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Categoría: Escritoras

¿Margaret Atwood o Peggy?

La autora de El cuento de la criada, Margaret Atwood (1939) se define a sí misma como experta mundial en procrastinación en el podcast Worklife with Adam Grant.

Explica que ella procrastina en cualquier momento y lugar, y que, ya que lo hace, se asegura que sea de la mejor forma posible. Por eso ha desdoblado su personalidad: Margaret escribe, y Peggy hace todo lo demás.

Describe con una imagen la procrastinación: quieres meterte en el agua, sumerges un pie y está fría. Entonces esperas, vuelves a meter el pie y sigue fría. Y así hasta que la temperatura te convence y por fin te bañas.

Al final entre los expertos hay consenso: no procrastinamos para no hacer una actividad, sino para evitar el sentimiento o sensación que nos provoca.

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El sueño de una lengua común

El sueño de una lengua común (1974-77) es un hito de la segunda ola feminista escrito por Adrienne Rich.

Hay varios poemas que me han emocionado, por más que el libro en conjunto me haya resultado algo pesado, con grandes altibajos. Para mí brilla especialmente cuando trata temas poco transitados en el canon patriarcal. Por ejemplo:

La maternidad:

Una mujer gira el pomo de la puerta,
con tanto cuidado
que nadie se despierta
y solo ella puede ver entre la oscuridad de los dormitorios,
comprueba quién duerme,
quién necesita su caricia,
por qué ventana entra el aire frío de febrero
y a quién debe proteger:
solo ella lo ve, fue entrenada para verlo.
(del poema Natural Resources)

Marie Curie y las paradojas de su existencia:

Hoy estaba leyendo sobre Marie Curie:
debió saber que estaba enferma por la radiación
su cuerpo bombardeado durante años
por el elemento que ella había purificado.

Parece que al final negó
el origen de las cataratas de sus ojos
la piel agrietada y supurante de las yemas de los dedos 
hasta el punto de no poder sujetar un lápiz o un tubo de ensayo.

Murió siendo una mujer famosa
que negaba sus heridas
negaba que esas heridas procedieran del mismo lugar que su poder.
(del poema Power)

El aborto:

No quería tener este niño.
Solo te lo he contado a ti.
Tal vez quiera tener un hijo algún día, pero no ahora. 
(del poema Paula Becker to Clara Westhoff)

El embarazo:

Dicen que una mujer embarazada
sueña con su propia muerte. Pero la vida y la muerte
van de la mano. 
(del mismo poema, Paula Becker to Clara Westhoff)

Y la madurez:

A los veinte, sí, pensamos que viviríamos para siempre.
A los cuarenta y cinco, quiero saber nuestro límite.
Te acaricio sabiendo que no nacimos mañana,
y de alguna forma, cada uno de nosotros ayudará al otro a vivir,
y en algún lugar, cada uno de nosotros deberá ayudar al otro a morir.
(del poema III de Twenty-one Love Poems)

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Tragedia + tiempo = humor

Me interesa mucho el humor y sus sus límites: cuándo se puede hacer humor de algo o alguien, si lo puede hacer cualquiera.

Esta semana han publicado una entrevista a Lorrie Moore (1957) en The New Yorker. Al preguntarle sobre la dificultad de escribir comedia, responde así:

No pienso que escriba comedia, creo que escribo drama. Pero pasa el tiempo y, como sabemos, si sumamos el tiempo a la tragedia obtenemos comedia. No siempre, por supuesto.

Para mí es, junto con la poesía, la mejor forma de ver la realidad en todos sus matices, y una invitación a pensar con libertad.

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Apegos feroces

Resultado de imagen de fierce attachments the new york times Después de tanta insistencia con el apego en los libros de crianza, se agradace leer en Apegos feroces (Fierce Attachments, 2015), de Vivian Gornick, cómo era el apego en generaciones anteriores a las de nuestros hijos, y en qué resultó. Por más que ya lo sepamos porque lo hemos vivido…:

Esa tarde pensé: «Una de las dos va a morir a causa de este apego».

La protagonista y su madre pasean cada semana por Manhattan y hablan. Son la prueba viviente de cómo recibimos las opiniones y los juicios de nuestro entorno más cercano: nos irritan por previsibles. Y cómo abrimos la mente cuando llegan de desconocidos:

Yo ahora tengo cuarenta y cinco años y mi madre, setenta y siete. Está fuerte y sana. Recorre la isla conmigo sin dificultad. Durante estos paseos no nos queremos, sino que a menudo rabiamos una contra la otra, pero de todas formas paseamos.

