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Mes: mayo 2010

Mi Kindle y yo

Lo digo siempre: el Kindle no está pensado para geeks, sino para gente que lee mucho.

En mi caso, cuando leo, leo. No voy a abandonar el libro un rato para echar una partida de algo, ver un vídeo  o consultar las noticias. Cuando me siento/tumbo a leer, lo mejor que me puede pasar es tener dos horas por delante para no hacer nada más.

Soy inmune a la estética de un documento cuyo contenido me interese, siempre que sea legible y haya espacios en blanco para respirar. Por eso no pongo pegas a ningún formato: PDF, MOBI o un simple TXT. Es lo que tiene ese “ir a las esencias” que me caracteriza. Que nadie me pregunte cómo es el diseño de un sitio “de contenidos” porque lo sigo a través de feeds -ya debo de ser de las pocas-.

Me encanta leer al aire libre, cosa que se complica algo con el iPad y sus reflejos. También me preocupo mucho de la limpieza del dispositivo, y el Kindle no tiene pantalla táctil, lo cual en este particular es una ventaja.

Leo cada vez más en inglés, por lo que estoy muy bien surtida en la Kindle Store. Además, no me quitan el sueño las novedades, por lo que el Proyecto Gutenberg, para mí, es un filón. Por no hablar de Scribd y mil otros sitios de descarga.

No sé leer sin subrayar. El Kindle lo pone fácil pese a faltarle agilidad al desplazar al cursor y a su teclado algo rígido.

Siempre leo varios libros a la vez y los llevo conmigo cuando viajo, por más que pesen. Dependiendo del estado de ánimo, de las ganas de viajar por unos paisajes o por otros o del hambre de intensidad poética, elegiré uno o otro de los que tenga empezados, o saltaré a uno nuevo.

Me gusta la conexión directa con Amazon, porque ahí está casi cualquier título que se me pueda ocurrir comprar.

La gran carencia que detecto es que no se puedan crear carpetas. Quiero organizar los títulos por escritores y géneros, y de momento no hay forma. He leído que se podrá en breve.

También echo en falta el diccionario en español y un traductor, y no tener que usar el cable si quiero alimentar mi biblioteca gratis.

Su color claro y su funda de cuero color fresa -aportación mía- también lo hacen muy goloso.

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Anchos horizontes

Bruce Chatwin, en “What am I doing here”, cuenta que entró a trabajar muy joven en la casa del subastas de arte Sotheby’s y pronto alcanzó un puesto de alta responsabilidad. De repente, un día empezó a perder la visión de un ojo, y después, de otro. El médico le explicó que en los últimos tiempos tal vez había estado mirando las obras de arte demasiado de cerca. ¿Por qué no coger un avión e irse a un sitio donde hubiera grandes horizontes? Ya en el aeropuerto empezó a recuperar la visión de un ojo. Y medio ciego se fue a Sudán, al desierto, donde inmediatamente recuperó la visión en el otro, y ya no volvió. Se dedicó a viajar y a escribir. Digamos que a mí me gustaría contemplar, aun de modo simbólico, esos anchos horizontes.

Lo cuenta en Babelia Vicente Todolí, director saliente de la Tate Modern de Londres.

Me recuerda a mi problema con las mesas y escritorios demasiado llenos. Disfruto viendo los ajenos, sobre todo esos especiales titulados “así es la mesa de trabajo de fulanito”. Pero yo, para escribir, leer y pensar necesito que haya pocos objetos en mi mesa.

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Vivir sin Lost

¿Cómo será mi vida sin Lost? Lo voy asimilando tras dos días de “luto”. Cada vez que acababa una temporada, empezaba una maratón de extras y tomas falsas, lo que hiciera falta con tal de llenar el vacío. Las reservaba expresamente para el final, porque sabía que me harían falta.

Ahora estoy desolada, tatareando la banda sonora todo el día. Vuelvo a mi rutina pero, cada cierto tiempo, una punzada de malestar me recuerda que se ha terminado. No sé cuántas entrevistas a los creadores, a Matthew Fox, a Evangeline, a Josh, a Terry O’Quinn… puedo haber visto desde que se emitió el episodio final, que se me hizo muy, muy corto.

En una de las entrevistas que vi -fueron tantas-, Evangeline explicaba que ella no era una sci-fi girl. No le interesaba Dharma, ni el humo negro ni los vaivenes de la isla, sino la historia de cada personaje. Será una de las razones por las que ha despertado tantos odios, pero a mí me pasaba lo mismo, y por eso me ha gustado tanto el final.

Yo siempre he ido con Jack porque me negaba a que Lost se transformara en un juego de rol; con Desmond, por su amor por Penny y su sacrificio; con Hurley, que luchaba tanto por ver a todos felices y juntos; y con Kate, que sólo quería lo mejor para Aaron… y a Jack.

Tuve mis días de pasión por Sawyer, pero la entrada de Juliet me hizo perder interés. No me resultó creíble. En otra fase me hice incondicional de Sayid, sobrepasado por su pasado torturador pero dispuesto siempre a ayudar al grupo. Locke a duras penas me interesó.

