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Una occidental en una empresa japonesa: Estupor y temblores, de Amélie Nothomb

Escogí tres lecturas rápidas y no traumáticas para ambientarme antes de partir hacia Japón. Tenía poco tiempo y con la perspectiva del vuelo no estaba en condiciones de digerir a Mishima y sus coqueteos con la muerte. Ahora lamento no haber elegido alguna más reciente. Por orden:

Estupor y temblores (1999), de Amélie Nothomb
El elogio de la sombra (1933), de Junichiro Tanizaki
Una cuestión personal (1964), de Kenzaburo Oé

Salvo el de Tanizaki, que al fin y al cabo es un ensayo, los otros dos sí que fueron un poco perturbadores.

Estupor y temblores, de Amélie Nothomb

Siempre existe un modo de obedecer. Eso es lo que los cerebros occidentales deberían comprender.

Me habían recomendado esta lectura por lo bien que retrata la férrea jerarquía en las empresas niponas. El título hace referencia a la forma en que el emperador exigía a sus súbditos que se presentaran ante él en el antiguo Japón. Algo parecido acaba sintiendo la protagonista a medida que su posición en la compañía se va degradando hasta acabar limpiando retretes en silencio porque sus superiores le obligan a olvidarse del japonés y ceñirse a su rol de occidental.

Quizás el cerebro nipón sea capaz de obligarse a sí mismo a olvidar un idioma. El cerebro occidental carece de esos recursos.

Amélie Nothomb pasó parte de su infancia en Japón, así que algo de autobiográfico tendrá la novela.

Ella [su jefa] me habló de su infancia en la región de Kansai. Yo le hablé de la mía, que se inició en la misma provincia, no lejos de Nara, en el pueblo de Shukugawa, cerca del monte Kabuto […] Allí es donde late el corazón del antiguo Japón.

Pagoda de cinco pisos en el templo Kohfukuji #nara #japan #stupa #pagoda
Pagoda de cinco pisos en el templo Kohfukuji, Nara

Leer las notas que tomé de Estupor y temblores ha servido para matizar las impresiones que saqué de la visita a Japón.

Sobre la belleza
O esa primera excursión a Ginkaku-ji recién llegados a Kyoto, con la lluvia arreciando y apenas un alma en el Paseo de los Filósofos.

De pequeña, la belleza de mi universo japonés me había impactado tanto que todavía me alimentaba con aquella reserva afectiva.

Ginkaku-ji
Ginkaku-ji, Kyoto
Paseo de los filósofos #kyoto #japan
Paseo de los filósofos, Kyoto

El significado de los nombres
Si me maravillaron los nombres de los sabores de los helados, qué puedo decir de los de las personas:

Las que no tienen derecho a soñar llevan nombres que invitan a soñar, como Fubuki [“tormenta de nieve”]. Los padres se permiten los lirismos más delicados cuando se trata de bautizar a una niña.

Cuando se trata de ponerle nombre a un niño, en cambio, las creaciones onomásticas son, a menudo, de una hilarante sordidez […] El señor Saito le había puesto a su hijo Tsutomeru, o sea “Trabajar”.

La filosofía de trabajo
Nothomb recalca el sadismo de la cultura de oficina japonesa. Estos ciudadanos, dice, privilegiados para otros habitantes del planeta, entregan su entera existencia a la empresa y están convencidos de que nunca se trabaja demasiado. Quejarse es deshonroso y hablar de tus incapacidades te lleva al abismo, siguiendo la máxima de André Maurois: No hables demasiado mal de ti mismo: podrían creerte. No respetar una jerarquía puede suponer el ostracismo a un trabajador, y nada desconcierta más a la protagonista que una disculpa de su superior.

Un japonés que se excusa de verdad, esto sólo ocurre una vez en cada siglo. Me horrorizó que el señor Saito consintiera rebajarse tanto por culpa mía.

No era raro que algunos empleados se quedaran toda la noche en sus despachos si había plazos que cumplir.

Año Nuevo: tres días de descanso ritual y obligatorio. Semejante farniente tiene algo traumático para los japoneses. Durante tres días y tres noches ni siquiera está permitido cocinar. Se comen platos fríos, preparados con antelación y almacenados en unas espléndidas cajas lacadas. Entre aquellos alimentos festivos, destacan los omochi: pasteles de arroz por los que, antaño, me pirraba.

