto, verdes, grises o azules según la luz.

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