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Mes: marzo 2011

Mi primer manga

He leído mi primer manga: El almanaque de mi padre (1995), de Jiro Taniguchi.

Mi relación con el manga, de infinito desapego, no iba más allá de las figuras que vi en Fantasy Books (RIP) y de las muñecas sexys de Takashi Murakami que habitaban el Palacio de Versalles cuando lo visité el año pasado.

Y como no podía ser de otra manera (así lo diría cualquier periodista de la nueva hornada), mi primer manga es tan intimista y reflexivo como yo. Su historia es casi la mía, obviando incendios y posguerras. Un suelo inundado de sol y todas las posibilidades que el mundo ofrecía a Youichi allí tendido, jugando, resumen tan bien su vida como la mía.

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Voracidad lectora

Mondadori publica Renacida. Diarios tempranos, 1947-1964, diarios no autorizados de Susan Sontag.

Me ha calado leer la reseña -y aún queda el libro…- porque habla de su voracidad lectora y su obsesión por hacer listas de todo. Yo estoy igual: lo primero conduce a lo segundo. En total apenas son cinco horas libres al día, y necesito llenarlas, aunque sea parcialmente, de literatura.

La voracidad lectora va en aumento, como le pasó a la Sontag. Me sobran las pantallas, las distracciones, quiero libros y hacer de la relación con ellos mi especialidad.

Así que sigo haciendo listas: hoy termino con Doris, mañana Un invierno propio, el fin de semana más Doris y Al faro (relectura), después haré un hueco a El Gatopardo (relectura) para preparar mi escapada siciliana. Seguiré ordenando la lista de libros que comprar en papel, lecturas para las que bastará con el kindle, tachar leídos, subrayar genialidades…

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Todos los nombres, Pessoa y Saramago

Vivimos tan absortos que no reparamos en que lo que nos va aconteciendo deja intacto, en cada momento, lo que nos puede acontecer.

Leyendo sobre la nueva biografía de Pessoa escrita por José Paulo Cavalcanti Filho me he acordado de Todos los nombres (2000), la novela de José Saramago que a su vez me lleva al Libro del desasosiego de Pessoa, mi lectura de cabecera de hará 15 años.

Las grandes tristezas, las grandes tentaciones y los grandes errores resultan casi siempre de estar solo en la vida, sin un amigo prudente a quien pedirle consejo cuando algo nos perturba más que lo normal de todos los días.

Algo así le pasa a don José, apático en apariencia pero temerario en sus maquinaciones: no hay un interlocutor que le frene. Todos los nombres no es una historia de amor, como reza la contraportada, es un relato de la obsesión.

Nadie tiene el derecho de apropiarse de retratos que no le pertenecen salvo si le son ofrecidos, llevar el retrato de una persona en el bolsillo es como llevar un poco de su alma.

Todo empieza y termina en un nombre, lo único que permanece de nosotros en ese tiempo del alma tan difícil de medir, según Saramago: pasamos nosotros, como diría Proust, no el tiempo ni los nombres.

Las viejas fotografías engañan mucho, nos dan la ilusión de que estamos vivos en ellas, y no es cierto, la persona a quien estamos mirando ya no existe, y ella, si pudiese vernos, no se reconocería en nosotros.

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El arte nos arrebata

El gran arte nos afecta físicamente: nos arrebata, nos vulnera, y cuando nos apartamos de él, cuando dejamos el cine o el libro o salimos de la galería o de la sala de conciertos, sigue actuando sobre nosotros, afecta nuestra manera de andar y de mirar, quizás incluso nuestro comportamiento (Antonio Muñoz Molina en Escrito en un instante).

Reconozco estos síntomas. Puedo estar horas abatida y no darme cuenta de que la causa es un libro o un final de temporada. Y como es imposible engañar al sentimiento, o planificarlo, saberlo no me alivia.

El gran arte también es una adicción. Estos días en mi mente se libra una batalla  entre el pensamiento práctico -el de las obligaciones- del pensamiento poético, que es el que desata el arte. Cuando el primero consume toda mi capacidad mental, el segundo declara la guerra. Que gane el mejor.

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