Perdían, esperando el ascensor, un tiempo que habrían podido dedicar a la compañía. En Japón, a eso se le llama sabotaje: uno de los más graves crímenes para los nipones, tan odioso que, para denominarlo, se utiliza la palabra francesa, ya que hace falta ser extranjero para imaginar una bajeza semejante.

Hasta hace poco, con contrato o sin él, uno siempre era contratado para siempre, uno no podía abandonar su empleo sin cuidar las formas. Por respeto a la tradición, tenía la obligación de presentar mi renuncia a cada escalón jerárquico.

Para un japonés, limpiar retretes no era un trabajo honorable pero tampoco indigno.

¿Y, fuera de la empresa, qué les esperaba a aquellos contables de cerebro lavado por los números? La cerveza obligatoria con colegas tan trepanados como ellos, horas de metro abarrotado, una esposa que ya duerme, el sueño que te aspira como el desagüe de un lavabo que se vacía, las escasas vacaciones en las que nadie sabe qué hacer: nada que merezca el nombre de vida.

Mi comida de hoy: cerveza Asahi, yakitori y tempura. #kyoto #japan #yakitori #biru #tempura #asahi
Cerveza y yakitori: lo que toman habitualmente los japoneses al salir del trabajo

La locura y la excentricidad
Los sistemas más autoritarios suscitan, en las naciones en las que se aplican, los casos más sorprendentes de desviaciones -y, por eso mismo, una relativa tolerancia respecto a las excentricidades humanas más apabullantes-. No sabemos lo que es un excéntrico hasta que conocemos a un excéntrico japonés. ¿Había dormido bajo los escombros? Estaban curados de espanto. Japón es un país que sabe lo que significa “volverse loco”.

Los comportamientos groseros
Preferí no preocuparme demasiado por estos detalles que comenta la protagonista, aun a riesgo de pecar de irritante occidental:

Ante mi enorme asombro, se sonó, lo que en Japón constituye uno de los colmos de la grosería.

Resulta vergonzoso tener curvas.

Sudarás. Y ya nadie podrá dudar de tu vulgaridad.

Castillo Nijo, Kyoto
Mañana de canícula en el Castillo Nijo, Kyoto

Los occidentales, sucios y rastreros
Nothomb lo lleva al extremo, espero…

Se comporta de un modo tan rastrero com los demás occidentales: antepone su vanidad personal a los intereses de la empresa.

¡Si por lo menos pudiéramos hacerles comprender que apestan, tendríamos en Occidente un mercado fabuloso para desodorantes finalmente eficaces!

Persona muda y grosera como una yanqui…

El suicidio
No hay que visitar el bosque de los suicidos para saber que el suicidio en Japón es menos raro que aquí.

Como todo el mundo sabe, Japón es el país con la mayor tasa de suicidios.

Si te suicidas, tu reputación será deslumbrante y se convertirá en el orgullo de tus allegados. Ocuparás un lugar de honor en el panteón familiar: ésa constituye la mayor esperanza que puede albergar un ser humano.

La comida
Proliferan las cadenas y formatos occidentales pero los sabores se adaptan, como ocurre con todas las cocinas cuando se exportan.

Los japoneses consumían cada vez más mantequilla y la obesidad y las enfermedades cardiovasculares no dejaban de ganar terreno en el país.

Se trata de chocolate blanco con sabor a melón verde, una especialidad de Hokkaido. Han reproducido a la perfección el sabor del melón japonés.

Sunshine Street. Ikebukuro, Tokio
Sunshine Street. Ikebukuro, Tokio

La Segunda Guerra Mundial
Fabuki practicaba el revisionismo soft tan habitual entre los jóvenes del país del Sol Naciente: sus compatriotas no tenían nada que reprocharse respecto a la última guerra, y sus incursiones en Asia tenían como objetivo proteger a los indígenas de los nazis.

La tradición propia y ajena
Con razón no se lo piensan para derribar un templo y reconstruirlo:

Nada que dure menos de diez mil años tiene valor alguno.

Los nipones, que tanto se ofenden cuando los demás no respetan sus códigos, jamás se escandalizan de sus propias derogaciones respecto a las conveniencias ajenas.

Heian #kyoto #japan
Heian, Kyoto

La belleza femenina
No todas las japonesas que vi eran guapas, pero la que era guapa resultaba casi irreal.

