Skip to content

Mes: Junio 2011

Cara a cara con Colonel Sanders y Johnny Walker

(Sigo con anotaciones sobre las lectura de los últimos meses; estaba claro que no me leía un promedio de 700 páginas al día a pesar del horario de verano.)

Una punzada de traición seguida de resignación: es lo que sentí cuando acepté que Lost era una serie de ciencia ficción. O cuando el gato empezó a hablar en Kafka en la orilla, de Haruki Murakami, que, por cierto, también tiene su limbo y sus otros. Fue un giro difícil de encajar en un libro que había arrancado con un sueño de adolescencia:

El día de mi decimoquinto cumpleaños me escapé de casa, me marché a una ciudad desconocida y empecé a vivir en un rincón de una pequeña biblioteca.

¿Os lo imagináis? Una biblioteca, todo por leer, a un lado el mar y al otro la montaña. Así concibo mi vida de jubilada.

De Murakami me gustó lo japonés pero no tanto lo pop. Purista que es una: no hay intimismo posible cuando Johnny Walker y Colonel Sanders en persona salen al encuentro del protagonista. Sabía que justo ahí estaba la esencia de este autor, así que reservaré el resto de sus novelas, que por algún motivo no me encajan como lecturas de verano, para dar alegría al otoño.

Ese tipo de gente que T.S. Eliot llama “hombres huecos”. Personas que suplen su falta de imaginación, esa parte vacía, con filfa insensible y que van por el mundo sin percatarse de ello. Personas que intentan imponer a la fuerza a los demás esa insensibilidad soltando, una tras otra, palabras huecas.

1 Comment

Más Franzen

Soy rencorosa con la gran novela americana porque me obliga a soportar páginas y páginas que no me interesan. A Las correcciones, de Jonathan Frazen, no le perdono el relato de la conferencia sobre un medicamento contra el Parkinson. Tampoco a John Updike le pasé las lecciones de baloncesto y golf. Como me prohíbo saltarme páginas, cuando empezaba el partido el libro quedaba abandonado hasta una semana, como si a la vuelta lo fuera a encontrar finalizado.

Leí las 734 páginas de Las correcciones con bastante impaciencia, lo reconozco, porque sentía empatía por algún personaje (Enid, Alfred) pero ninguna simpatía. Pero de eso trata esta gran novela americana: de vivencias de seres corrientes fluyendo sin diques para crear una obra tan monumental como la vida misma.

Su anhelo ya no consistía en habitar un mundo diferente; ahora quería vivir en éste, pero con dignidad.

No sé si tiene sentido decir que he leído un libro tarde. Pasado el deslumbramiento del National Book Award y el fervor de la crítica tras su publicación, era indiferente leerlo en 2011 que en 2030. Sigue siendo tan buen testimonio de los males físicos y morales de una época como en 2001, pero de momento Franzen no va a estar en mi santa sanctorum.

Lo dijo Brodsky: “El pescado fresco siempre huele; el congelado sólo huele al descongelarlo”.

Deja un comentario

Ciudad veintisiete, de Jonathan Franzen

He aquí un libro que he dejado a medias: Ciudad veintisiete (2002), de Jonathan Franzen. He sido voluntariosa y de las 597 páginas he leído 160. No ha habido forma de interesarme por las corruptelas de Susan Jammu, la jefa hindú de la policía de St. Louis.

Indicadores de que debo abandonar la lectura:
1. Leo una página varias veces porque me distraigo.
2. Retomo la lectura después de un día o unas horas y no recuerdo de qué trataba el libro.
3. He leído 20 páginas y todavía no he subrayado nada.
4. Tengo el libro en la mesilla y prefiero echar un vistazo a Twitter (procrastinación 2.0), a mis feeds, al Hola
5. Miro otros libros y me imagino que me dan todo lo que este libro no puede darme.

Pensándolo bien, Ciudad veintisiete tiene material para una serie de TV. Yo, si fuera Franzen, hubiera redactado directamente el guión. Hay diálogo para llenar horas de grabación, políticos turbios, sexo, lolitas, choque cultural, ricos, personajes retorcidos, explosiones, helicópteros sobrevolando las escena de máxima tensión…

No lo abandono convencida, que conste. Es la primera novela de Franzen y quiero estudiar bien a este autor.

Deja un comentario

Un invierno propio, de Luis García Montero

No tengo nada que escribir.
El día es más humilde que una página en blanco.

Luis García Montero siempre navega entre lo cotidiano y lo reflexivo, y por eso me gusta. Sacia mi intimismo con un puñado de versos y le da matices a mi mantra vive y deja vivir. Todo da un poco igual, sí, pero hay un par de cosas que no. Es bueno recordarlas leyendo Un invierno propio (2011).

