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Mes: Diciembre 2010

El cuarto de Jacob, de Virginia Woolf

No se puede confiar en los victorianos, que todo lo mutilaban, ni en los contemporáneos, que son meros correctores.

La ruptura de Virginia Woolf con la novela tradicional se produce en El cuarto de Jacob (1922), prácticamente imposible de encontrar traducida en España. Menos mal que existe Iberlibro, donde me hice con un frágil ejemplar de Lumen de segunda mano.

La bahía entera tembló; el faro vaciló; y a Betty Flanders le pareció que el mástil del yatecillo del señor O’Connor se doblaba como una candela puesta al sol.

La playa de Stutland, de Vanessa Bell (hermana de Virginia Woolf)
La playa de Stutland, de Vanessa Bell (hermana de Virginia Woolf)

El cuarto de Jacob es una novela pictórica, yo diría que la gran aportación de la Woolf a la narrativa impresionista a la que, por cierto, tanto debe este blog. Cada pasaje es un cuadro que cobra movimiento. Las olas,  el faro y ese Londres febril condensan lo que Virginia haría con su literatura.

Las chimeneas y las estaciones guardacostas y las pequeñas bahías con olas que rompen sin que nadie las vea inducen a recordar la tristeza avasalladora. ¿Y qué puede ser esta tristeza? La destila la misma tierra.

Pero El cuarto de Jacob todavía no es una obra redonda y va marchitándose a medida que se acerca el final: Las lilas se desmayan en abril, difundiendo un aroma parecido al del dormitorio de un inválido.

Jacob Flanders, el protagonista, es un trasunto de Tobby, el hermano de la escritora que murió tan joven. Esboza su pensamiento con pinceladas demasiado sueltas. Es frívolo, snob, tímido, misterioso y altivo y apenas le oímos hablar. Cree que ha leído todos los libros del mundo y que conoce todos los pecados, pasiones y alegrías. Jamás ha podido leer entera una obra de Shakespeare.

Sus lecturas e introspecciones son las del grupo de Bloomsbury, con su templo, el British Museum, convertido en un personaje más: Hombres pobres y altamente respetables, con esposas e hijos en Kentish Town, emplean sus mejores energías, durante veinte años, en proteger a Platón y a Shakespeare, y luego son enterrados en Highgate.

He disfrutado recorriendo de nuevo Grecia de la mano de Jacob, que en Atenas se aloja en la Plaza de la Constitución, ¿tal vez en el Hotel Grande Bretagne, que lleva 140 años en pie? Entonces todavía había acceso libre al Partenón, bajo cuyas columnas las mujeres enrollan las negras medias de punto que confeccionan a la sombra de las columnas. Un Partenón que parece capaz, con toda probabilidad, de durar más que el mundo entero.

Probablemente -dijo Jacob-, tú y yo somos los únicos en todo el mundo que sabemos lo que los griegos quisieron decir (…) Me propongo visitar Grecia todos los años mientras viva. Es el único medio que veo para protegerme de la civilización.

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Machado, ligero de equipaje

Todo cuanto dice Marcel Proust sobre la memoria y las intermitencias del corazón está en mi ‘Elegía de un madrigal’, publicada en 1907 y escrita mucho antes.

Lo escribió Antonio Machado en su cuaderno Los complementarios, según recuerda Ian Gibson en Ligero de equipaje.

Soy poco amiga de las biografías, pero siempre he dado una oportunidad a los textos sobre la vida de Machado. Leer sobre su docencia antes y durante la Segunda República o sobre su diálogo con poetas e intelectuales coetáneos ha grabado en mí la sensibilidad de una época.

Machado practicaba la costumbre de no suspender a nadie, puesto que, como sus maestros de la Institución Libre de Enseñanza, aborrece los exámenes y un sistema anticuado que pone demasiado énfasis en la memorización de información a menudo inútil, y muy poco en el desarrollo del individuo (…) La lectura comentada y la memorización de poemas eran métodos consagrados en la Institución Libre de Enseñanza.

En Ligero de equipaje he descubierto, en palabras de Juan Ramón Jiménez, en qué consistía el torpe aliño indumentario de Machado:

Iba vestido con un gabán descolorido viejísimo, que sólo conservaba uno o dos botones de una fila, los cuales siempre llevaba abrochados equivocadamente, y debajo los pantalones los sujetaba con una cuerda lo mismo que los puños, atados con trozos de guata en vez de gemelos.

Y también el origen de su nostalgia del paraíso perdido, que explica su madre: Antonio no ha tenido nunca esa alegría propia de la juventud.

Con la estampa de su paso de la frontera, que descubrí precisamente en un tren que me traía de Francia, nació un vínculo poderoso con su obra y su figura.

Yo, para todo viaje
-siempre sobre la madera
de mi vagón de tercera-,
voy ligero de equipaje.

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