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Mes: Septiembre 2006

¿Quién quiere el amor de Hitler?

‘Ah, no te preocupes por Hitler. Hitler te hubiera querido’. No sé si he contado esto antes, pero creo que es el motivo por el que escribí ‘La flecha del tiempo’. No quería que Hitler me quisiera. Deseaba que me odiara.

Lo cuenta Martin Amis en una entrevista que publica The Times, una de esas que te hacen recuperar la fe en la inteligencia.

[En uno de sus libros] Saul Bellow le dice a Venus que hay una diferencia entre los hombres y las mujeres en el último asalto de su existencia. Los hombres rompen la costumbre de toda una vida y empiezan a echarse la culpa; las mujeres también rompen con la costumbre de toda una vida y dejan de sentirse culpables. Es una buena noticia para las mujeres.

Si empiezan a culparse en la vejez, ¿será porque buscan entonces lo que nosotras hemos necesitado mucho antes? Y si nosotras dejamos de echarnos las culpas, ¿será porque ya nos da igual aquello que pensábamos que necesitábamos? Siempre que he leído artículos de escritoras que entran en la madurez he tenido esa impresión, y también al oír hablar a mujeres de más de 50-55.

La idea de algo que está creciendo es la que lleva a mucha gente a aficionarse a la jardinería en la vejez. Quieren estar rodeados de cosas que crecen (…) El hecho de estar encogiéndote y muriéndote hace que te resulte tan agradable.

(Habréis visto que tengo problemas con la carga de imágenes y los comentarios… No sé por qué)

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Blogs sobre literatura

He oído que está a punto de celebrarse un encuentro de blogs sobre literatura, ¿sabéis algo? ¿alguien me puede dar detalles por mail o en los comentarios? ¿algún “habitual de por aquí” va a asistir?

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Pequeña confusión

Conocí a Blair, me dio la mano, la apretó con firmeza y me dijo que admiraba mi obra. Y añadió que ahora tenían ya dos de mis cuadros. El caso es que no me soltaba y yo insistía en decirle que no, que había una confusión, pero él interpretó mis palabras como un gesto de modestia. Luego se fue y me abordó un grupo de depredadores (periodistas), y les dije simplemente que había elogiado mi obra. Lo demás me lo guadé para ‘Sábado’.

Ian McEwan, hoy en El País. Sábado es su última novela.

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Sin complicaciones

Me he ido despojando de la necesidad de que la trama sea demasiado complicada; me importa que la novela tenga una estructura clara, que los personajes estén claros, no importa que los personajes sean excepcionales o que pasen cosas excepcionales, muy retorcidas, o que haya grandes misterios… He leído mucho este año a Conrad, y he aprendido que cuando una trama se pone complicada deja de interesarme, porque me da la impresión de que la naturalidad queda sacrificada.

Cuando hablaba de que en los finales felices echo en falta unas notas de realismo, no acerté a hablar de este sacrificio de la naturalidad que menciona Muñoz Molina. A mí también me deja de interesar una novela o una película si la trama se retuerce. De House me intriga el Dr. House, por ejemplo, más que la información que proporcione una punción lumbar.

Me interesa la literatura como retrato de la vida, de las cuestiones cruciales de la vida. La literatura como juego de la literatura es algo que me ha interesado cada vez menos… Sólo recuerdo la emoción de las cosas y se me olvida todo lo demás, “grandes son las lagunas de mi memoria” (Antonio Machado)… Eso, la emoción de las cosas, es lo que quiero contar cuando escribo.

¿Uno sólo recuerda acontecimientos que le han perturbado para bien o para mal? ¿Van al mismo limbo lo insignificante y lo traumático? No sabes lo que hiciste un martes de hace tres semanas en horario de oficina: era la rutina, nada conmovedor. Pero sí lo que pasó el antepasado fin de semana. Las personas y los hechos que se borran de la memoria, ¿es porque no tuvieron ningún peso en el proceso de construcción de nuestra persona? !Quién lo iba a decir en aquel momento!

Las citas son de una entrevista a Antonio Muñoz Molina publicada en EPS hace dos semanas.

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Leonard Woolf

I don’t think two people could have been happier than we have been.

Para que la traducción no desmerezca, dejaré esa frase tal cual. Muchos la habréis reconocido: la escribió Virginia Woolf en la nota que dejó a su esposo antes de suicidarse.

La prensa anglosajona reseña estos días la biografía de Leonard Woolf escrita por Victoria Glendinning:

Woolf llegó a ser un destacado defensor del socialismo democrático y del desmantelamiento del sistema colonial; editor de TS Eliot, Katherine Mansfield y Sigmund Freud; autor de uno de los primeros anteproyectos de la Liga de Naciones; y toda una autoridad en relaciones internacionales. Fue un hombre que creyó que una persona inteligente puede adquirir en pocos meses (si trabaja con la obstinación laboriosa de un topo o un castor) el conocimiento necesario para entender cualquier asunto; y que aconsejó a los demás que cambiaran de ocupación cada siete años, como él mismo hizo.

El párrafo anterior es una traducción libre de la crítica que publica The Independent, firmada por Frances Spalding.

Aprendió dos cosas sobre la administración eficiente: nunca uses dos palabras cuando es suficiente con una, y responde siempre a los mensajes el mismo día en que los recibas.

¿Nos dejamos aconsejar por él?

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Final feliz, ¿hasta cuándo?

Si quieres un final feliz, sólo depende de dónde termines la historia.

Se lo dijo Orson Welles a Gore Vidal, y la periodista y escritora Carole Radziwill lo recuerda en Vogue.

Soy una lectora/espectadora hiperrealista. Si hay final feliz, inevitablemente pienso: “pero, ¿y después?, ¿hasta cuándo?, ¿no recaerá?, ¿se vengará?, ¿se autodestruirá?”…

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