Estoy agradecido
a la imaginación: un arma blanca
en ojos solitarios.
Pero me gustaría que fuese más realista,
realista como octubre,
por lo que dice de la piel y siente.
Que sus viajes pasaran cerca de la ciudad
y que tal vez cambiase
los hoteles del sur por nuestra casa.

Rumbo a Vulcano

… La espalda del mar
-muy de mañana-
cuando el azul y el sol no pertenecen
a los bañistas o al verano,
sino a la perfección de un mundo convencido
de su propia verdad.

Deja un comentario

Tres horas al día sin interrupciones

Un diálogo de Nueva York, la novela de Edward Rutherfurd, nos recuerda aquel consejo de Virginia Woolf tan irrealizable en la era de las interrupciones:

Virginia Woolf explicaba que, en cierto periodo de su vida, consiguió producir mucho porque disponía de tres horas de trabajo ininterrumpidas cada día. Y yo pensé: ¿de qué demonios habla? ¿Sólo tres horas de trabajo al día? Luego estuve observando en la oficina a toda esa gente que trabaja catorce horas al día y pensé: ¿cuántos de ellos dedican realmente tres horas al día a una auténtica actividad intelectual y creativa? Mi conclusión fue que probablemente ninguno. Así que Virginia Woolf consiguió mucho más de lo que lograrán ellos en toda su vida con tres horas al día. Da mucho que pensar. Quizás harían algo mejor si trabajaran menos.

Deja un comentario

De lectura fácil: Nueva York, de Edward Rutherfurd

Ni el de Woody Allen ni el de Paul Auster, Edith Warthon o J.D. Salinger: el Nueva York de la novela de Edward Rutherfurd es todos a la vez porque arranca en 1664, cuando aún se llamaba Nueva Amsterdam y había asentamientos indios en Manhattan, y termina en 2009, en plena crisis financiera.

En Nueva York los personajes son lo de menos. No hay una saga a la que seguir desde el siglo XVII, sino estereotipos neoyorkinos más o menos reconocibles. Lo más interesante de sus 938 páginas es conocer el origen de los iconos de la ciudad:

Broadway, siglo XVII:

Íbamos caminando por la calle principal que va del fuerte a la entrada de la muralla, la que los ingleses llamaban Broadway…

Los musicales del momento se anuncian en Times Square

 

Wall Street:

Se había trazado una nueva calle paralela a la vieja muralla del norte de la ciudad, que se estaba cayendo a pedazos. A esa nueva calle la llamaron Wall Street. En 1696, los anglicanos sentaron los cimientos de una gran iglesia en la esquina de Wall Street y Broadway, a la que pusieron por nombre Trinity Church.

Bolsa de Nueva York, al final de Wall Street partiendo de Water Street

 

Central Park:

[En 1863] Hacía pocos años que habían dispuesto aquel rectángulo de cuatro kilómetros de largo, proyectado por Olmstead y Vaux, con objeto de proporcionar un espacio de asueto, un “pulmón” en el centro de lo que ya se prevía como un trazado completo de calles. Para ello habían desecado pantanos, eliminado un par de aldeas y allanado colinas. En su lugar las extensiones de césped, estanques, bosques y senderos ofrecían unos paisajes casi tan elegantes como el Hyde Park de Londres o el Bois de Boulogne contiguo a París.

El Upper West Side desde Central Park

 

Little Italy a principios del siglo XX:

La gente procedente de la región napolitana vivía en su mayoría en la calle Mulberry, los calabreses en la Mott, los sicilianos en la Elizabeth…

Edificios pintados con los colores de la bandera italiana en Little Italy

 

La New York Library:

El 23 de mayo de 1911, el presidente de los Estados Unidos en persona se encontraba en la ciudad de Nueva York para presidir una importante ceremonia. En la Quinta Avenida, en el lugar donde antes se elevaba el viejo depósito con aspecto de fortaleza, la gran biblioteca se iba a abrir por fin al público. La colección, basada en la suma de las bibliotecas Astor y Lenox, era inmensa. Gracias a la cuantiosa donación de Andrew Carnegie, el sistema de bibliotecas de Nueva York se encontraba entre las instituciones más generosas del mundo, de acceso libre al público.

