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Mes: Agosto 2011

Los que no duermen en NYC

Jet lag. Son las 3.30 de la mañana en el Midtown y me acabo de despertar. No es un indolente duermevela sino frenética actividad mañanera. En esta ciudad no se duerme, lo manda Sinatra y no se hable más.

Mi apartamento está en un bloque que parece el de Seinfeld. Seguro que salgo al pasillo y está Newman orquestando su venganza tras la puerta, y diría que Kramer se va a personar de un momento a otro.

El ajetreo en la calle es de órdago. Apuesto a que hasta Uncle Leo tiene abierto el negocio para no perder clientes. Las furgonetas transportan de un lado a otro de Manhattan los puestos de hot dogs, pretzels y helados, hay quien hace su ruta del colesterol por el carril bus, una turista fotografía -aún de noche- la gran marquesina del teatro donde se graba el late show de David Letterman, y decenas de neoyorkinos se dirigen al trabajo -o a su casa- con la mochila al hombro. Algunos hasta silban y hacen palmas.

Habrá que levantarse, por solidaridad.

Midtown Manhattan, 16 de agosto de 2011

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Improvisado Washington Irving

Despertar intempestivo en la primera noche de vacaciones: son las 5.30 de la mañana, no hay cobertura en Los Moriscos y encender la luz no es buena idea. Solución: kindle en el iPhone. Sorprendentemente, hace un par de días sincronicé la aplicación pensando en estos momentos de desconexión total.

Elijo una de esas obras que ahora me arrepiento de no tener en papel: The Knickerbocker’s History of New York, de Washington Irving. El joven Irving la empezó a escribir con su hermano, pero la continuó en solitario cuando Peter se entregó a empresas más productivas en Europa. Su afán era contar la historia de Nueva York cuando se llamaba Nueva Amsterdam y compendiar las costumbres y particularidades de los antepasados llegados de Holanda.

Al instante pensé en el Quijote, con Knickerbocker como Hamete Benengeli: un casero encuentra un legajo con la historia de Nueva York escrita por Knickerbocker, su pintoresco huésped, que está en paradero desconocido. El prólogo advierte de que aún habrá que hacer muchas correcciones, lo cual exime a Irving de cualquier paso en falso.

La prosa es hechizante, como era de esperar del autor de las leyendas de Sleepy Hollow y Rip Van Wrinkle o los Cuentos de la Alhambra -libro que desgasté cuando era pequeña-, y Knickerbocker todo un personaje cuyo nombre todavía se menciona hoy para evocar a los colonos holandeses.

El espíritu del imprevisible Knickerbocker me persiguió todo el día: vertí sal en el café, desintonicé la radio sin remedio y a punto estuve de desaparecer sin dejar rastro bajo olas en formato tsunami. Y las vacaciones acaban de empezar.

Nota: Hubiera sido mejor leer en el iPad, claro, pero no lo sincronicé y aún ahora, 24 horas después, sigue haciendo tímidos intentos mientras escribo esto.

Los Moriscos, Motril (Granada), 7 de agosto de 2011

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