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Mes: julio 2006

Pitera

Había una vez un monje japonés que, al visitar una destilería de sake, comprobó que los trabajadores más ancianos tenían el rostro muy envejecido pero las manos muy suaves y sedosas, casi juveniles. El monje relató su hallazgo a unos científicos, que tras años de investigación descubrieron cuál era la milagrosa fuente de juventud de los destiladores de sake: un líquido transparente y rico en nutrientes que podía ser extraído durante el proceso de fermentación de la levadura. Era la Pitera.

Hoy, la Pitera se trata con las tecnologías más modernas para producir las cremas de la marca cosmética más vendida en Japón, Hong-Kong y Malasia: SK-II.

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Penny Lane

In Penny Lane there is a barber showing photographs
Of every head he’s had the pleasure to know.
And all the people that come and go
Stop and say hello.

On the corner is a banker with a motorcar,
The little children laugh at him behind his back.
And the banker never wears a mack
In the pouring rain, very strange.

Cuenta la BBC que en Liverpool no ha prosperado una ley que pretendía cambiar los nombres de las calles que recordasen los tiempos de la esclavitud. Entre ellos estaba Penny Lane, nombrada así por James Penny, un comerciante de esclavos del siglo XVIII. La furiosa reacción de los beatlémanos ha llevado a la concejal demócrata que impulsó la ley a conformarse con colocar placas explicativas en las siete calles cuyo nombre tiene origen luctuoso.

Penny Lane is in my ears and in my eyes…

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En danza

El sábado fui al Mercat de les Flors a ver a Mikhail Baryshnikov y su compañía en el montaje Hell’s Kitchen Dance. Aunque poco aficionada a la danza, las veces que he asistido a una función me he quedado embobada, y el sábado no fue una excepción.

Lo que más me costó fue desligar al Baryshnikov bailarín de Aleksandr Petrovsky, su personaje en Sexo en Nueva York: el último y molesto flirt de Carrie, que casi la encierra en una torre de cristal parisina. Olvidado el petulante y cursi Petrovsky, me enternecí con la danza contenida del bailarín enfrentado a un vídeo de su juventud. Baryshnikov bailaba consigo mismo proyectado en la pared con 40 años menos, señalaba los virtuosismos del pasado con gestos cómicos (una mano en los riñones, una cabezada de “esto ya no lo puedo hacer”…) y nos mostraba lo que pierdes con la edad, y todo lo que ganas.

Salí de la sala decidida a hacerme con la música que acompañaba el tercer acto del espectáculo: Come In, de Vladimir Martynov. Me hubiera pasado toda la noche escuchándola.

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