New York Public Library

 

El Empire State, nacido para rebasar la altura del edificio Chyrsler:

Había estado en varias obras, y aquella era la más interesante. Se encontraba en la Quinta Avenida, junto a la calle Treinta y Cuatro. A principios de año [1917], aquel solar estaba todavía ocupado por la magnífica mole del hotel Waldorf-Astoria. En marzo, solo quedaba un enorme socavón de doce metros de profundidad. Ahora del lecho de roca del suelo surgía con asombrosa velocidad el rascacielos que iba a superar a todos los que se habían construido hasta entonces. Todo lo relacionado con aquel proyecto era desmesurado. El promotor, Raskob, había salido de la nada hasta convertirse en el hombre de confianza de la poderosa familia Du Pont y presidente de la comisión financiera de la General Motors. El gestor, Al Smith, aún era pobre, pero había sido gobernador de Nueva York por el partido demócrata y hasta podría haber sido elegido presidente de Estados Unidos de no haber sido católico. Ambos eran personas extravagantes. Detestaban la hipocresía de la Ley Seca y amaban los retos. Si Walter Chrysler creía que aquella ingeniosa estratagema de la aguja de acero inoxidable iba a coronarlo rey de la silueta de Nueva York, anda errado. El Empire State iba a superarla dentro de poco.

Vistas desde el Top of the Rock

 

Bryant Park en 2000:

Detrás de la Biblioteca de Nueva York, en el lugar donde antes se alzaba el Crystal Palace, la pequeña zona verde de Bryant Park se había convertido en un tétrico enclave poblado de ratas y traficantes de drogas. Ahora lo habían transformado en un área donde los empleados de las oficinas próximas podían sentarse a tomar un capuchino.

Bryant Park, a dos minutos a pie del hotel

 

Y los indios mohawk que trabajaron en los rascacielos:

En la obra empleaban a bastantes indios mohawk. Medio siglo atrás, familias enteras de ellos habían aprendido el arte de trabajar con el hierro en los puentes de Canadá. Ahora habían acudido desde su reserva para trabajar en los rascacielos de Nueva York. A Salvatore le gustaba mirar cómo los mohawk permanecían tranquilamente sentados en las vigas mienras las proyectaban encima del vacío a alturas de vértigo.

Deja un comentario

Confieso que no he leído

Comenta Antonio Muñoz Molina en su blog que está bien hacer listas de libros importantes que uno no ha leído o de los que ha abandonado sin remordimiento.

Yo elijo mis lecturas de una lista infinita que guardo desde hace 20 años o más. Apenas leo a autores de moda, los anoto y el tiempo dirá. Elegir un libro es como elegir un viaje: no me voy a presionar con ir a Berlín si lo que ahora me llama es Groenlandia, por poner un ejemplo.

No tengo nada contra historias de posguerra, de magos o de dragones, pero ahora prefiero estar en Brooklyn conociendo a una familia de emigrantes judíos recién llegada del infierno de la Segunda Guerra Mundial (Sombras sobre el Hudson, de Isaac Bashevis Singer). 

Esta es mi lista, seguro que se me olvidan muchísimos:

Clásicos y grandes éxitos o que no he leído ni me atraen (extraigo algún ejemplo del listado de Muñoz Molina):
El hombre sin atributos
, de Robert Musil (con ese título no lo compro)
El nombre de la rosa,
de Umberto Eco (¿basta con ver la película?)
La insoportable levedad del ser,
de Milán Kundera (¿se pasó de moda?)
La saga Millenium
La saga Harry Potter
El código Da Vinci
, de Dan Brown
Todo Pérez Reverte
Memorias de Adriano
, de Marguerite Yourcenar

He leído y me han dejado fría:
El guardián entre el centeno
, de J.D. Salinger (el protagonista me cayó bastante mal y eso que no tenía ni 20 años)
El principito,
de Antoine de Saint-Exupery
Matar a un ruiseñor
, de Harper Lee (simplón)
Alicia en el país de las maravillas
, de Lewis Carroll

He dejado a medias o apenas empezados:
Los Misarables
, de Víctor Hugo
El cuaderno dorado
, de Doris Lessing
El señor de los anillos,
de J.R. Tolkien
Varios de Paul Auster (los confundo)
Varios de Javier Marías (ídem)
El loro de Flaubert
, de Julian Barnes
La mancha humana
, de Philip Roth
Rayuela
, de Julio Cortázar
Las cenizas de Ángela
, de Frank McCourt
Los seres queridos
, de Evelyn Waugh
Volverás a Región
, de Juan Benet
La casa de los espíritus
, de Isabel Allende
El tambor de hojalata
, de Günter Grass

No apostaba por ellos y me conquistaron:
El Hobbit
, de J.R. Tolkien
La Colmena
, de Camilo José Cela
La poesía de Lope de Vega
El Quijote

Deja un comentario