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Categoría: Escritoras

Apegos feroces

Resultado de imagen de fierce attachments the new york times Después de tanta insistencia con el apego en los libros de crianza, se agradace leer en Apegos feroces (Fierce Attachments, 2015), de Vivian Gornick, cómo era el apego en generaciones anteriores a las de nuestros hijos, y en qué resultó. Por más que ya lo sepamos porque lo hemos vivido…:

Esa tarde pensé: «Una de las dos va a morir a causa de este apego».

La protagonista y su madre pasean cada semana por Manhattan y hablan. Son la prueba viviente de cómo recibimos las opiniones y los juicios de nuestro entorno más cercano: nos irritan por previsibles. Y cómo abrimos la mente cuando llegan de desconocidos:

Yo ahora tengo cuarenta y cinco años y mi madre, setenta y siete. Está fuerte y sana. Recorre la isla conmigo sin dificultad. Durante estos paseos no nos queremos, sino que a menudo rabiamos una contra la otra, pero de todas formas paseamos.

Sin embargo, en el último año ha comenzado a darse una extraña circunstancia. En ocasiones, no me llega a hervir la sangre. Me irrito, pero permanezco tranquila.

Disfruté mucho leyendo Apegos feroces, casi lo subrayé entero. Esta es la selección de ideas que me llevo del libro:

  • Sobre el paso del tiempo:

Cada vez que cuenta la historia, es la misma y también es completamente distinta, porque cada vez que la oigo soy más mayor y se me ocurren preguntas que no le hice la última vez.

  • Sobre el placer de leer, de educar la sensibilidad y de disfrutar del arte cuando estamos en un ambiente con poco espacio para él:

Nettie quería seducir, mamá quería sufrir y yo quería leer.

Para Davey, la lectura era un haz de láser –fino, enfocado, intenso– que se abría camino en medio de una
inmensa oscuridad.

No era la necesidad filosófica de hallarle sentido a todo lo que empujaba a la señora Kerner a la narración. Era,
más bien, que valoraba la sensibilidad y para ella, las artes –la música, la pintura, la literatura– eran un vehículo
para la emoción pura.

La vida de una persona era rica o pobre, valía una fortuna o no era más que un desecho, dependiendo de si
estaba enriquecida por la sensibilidad o despojada de ella.

  • Sobre la maternidad y el día a día en una casa con niños pequeños:

Nettie dio a luz un día de agosto terriblemente caluroso después de un parto de cincuenta horas que casi la parte por la mitad. El bebé pesó casi cinco kilos y medio.

Descubrí que me horrorizaba cocinar […] Recuerdo pasarme hora y media preparando algún espantoso plato de cuchara sacado de una revista femenina para terminar engulléndolo los dos en diez minutos, pasarme después una hora limpiando los cacharros y quedarme mirando el fregadero, pensando: «¿Será esto así durante los siguientes cuarenta años?».

Se apostaba en una silla de la cocina cada vez que Richie se quedaba frito al final de la tarde o ya de noche
(nunca lo ponía a dormir, esperaba a que cayese rendido)

Su madre, la señora Shapiro, que vivía en el tercero, siempre lo perseguía por la calle con el vaso de leche que
no se quería terminar.

  • Sobre el apego y sus efectos secundarios, y cómo cambia nuestra percepción del papel de los padres a lo largo del tiempo:

El ambiente de nuestra casa era el de una morgue. La pena de mi madre era primitiva y apabullante: devoraba
todo el oxígeno del aire.

Recuerdo pensar: «Esta mujer no entiende nada. Papá ya no está y mamá puede irse en cualquier
momento. Si lloro, no podré verla. Si no la veo, desaparecerá. Y entonces me quedaré sola». Así comenzó mi
obsesión consciente de tener siempre a mi madre a la vista.

  • Y sobre el pensar como hobby:

Disfruta pensando, aunque no lo sabe. Nunca lo ha sabido.

 

 

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Solo tenemos una historia

Será casualidad o no, pero los dos últimos libros que he leído nacen de la conversación entre una madre y una hija. De Me llamo Lucy Barton (My Name Is Lucy Barton, 2016), de Elizabeth Strout, el pensamiento que me persigue es este: la desproporción entre la importancia de la madre en la casa y en el mundo.

No es un gran libro y cae en referencias algo trilladas -menciona el  «siempre he confiado de la bondad de los desconocidos» de Blanche Dubois -pero solo por ese pensamiento ya le estoy agradecida.

Lucy pasa varias semanas en el hospital y su madre llega para hacerle compañía, después de tiempo sin verse porque Lucy ahora vive en Nueva York y su madre sigue en la casa familiar de Illinois.

