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Mes: Junio 2012

La gran ola de Kanawaga y Una cuestión personal

La gran ola de Kanagawa, de Hokusai
La gran ola de Kanagawa, de Hokusai

Conocía La gran ola de Kanawaga (1830), pero no sabía que era un símbolo nipón de tal magnitud. En el circuito de suvenirs esta imagen es tan ubicua como las figurillas de la Torre Eiffel en París. Forma parte de la serie 36 vistas del Monte Fuji, fruto de la obsesión de Hokusai por capturar la belleza del pico más alto de Japón.

Dicho esto cierro el capítulo de posts sobre el viaje a Japón con el tercer libro que leí antes de partir y que finalicé en el vuelo Amsterdam-Tokio: Una cuestión personal (1964), de Kenzaburo Oé. Este autor fue Nobel en 1994 y estaba en la lista de lecturas pendientes desde entonces. Por supuesto el que sea Nobel ya no significa tanto en esta carrera por desmitificar todo en la que nos encontramos.

No es precisamente un libro que dé alegrías. Bird, ex alcohólico, da clases en una academia privada de preparación para el ingreso en la universidad. Su sueño es viajar a África y en esos pensamientos se halla cuando le avisan de que su mujer ha dado a luz. Su hijo sufre una hernia cerebral y este golpe de realidad le lleva a poner los pies en la tierra, encomendarse a la esperanza y la perseverancia y cambiar de plan: Siempre soñé con viajar a África y contratar un guía, de modo que solo invertiré la fantasía: yo seré el guía local para quienes visiten Japón.

Al margen de este doloroso argumento autobiográfico -Kenzaburo Oé lo escribió tras nacer su hijo con deficiencia mental-, el libro ofrece muchas notas sobre el carácter japonés:

La paternidad: Kafka le escribió a su padre que lo único que puede hacer un padre por su hijo es acogerlo con satisfacción cuando llega. Usted, en cambio, parece rechazarlo. ¿Puede excusarse el egoísmo que rechaza a otro ser, basándose en un derecho del padre?

El infortunio: Si uno se enfrenta a dos acontecimientos desconocidos al mismo tiempo, uno resultará calamitoso y otro afortunado.

La autocompasión: Cuando alguien es minado por el veneno de la autocompasión, ya no puede tomar decisiones sobre lo que le concierne.

La recompensa: Tienes razón. Es una cuestión personal. Cuando estás solo dentro de una cueva privada, al final llegas a una salida lateral que conduce a una verdad que te concierne a ti y a todo el mundo. Eso recompensa los sufrimientos padecidos.

El suicidio: El suicidio era de lo más común, algo de todos los días […] En el norte de Europa existe un animalillo similar a una rata, el lemming; a veces los lemmings se suicidan en masa. ¿No te parece que pueden existir personas como los lemmings?

El movimiento antinuclear en los sesenta: Mis días de estudiante han pasado. Ya no soy tan sensible a la situación internacional ni a la política. Sin embargo, las armas atómicas siempre me han preocupado. Nuestro grupo de estudio de lenguas eslavas participó en una campaña antinuclear. Con respecto a lo de Jruschov, no sé qué me ha pasado […] Está muy bien que ellos participen en el destino del mundo con sus concentraciones de protesta, pueden hacerlo mientras no les caiga encima un bebé con dos cabezas.

Monte Fuji con el tiempo despejado, de Hokusai
Monte Fuji con el tiempo despejado, de Hokusai

Y alguna nota costumbrista sobre Japón también en el prólogo de Justo Navarro:

Las ambulancias: En Japón los servicios de transporte de enfermos de urgencia están a cargo del cuerpo de bomberos.

El embarazo: El periodo de embarazo se considera como de diez meses.

El curso escolar: Los cursos escolares comienzan en abril, o sea que mayo es todavía la época de presentación entre estudiantes.

Los nisei: Es como denominan a los japoneses nacidos en el extranjero, hijos de padres emigrantes.

Cómo contar los años: Es habitual contabilizar los años según el tiempo de reinado de cada emperador. Por ejemplo, 1987 es el año Showa (era del emperador actual), ya que este reinado comenzó en 1925.

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La belleza tradicional japonesa: El elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki

El elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki

En Occidente, el más poderoso aliado de la belleza fue siempre la luz; en la estética tradicional japonesa lo esencial está en captar el enigma de la sombra.

El elogio de la sombra de Junichiro Tanizaki (1933) fue la segunda lectura preparatoria antes de viajar a Japón. Rechazo instintivamente los libros con títulos etéreos porque la abstracción no me hace imaginar nada, y si no imagino no me interesa y por tanto no leo. Pero este ensayo no se podía llamar mejor, porque según explica Tanizaki en Japón todo lo bello brota de la oscuridad, del mismo modo que aquí cuando se hace la luz se hace la belleza.