Todas las bellezas emocionan, pero la belleza japonesa resulta todavía más desgarradora. En primer lugar porque esa tez de lis, esos ojos suaves, esa nariz de aletas inimitables, esos labios de contornos tan dibujados, esa complicada dulzura de los rasgos ya bastan para eclipsar los rostros más logrados.

Sus modales las estilizan y las convierten en una obra de arte que va más allá de lo racional.

Es una belleza que ha sobrevivido a tantos corsés físicos y mentales, a tantas coacciones, abusos, absurdas prohiciones, dogmas, asfixia, desolación, sadismo, conspiración de silencio y humillaciones, una belleza así constituye un milagro de heroísmo.

Cómo ha de ser la mujer

Si por algo merece ser admirada la japonesa -y merece serlo- es porque no se suicida. Conspiran contra su ideal desde su más tierna infancia. Moldean su cerebro:
“Si a los veinticinco años todavía no te has casado, tendrás una buena razón para sentirte avergonzada”
“Si sonríes perderás tu distinción”
“Si tu rostro expresa algún sentimiento, te convertirás en una persona vulgar”
“Si mencionas la existencia de un solo pelo sobre tu cuerpo, te convertirás en un ser inmundo”
“Si, en público, un muchacho te da un beso en la mejilla, eres una puta”
“Si disfrutas comiendo, eres una cerda”
“Si dormir te produce placer, eres una vaca”
“No aspires a disfrutar porque tu placer te destruirá”
“No aspires a enamorarte porque no mereces que nadie se enamore de ti: los que te amarían te amarían por tu apariencia, nunca por lo que eres”
“No esperes que la vida te dé algo, porque cada año que pase te quitará algo”
“Ni siquiera aspires a una cosa tan sencilla como alcanzar la tranquilidad, porque no tienen ningún motivo para estar tranquila”
“Deberás ser irreprochable, por la simple razón de que es lo mínimo a lo que se puede aspirar”
“Cuando estés aislada en un retrete por la humilde necesidad de liberar tu vejiga, tendrás la obligación de vigilar que nadie pueda escuchar la melodía de tu arroyo: así pues, deberás tirar de la cadena sin cesar”
“Tienes la obligación de tener hijos, a los que tratarás como a dioses hasta los tres años, edad en la que, de repente, los expulsarás del paraíso para alistarlos al servicio militar, que durará desde los tres hasta los dieciocho años y, más tarde, desde los veinticinco años hasta el día de su muerte”
“El único periodo libre de tu vida […] es entre los dieciocho y los veinticinco años”

En el tren, Tokio
En el tren, Tokio

El hombre y el matrimonio
El primero no sale muy bien parado…

Había tenido el abrumador privilegio de descubrir que el macho japonés no es en absoluto distinguido. Así como la japonesa vive aterrorizada por el más mínimo ruido que pueda producir su persona, el japonnésse despreocupaba totalmente de ese detalle.

Tiene dos años menos que usted. Según la tradición nipona, es la diferencia de edad perfecta para que sean un anesan niobo, una “esposa hermana mayor”. Los japoneses piensan que éste es el mejor matrimonio: la mujer tiene justo un poco más de experiencia que el hombre. Así, le hace sentirse cómodo.

Harajuku, Tokio
Harajuku, Tokio

Como dato curioso extraido del libro: cabellos, dios y papel se nombran de la misma forma en japonés: kami.

Respecto a Amélie, realmente lo que más me gusta leer de ella es las entrevistas que le hacen: es su mejor personaje. Mi primera toma de contacto fue con La biografía del hambre y la voz narradora me ralló bastante. Termino con su receta para sobrellevar la rutina:

Es típico de seres que ejercen oficios lamentables construirse lo que Nietzsche denominaba “otro mundo”, un paraíso terrenal o celeste en el que se empeñan en creer para consolarse de lo infecto de su condición. Cuanto más vil es su trabajo, más hermoso es su edén mental.

3 Comments

  1. rosa zafra rosa zafra

    Aunque habia leido el libro, tu transcripcion me ha servido para percibir notas que habia pasado por alto.
    A veces es necesario mirar con otros ojos.
    Este mundo nipon me fascina, por su disciplina y por su sensibilidad en el arte de las aguadas.

  2. MONTSE MONTSE

    Una reseña interesantísima…Gracias por compartirla

  3. José Luis José Luis

    Acabo de leer el libro y, tu reseña me ha parecido estupenda. Felicidades.

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