Ahora espero los 20 minutos del DVD y me consuelo pensando en la escena final y, por qué no, en que hagan la película: basta con que Ben tire de una palanca y regresemos a un tiempo en el que todos estaban en la isla. Y, como las reglas serían diferentes a las que estableció Jakob, dejaría a todos marcharse, juntos, felices y en camiseta. Que no me gusta Jack con traje.

Eloise me pondría alguna pega, pero es que ella vive en un videojuego.

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El extranjero

No, no hablaré de Camus. Me apetecía reinvindicar la palabra, que ya no es cool y suena antigua, pero que sigue significando lo mismo. Ni el exterior, ni fuera de España, ni a otro país… todo rodeos para hablar del extranjero.

Todos los lugares son lo mismo. Lo único que importa es quién esté allí. Un nuevo paisaje es interesante durante media hora, y luego quieres ver lo que de verdad te interesa. Por eso algunos sitios se ponen de moda y luego ésta cambia y la gente se va a otra parte. El lugar en sí mismo nunca importa (Un viaje al extrajero (1930), F.S. Fitzgerald).

Pienso en Estoril o Biarriz, y me da pena que hasta un paisaje pase de moda y se convierta en destino decadente.

Yo no me considero un turista. Un turista es alguien que se levanta temprano y va a las catedrales y habla sobre los paisajes.

También reivindico el placer de no viajar para quien lo prefiera. No es cool pero cada uno es como es.

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Ni como usted ni como yo

Permítanme que les hable de los muy ricos. No son como usted ni como yo.

Veo en El niño bien (1926), de F.S. Fitzgerald, unas cuantas boutades que ni pintadas para la explosión de realities, reportajes y callejeros sobre el mundo de los ricos.

Fitzgerald remarca que la “gente bien” de Nueva York tiene un acento muy peculiar, cosa que sigue ocurriendo. Para mí no es tan reconocible como el de las Katy Perrys (gross!) o los Sawyers (Yo yourself, Pillsbury), pero lo he ido asimilando gracias, precisamente, a ese afán de los últimos años por documentar la ostentación.

Todos somos bichos raros, más raritos detrás de nuestras caras y nuestras voces de lo que queremos que sepan los demás o de lo que sabemos nosotros mismos.

Cuando habla de una familia “que había contribuido a levantar Nueva York”, explica que “era rica antes de 1880”. Los autores del cruce de siglo (XIX-XX) dieron una de mis épocas predilectas de la literatura anglosajona, de ahí quizá mi devoción por La edad de la inocencia, Henry James, Virginia Woolf, D.H. Lawrence, Fitzgerald… con el contrapunto “feísta” de la carnicería de Gangs of New York -algo anterior- o Faulkner. Cuánto gusta ahora ese lado sucio; que le pregunten a Guy Ritchie.

Durante el resto de su vida lo acompañó una especie de impaciencia con todos los grupos en los que él no era el centro, fuera por dinero, por posición o por autoridad.

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La casa de Emily Dickinson

“El público general no sabe que Emily Dickinson fue antes jardinera que poeta”, cuenta Alexandra Cheney en su blog del Wall Street Journal. Hasta el 13 de junio, en The New York Botanical Garden hay una recreación del jardín de Emily que espero visitar.

Recreación del jardín de Emily Dickinson en Amherst, Massachusetts
Recreación del jardín de Emily Dickinson en Amherst, Massachusetts

Es tal la devoción por Emily de Holland Cotter, del New York Times, que un día de 1963 llamó a la puerta de la que fuera su casa, entonces aún habitada, para que le dejaran echar un vistazo. “Alguien muy importante para mí vivió aquí” fue el argumento para entrar en el Homestead.

Hoy Emily hubiera sido una twittera incansable; Cotter recuerda que algunos de sus poemas son ¡de la extensión de un twit! Siempre se ha dicho que era solitaria, pero mantenía correspondencia con 100 personas desde su habitación propia en la Main Street de Amherst, Massachusetts. Siempre vestida de blanco.

The Homestead
The Homestead
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Luces de bohemia

Solían decirnos en el instituto que Valle-Inclán hacía teatro para leer, no para ver en escena. Así que cuando me propuse a asistir a la representación de Luces de Bohemia (1920) en el Teatro Fernán Gómez de Madrid no paré de pensar en la dificultad tanto de montar una obra con una escenografía tan barroca como de acercar el texto a las nuevas generaciones.

Me encontré con un escenario minimalista, apenas una mesa, unos taburetes y las consabidas mamparas móviles. Los actores vestían ropas contemporáneas, salvo alguna concesión a esos uniformes bohemios que no han variado en siglo y medio.

A los conocedores les habrá gustado la puesta al día, o no, pero quien fuera a presenciar un clásico, y más aún, a descubrirlo, habrá tenido que documentarse muchísimo al salir. En esta adaptación tan depurada, ni los “¡Muera Maura!” ni la explicación del esperpento son comprensibles para un profano.

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