 Así como una piedra fosforescente, colocada en la oscuridad, emite una radiación y expuesta a plena luz pierde toda su fascinación de joya preciosa, de igual manera la belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de la sombra.

En sus escasas 90 páginas hay montones de ejemplos de belleza que nace de la oscuridad. Hay que analizarlos con reservas porque se escribieron hace casi un siglo y su autor, en la cincuentena por entonces, nos pone sobre aviso: Nada nos autoriza a creer que algún viejo haya manifestado estar contento con el estado de las cosas de su época:

Pintura de Yumeji Takehisa
Pintura de Yumeji Takehisa

Vivir en la oscuridad (esto ya sabemos que es común a otras culturas)
Las mujeres de antes solo existían realmente de cuello para arriba y desde el borde de las mangas, el resto desaparecía enteramente en la oscuridad. En aquellos tiempos las mujeres de ambientes superiores a la clase media salían muy raramente y si lo hacían, era completamente acurrucadas en lo mas profundo de un palanquín, por miedo a que las pudieran vislumbrar desde la calle; no es pues nada exagerado decir que, confinada generalmente en una habitación de sus oscuras mansiones, totalmente sepultadas día y noche en la oscuridad, solo revelaban su existencia por el rostro.

Ohaguro, la belleza de los dientes negros
Ohaguro, la belleza de los dientes negros

Los trajes de colores lavados
Las jóvenes y las mujeres de las casa burguesas, incluso bajo el antiguo régimen militar, utilizaban colores increíblemente apagados, en un palabra, el traje no era más que una parcela de la sombra, solo una transición entre la sombra y el rostro.

El ennegrecimiento estético de los dientes (ohaguro)
El maquillaje incluía entre otras cosas el ennegrecimiento de los dientes; cabe preguntarse si la finalidad de esta operación no era, una vez rebosante de oscuridad todo el espacio excepto el rostro, poner una pincelada de sombra hasta en la boca.
Piensen en la sonrisa de una joven, a la vacilante luz de una linterna, que de vez en cuando hace centellear unos dientes laceados de negro de entre unos labios de una azul irreal de fuego fatuo: ¿puede uno imaginarse un rostro más blanco?

Las cejas afeitadas
Las mujeres de antes también se afeitaban las cejas: ¿no era esa otra manera de realzar el brillo de su rostro?

La presentación de la comida en vajilla oscura: Nuestra cocina armoniza con la sombra
Se ha dicho que la cocina japonesa no se come sino que se mira; en una caso así me atrevería a añadir: se mira, ¡pero además se piensa!
Si la cocina japonesa se sirve en un lugar demasiado iluminado, en una vajilla predominantemente blanca,  pierde la mitad de su atractivo. Observemos por ejemplo el color de la sopa de mismo que consumimos todas las mañanas.
El shòyu, esa salsa viscosa y reluciente, sobre todo si se usa esa variedad espesa que se llama tamari, como se hace en la región de Kyoto para condimentar el pescado crudo, las legumbres confitadas o hervidas, gana mucho visto en la sombra y forma con la oscuridad una armonía perfecta.
El tofu, el kamaboko, la harina de patata, los pescados blancos, en fin, todos los alimentos blancos, no pueden quedar realzados si se ilumina su entorno. Para empezar, el arroz, solo con verlo presentado en una caja de laca negra y brillante colocada en un rincón.

El uso tradicional de la vajilla de laca -que realza la comida japonesa- frente a la de cerámica, que ya ha ganado la batalla
Una vajilla de cerámica no es nada desdeñable, es cierto, pero a las cerámicas les faltan las cualidades de sombra y profundidad de las lacas. Son pesadas y frías al tacto; permeables al calor, no sirven para alimentos calientes; además, el menor golpe les saca un ruido seco, mientras que las lacas, ligeras y suaves al tacto, no lastiman el oído.
Fuera del arte del té o de algunas circunstancias solemnes, ya sólo utilizamos cerámica, excepto para las bandejas y los cuencos de sopa, porque hemos llegado a considerar la laca rústica y desprovista de elegancia: ¿pero no será simplemente por culpa de la claridad que proporcionan los nuevos medios de iluminación? En realidad se puede decir que la oscuridad es la condición indispensable para apreciar la belleza de una laca.
En la actualidad también se fabrican “lacas blancas” pero, de siempre, la superficie de las lacas ha sido negra, marrón o roja.

La iluminación tenue de los templos (ok, aquí las iglesias suelen ser tenebrosas)
En las inmensas salas de los monasterios la luz está tan mitigada, debido a la distancia que las separa del jardín, que su macilenta penumbra es igual en verano que en invierno, haga buen o mal tiempo, por la mañana, a mediodía o por la noche.