La madre de Lucy es una mujer callada que ha pasado muchas penurias; mientras acompaña a su hija en el hospital nadie repara en ella, la escucha o la considera. Pero a la vez es una figura colosal en la vida de su hija, antes y ahora que ya viven tan alejadas una de otra. Y está en el núcleo de su literatura (Lucy es escritora):

«Solo tendrás una historia», le dice una autora a la que admira. «Escribirás esa historia de muchas maneras. No te preocupes por buscar historias. Solo tienes una». 

La madre de Lucy llegó a trabajar en una biblioteca, pero un día le dijeron que, por un cambio en la regulación de bibliotecas, solo podrían contratar a alguien con formación específica para ello.

¿Quién no ha conocido casos así? Suelen quedar como los tiempos dorados para quienes lo sufren, pero borrados en el olvido para todos los demás. Hay ahí una superioridad implícita que explica así la autora:

Es interesante cómo encontramos formas de sentirnos superiores otra persona o a otro grupo. Pasa en todas partes todo el tiempo. No importa cómo lo llamemos, creo que es lo más bajo de nuestro ser, esa necesidad de que siempre haya alguien por debajo.

El otro libro es Apegos feroces, de Vivian Gornick, que queda para otro post.

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El tiempo de las mariposas, de Margaret Fountaine

Hace ya mucho que leí El tiempo de las mariposas, los diarios publicados en 1980 de la entomóloga victoriana Margaret Fountaine.

No me marcó ni recuerdo nada especial de él. Pero anoté esta imagen que es una vía de escape cuando no quieres estar en el momento o lugar en el que estás.

La mañana en la montaña era de una belleza inimaginable.

Y también una de esas frases que te dejan indiferente hasta que, en cierto momento de tu vida, te las dices a ti mismo un día sí y otro también:

Quiero ver todo lo que pueda de este hermoso mundo antes de tener que abandonarlo, y la vida es dolorosamente corta.

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The Awakening / El despertar, de Kate Chopin

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En el siglo XIX era frecuente que la alta sociedad de Nueva Orleans pasara los veranos en Grand Isle. Y eso que, según leo, los huracanes azotan esa costa casi cada ocho años.

En Grand Isle transcurre gran parte de El despertar (The Awakening, 1899), de Kate Chopin, quien pasó allí diez veranos de su vida.

No es ninguna obra maestra pero, siendo de la fecha que es, se agradece asistir a una historia femenina contada por una escritora. La protagonista -la sra Pontellier- tiene todo a lo que podía esperar una mujer de su época pero interiormente se rebela, con final trágico. Ejemplos:

La señora Pontellier no era maternal.

No veía por qué había que anticiparse y pensar en la ropa de invierno durante el verano.

El año anterior los niños habían pasado parte del verano con la abuela Pontellier en Iberville. Estaba segura de su felicidad y bienestar, no los echó de menos salvo alguna ocasional e intensa nostalgia. Su ausencia era una especie de alivio, aunque no lo admitía ni a sí misma. Parecía liberarla de una responsabilidad que había asumido ciegamente y para la el destino no la había preparado.

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Historias de cautivos

En 1675, a Mary Rowlandson y a sus tres hijos los secuestró la tribu Narrangansett cuando asaltó Lancaster, una de las primeras colonias de Massachusetts. Fueron once semanas que Mary relata en Historia del cautiverio y restitución de la señora Mary Rowlandson (1682), que se adscribe a un género muy popular en aquel momento: las captivity narratives o historias de cautivos.

Al horror inicial lo sucede un acercamiento a este pueblo nativo y sus costumbres. Mary hizo amigos entre los nativos, pero tuvo bastantes roces con la jefa Weetamoo. Su mentalidad puritana no concebía que una mujer mandara sobre un pueblo, pero lo cierto es que el papel de las mujeres en las sociedades nativas americanas no era secundario. Según cuenta Gloria Steinem en My Life On the Road (2015), en las lenguas nativas, Cherokee y otras -como bengalí y otros lenguajes arcaicos- no había pronombres de género como él y ella. Un ser humano es un ser humano. 

Otro ejemplo: En los inicios de esta nación, las maestras blancas de escuelas de nativos contaban que se sentían más seguras en las tribus indígenas que en sus propios pueblos. Etnógrafos y periodistas escribieron sobre lo raras que eran las violaciones. Maltratar a las mujeres estaba entre las tres razones por las que un hombre no podía llegar a ser el líder sabio o «sachem», junto con el robo y el asesinato

My Life On the Road es un libro sobre las seis décadas de activismo de Gloria Steinem. Está muy enfocado al lector norteamericano: repasa marchas y concentraciones por los derechos civiles y recuerda a figuras políticas que aquí no son conocidas. Como icono del feminismo que es, nos regala algunos datos para reflexionar:

Las primeras azafatas eran enfermeras certificadas a las que se contrataba para que los pasajeros se sintieran seguros, en una época en la que volar era algo nuevo, no era raro marearse y los pasajeros tenían miedo.

