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Más Franzen

Soy rencorosa con la gran novela americana porque me obliga a soportar páginas y páginas que no me interesan. A Las correcciones, de Jonathan Frazen, no le perdono el relato de la conferencia sobre un medicamento contra el Parkinson. Tampoco a John Updike le pasé las lecciones de baloncesto y golf. Como me prohíbo saltarme páginas, cuando empezaba el partido el libro quedaba abandonado hasta una semana, como si a la vuelta lo fuera a encontrar finalizado.

Leí las 734 páginas de Las correcciones con bastante impaciencia, lo reconozco, porque sentía empatía por algún personaje (Enid, Alfred) pero ninguna simpatía. Pero de eso trata esta gran novela americana: de vivencias de seres corrientes fluyendo sin diques para crear una obra tan monumental como la vida misma.

Su anhelo ya no consistía en habitar un mundo diferente; ahora quería vivir en éste, pero con dignidad.

No sé si tiene sentido decir que he leído un libro tarde. Pasado el deslumbramiento del National Book Award y el fervor de la crítica tras su publicación, era indiferente leerlo en 2011 que en 2030. Sigue siendo tan buen testimonio de los males físicos y morales de una época como en 2001, pero de momento Franzen no va a estar en mi santa sanctorum.

Lo dijo Brodsky: «El pescado fresco siempre huele; el congelado sólo huele al descongelarlo».

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