Kencho-ji, Kamakura
Kencho-ji, Kamakura

La luz indirecta en las casas
La iluminación de las casas es hoy más que suficiente para leer, escribir o coser; aumentarla es un autentico derroche y, al suprimir los últimos resquicios de la sombra, se da la espalda a todas las concepciones estéticas de la casa japonesa.
Cuando iniciamos la construcción de nuestras residencias, antes que nada desplegamos el tejado como un quitasol que determina en el suelo un perímetro protegido del sol, luego, en esa penumbra, disponemos la casa.

En el interior de la habitación, los shòji no dejan entrar más que un reflejo tamizado de la luz que proyecta el jardín. Esa luz indirecta y difusa es un elemento esencial de la belleza de nuestras residencias.

Toko no ma
Toko no ma

El toko no ma
Hueco practicado generalmente en la pared de la habitación principal, perpendicular al jardín y que desempeña un papel capital en la decoración de la casa japonesa tradicional. Ahí es donde se cuelga un cuadro escogido en función de la estación y se coloca algún objeto artístico de bronce o de cerámica, o algún adorno floral. El gusto de los dueños de la casa se juzga por la armonía conseguida entre estos tres elementos.
Tenemos en nuestras salas de estar ese hueco llamado tako no ma que adornamos con un cuadro o con un adorno floral; pero la función esencial de dicho cuadro o esas flores no es decorativa en sí misma, pues más bien se trata de añadir a la sombra una dimensión en el sentido de la profundidad.

Los decoración con detalles dorados
Nuestros contemporáneos, que viven en casas claras, desconocen la belleza del oro. Pero nuestros antepasados, que vivían en mansiones oscuras, experimentaban la fascinación de ese espléndido color, pero también conocían sus virtudes prácticas. Porque en aquellas residencias pobremente iluminadas, el oro desempeñaba el papel de un reflector.
Mientras que el brillo de la plata y de los demás metales se apaga muy deprisa, el oro en cambio ilumina indefinidamente la penumbra interior sin perder nada de su brillo.
Si en los tejidos antiguos se usaban con profusión hilos de oro y de plata, es evidente que se hacia por la misma razón.

La pátina de la plata y el cobre
Los colores que a nosotros nos gustan para los objetos de uso diario son estratificaciones de sombra: los colores que ellos prefieren condensan en sí todos los rayos del sol. Nosotros apreciamos la pátina sobre la plata y el cobre; ellos la consideran sucia y antihigiénica, uno están contentos hasta que el metal brilla a fuerza de frotarlo. En sus viviendas evitan cuanto pueden los recovecos y blanquean techo y paredes.

La importancia de la oscuridad en el teatro kabuki
En la actualidad, en los escenarios iluminados a la occidental, sus vivos colores caen inevitablemente en la vulgaridad y cansan enseguida.
Los interpretes de los papeles femeninos del kabuki no dan sensación de autenticidad. La culpa es, por supuesto, de la iluminación demasiado cruda del escenario.

Y también en el teatro no
En el no, la parte del cuerpo que deja ver el traje es ínfima, como mucho el rostro y el cuello y la mano desde la muñeca hasta la punta de los dedos.
Si por desgracia tuviese que recurrir como el kabuki a los modernos sistemas de iluminación, es seguro que bajo el impacto de esa luz brutal sus virtudes estéticas saltarían en pedazos. Es, pues, absolutamente esencial que el escenario del no permanezca en su oscuridad original y, cuanto más antiguo sea el edificio, mejor.
La oscuridad que reina en el escenario del no no es sino la oscuridad de las mansiones de aquellos tiempos.

La iluminación de las películas
Nuestro cine difiere del americano tanto como del francés o del alemán por los juegos de sombras, por el valor de los contrastes.

Estos cinco minutos de Los sueños (1990) de Akira Kurosawa son sublimes:

Pero no solo de sombras habla Tanizaki:

Los refinados retretes
Lo que sí está verdaderamente concebido para la paz del espíritu son los retretes de estilo japonés. Es en la construcción de los retretes donde la arquitectura japonesa ha alcanzado el colmo del refinamiento.

Papel japonés "Kizukishi"
Papel japonés “Kizukishi”

El papel japonés
Nuestros papales, agradables al tacto, se pliegan y arrugan sin ruido.

El amor por el té
Se dice que los amantes de té, al oír el ruido del agua hirviendo, que a ellos les evoca el viento en los pinos, experimentan un arrebato parecido tal vez al que yo siento.

Y la hora de tomar el sake: por la tarde

Conclusión: Nosotros los orientales creamos belleza haciendo nacer sombras en lugares que en sí mismos son insignificantes.

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