En Estados Unidos, una mujer tiene más probabilidades de ser maltratada o asesinada en su casa por algún hombre conocido que viajando sola. 

A las amas de casa se las consideraba mujeres sin empleo, a pesar de trabajar más, más tiempo y por menos dinero que cualquier otro trabajador. 

Cuando visito clínicas [abortistas], tengo por costumbre preguntar al personal si alguna vez una manifestante [pro-vida] ha entrado a abortar y luego ha vuelto a manifestarse. Desde Atlanta hasta Wichita, la respuesta ha sido que sí. Sin embargo, como ven lo que sufren estas mujeres y quieren proteger su intimidad, no dicen nada. 

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Serpientes del Medio Oeste

American Gothic, Art Institute of Chicago

Beth M. Howard escribía hace un par de días en el New York Times sobre los años que vivió en la casa de American Gothic (1930), el archiconocido (y parodiado) cuadro de Grant Wood.

Era hace una década y se alquilaba por 250 dólares al mes. ¿Por qué tan barata? Porque merodeaban -incluso irrumpían- turistas a cualquier hora y por contrato había que ser amable con ellos. Otras incomodidades: el ruido que hacían las tuberías, los clavos que sobresalían de la tarima o los «residentes» de los recovecos: serpientes de Gopher o bull snakes de casi dos metros que por lo menos no son venenosas… Hoy ya no se alquila como vivienda, aunque sí para eventos, y está abierta al público.

Al leer sobre las serpientes de la casa me acordé de un libro ambientado en el estado vecino, Nebraska: My Ántonia (1918), de Willa Cather. Trata sobre los pioneros de estas tierras, procedentes de países escandinavos, que se encontraban a menudo ejemplares de cascabel.

Fuchs me contó que los mormones trajeron los girasoles a este país; que durante la persecución, cuando abandonaron Missouri y se adentraron en la naturaleza buscando un lugar donde pudieran adorar a Dios a su manera, esparcieron semillas de girasol a su paso por los valles de Utah (My Ántonia, de Willa Cather).

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Pacific Crest Trail

El Pacific Crest Trail es una ruta de senderismo que une México con Canadá atravesando las principales cadenas montañosas de la costa oeste norteamericana. Cruza tres estados -California, Oregon y Washington- y siete parques nacionales. Cheryl Strayed la recorrió y lo cuenta en su novela Wild: A Journey From Lost to Found. La empecé a leer atraída por su experiencia y por los paisajes y me entretuve googleando cada uno. Como lectura de evasión fue fantástica: su valor artístico es casi nulo pero atrapa con esa habilidad de entretener sin esfuerzo aparente que es patrimonio de los americanos. Wild

En unos meses se estrena Wild, con guión adaptado por  Nick Hornby y protagonizada por Reese Witherspoon. Seguramente incidirá en el viaje interior de Cheryl -la muerte de su madre, un divorcio y el coqueteo con las drogas desencadenaron la aventura- más que en la ruta en sí.

Estaba muy interesada en saber a cuántos depredadores se encontraría, y finalmente los vio a todos: el coyote, el zorro, el oso pardo, el puma, la serpiente cascabel y ¡hasta a un Bigfoot! 🙂 Como compañeros de viaje llevaba tres libros -uno de ellos Mientras agonizo, de Faulkner- y montones de melodías en la cabeza, en particular Twinkle, twinkle, little star.  

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Alfred y Emily, de Doris Lessing

Qué me entusiasma de Doris Lessing (Kermanshah, Persia, 1919): su habilidad para traer al presente cosas que se ha demostrado que no eran para tanto; y la forma de convulsionarnos recordando momentos que parecieron insignificantes. Lo descubrí en El sueño más dulce, que comentaré otro día, y después en Alfred y Emily (2008), novela en la que imagina cómo hubiera sido la vida de sus padres de no haber estallado la Gran Guerra (1914-1918).

Lo que consigue Lessing en las 288 páginas Alfred y Emily es que apartes el libro a menudo para desempolvar, revivir y asimilar el pasado o simplemente comulgar con ella en sus implacables reflexiones.

Por ejemplo, sobre la experiencia bélica como obsesión de una vida:

Hay dos clases de soldados: los que no pueden dejar de hablar de su guerra y los que se callan y jamás dicen una palabra de ella. Mi padre sabía que su discurso obsesivo sobre las trincheras era una forma de liberarse de los horrores.

… sobre la guerra como época feliz (sic). Suena raro, ¿pero no tiene cada persona, familia o grupo su época dorada? La reconocerás porque todas las conversaciones acaban hablando de ella.

Cuando los pacifistas, o las personas que intentan poner freno a la guerra, deciden olvidar que algunos hombres disfrutan profundamente del conflicto, cometen un gran error. Ya en tres ocasiones he oído a hombres hablar sobre un pasado feliz junto a sus compañeros del frente. Lo tienen todo en común.

… sobre la maternidad y sus claroscuros:

Nuestras madres eran mujeres que deberían haber estado trabajando, que deberían haberse ocupado, que deberían haber tenido algún interés en la vida que no fuéramos nosotras, sus atormentadas hijas.

Estar encerrada en un espacio reducido con un niño hiperactivo durante cinco días ocupa un lugar bastante destacado en mi lista de experiencias desagradables.

… sobre lo que no es como lo vimos de pequeños:

Ya era adolescente cuando vi realmente la casa, cuando la comprendí… Una niña no ve más de lo que puede entender.

… sobre los terrenos que dejan de cultivarse. Por un lado te deslumbra su frondosidad, porque nunca los viste así, pero por otro extrañas esa familiaridad de los huertos que han pasado de generación en generación:

Con el abandono, las tierras vuelven al monte.

… sobre la muerte de la novela:

Creo que la eterna proclama «La novela ha muerto» se produce porque ninguno de nosotros ha escrito nada tan bueno como «Guerra y paz», «Anna Karenina» o las obras de Dostoievski.

… sobre ese alimento diabólico que se llama azúcar:

A lo largo de mi vida he visto cómo todos y cada uno de los alimentos han sido alabados por ser esenciales y despreciados por ser malos; aunque el azúcar siempre ha sido malo, malísimo.

… sobre el origen turco del corte de pelo emblemático de los felices años 20:

La melena al estilo garçon o el cabello corto que llevaban sus elegantes amigas se habían puesto de moda por las revueltas y guerras civiles que habían supuesto el final de los Habsburgo. Los sublevados y rebeldes llevaban el cabello muy corto. Turquía, que sufría el mismo caos de rebeliones, aportó al mundo de la moda los peinados que supuestamente estaban inspirados en la imagen popular que se tenía de los harenes.

… y sobre lo que recordaremos cuando seamos ancianos. 

Podemos estar con personas ancianas, o con quien ya tiene cierta edad, y no sospechar nunca que tras esos rostros se ocultan continentes enteros de experiencia. Lo mejor para entenderlo es ser anciano uno mismo, cuando no uno de esos avispados niños con una sensibilidad especial por haber aprendido a permanecer vigilantes, sabedores de que una mirada, un mínimo gesto, puede convertirse en recompensa o premio. Dos personas ancianas son capaces de intercambiar una mirada en la que las lágrimas están implícitas, o la frase «¿Te acuerdas de cuando…?» señala algo que ha valido la pena recordar durante treinta años. Incluso un tono específico de voz, cálido o airado, puede ser sinónimo de un amorío o una enemistad que duró una década. Al escribir sobre los progenitores, hasta los hijos más atentos pueden perderse verdaderas joyas.

Ya me gustaría saber de alguna técnica para retener momentos que no sea hacer fotos o grabar vídeos. Lo resume con mucho almíbar esta canción de Abba capaz de hacer llorar a un bebé (comprobado) y que habré escuchado doscientas veces en los últimos meses (versión con subtítulos en español):

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Harriet Beecher Stowe

Harriet Beecher Stowe

Cuando entra en reposo, el kindle muestra al azar imágenes de grandes de las artes y las ciencias. Uno de ellos es esta señora a la que te imaginas entrando en la parroquia en Solo ante el peligro. Es Harriet Beecher Stowe (1811, 1896), ferviente abolicionista que escribió La cabaña del tío Tom (1852) y uno de esos casos en los que el nombre del autor es borrado por el peso de un título emblemático.

Las lágrimas más amargas que se derramarán sobre nuestra tumba serán las de las palabras no dichas y las de las obras inacabadas.

Como curiosidad, en un encuentro con Lincoln en 1862 él comentó: «¡Así que tú eres la pequeña mujer que escribió el libro que inició esta gran guerra!».

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Virginia Woolf en cómic

Virginia Woolf, de Gazier y Ciccolini¿Por qué dibujar la vida de Virginia Woolf? Conocemos la historia, los nombres y escenarios significativos y el final trágico. Gazier y Ciccolini se afanan en cargarla de nubarrones, literal y metafóricamente. Hojeando el cómic te encuentras tonos cada vez más oscuros y figuras más enjutas.

A pesar de todo, es una forma de dar color al estante que tengo dedicado a los libros de Virginia Woolf.

 

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