Sin embargo, en el último año ha comenzado a darse una extraña circunstancia. En ocasiones, no me llega a hervir la sangre. Me irrito, pero permanezco tranquila.

Disfruté mucho leyendo Apegos feroces, casi lo subrayé entero. Esta es la selección de ideas que me llevo del libro:

  • Sobre el paso del tiempo:

Cada vez que cuenta la historia, es la misma y también es completamente distinta, porque cada vez que la oigo soy más mayor y se me ocurren preguntas que no le hice la última vez.

  • Sobre el placer de leer, de educar la sensibilidad y de disfrutar del arte cuando estamos en un ambiente con poco espacio para él:

Nettie quería seducir, mamá quería sufrir y yo quería leer.

Para Davey, la lectura era un haz de láser –fino, enfocado, intenso– que se abría camino en medio de una
inmensa oscuridad.

No era la necesidad filosófica de hallarle sentido a todo lo que empujaba a la señora Kerner a la narración. Era,
más bien, que valoraba la sensibilidad y para ella, las artes –la música, la pintura, la literatura– eran un vehículo
para la emoción pura.

La vida de una persona era rica o pobre, valía una fortuna o no era más que un desecho, dependiendo de si
estaba enriquecida por la sensibilidad o despojada de ella.

  • Sobre la maternidad y el día a día en una casa con niños pequeños:

Nettie dio a luz un día de agosto terriblemente caluroso después de un parto de cincuenta horas que casi la parte por la mitad. El bebé pesó casi cinco kilos y medio.

Descubrí que me horrorizaba cocinar […] Recuerdo pasarme hora y media preparando algún espantoso plato de cuchara sacado de una revista femenina para terminar engulléndolo los dos en diez minutos, pasarme después una hora limpiando los cacharros y quedarme mirando el fregadero, pensando: «¿Será esto así durante los siguientes cuarenta años?».

Se apostaba en una silla de la cocina cada vez que Richie se quedaba frito al final de la tarde o ya de noche
(nunca lo ponía a dormir, esperaba a que cayese rendido)

Su madre, la señora Shapiro, que vivía en el tercero, siempre lo perseguía por la calle con el vaso de leche que
no se quería terminar.

  • Sobre el apego y sus efectos secundarios, y cómo cambia nuestra percepción del papel de los padres a lo largo del tiempo:

El ambiente de nuestra casa era el de una morgue. La pena de mi madre era primitiva y apabullante: devoraba
todo el oxígeno del aire.

Recuerdo pensar: «Esta mujer no entiende nada. Papá ya no está y mamá puede irse en cualquier
momento. Si lloro, no podré verla. Si no la veo, desaparecerá. Y entonces me quedaré sola». Así comenzó mi
obsesión consciente de tener siempre a mi madre a la vista.

  • Y sobre el pensar como hobby:

Disfruta pensando, aunque no lo sabe. Nunca lo ha sabido.

 

 

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Solo tenemos una historia

Será casualidad o no, pero los dos últimos libros que he leído nacen de la conversación entre una madre y una hija. De Me llamo Lucy Barton (My Name Is Lucy Barton, 2016), de Elizabeth Strout, el pensamiento que me persigue es este: la desproporción entre la importancia de la madre en la casa y en el mundo.

No es un gran libro y cae en referencias algo trilladas -menciona el  «siempre he confiado de la bondad de los desconocidos» de Blanche Dubois -pero solo por ese pensamiento ya le estoy agradecida.

Lucy pasa varias semanas en el hospital y su madre llega para hacerle compañía, después de tiempo sin verse porque Lucy ahora vive en Nueva York y su madre sigue en la casa familiar de Illinois.

La madre de Lucy es una mujer callada que ha pasado muchas penurias; mientras acompaña a su hija en el hospital nadie repara en ella, la escucha o la considera. Pero a la vez es una figura colosal en la vida de su hija, antes y ahora que ya viven tan alejadas una de otra. Y está en el núcleo de su literatura (Lucy es escritora):

«Solo tendrás una historia», le dice una autora a la que admira. «Escribirás esa historia de muchas maneras. No te preocupes por buscar historias. Solo tienes una». 

La madre de Lucy llegó a trabajar en una biblioteca, pero un día le dijeron que, por un cambio en la regulación de bibliotecas, solo podrían contratar a alguien con formación específica para ello.

¿Quién no ha conocido casos así? Suelen quedar como los tiempos dorados para quienes lo sufren, pero borrados en el olvido para todos los demás. Hay ahí una superioridad implícita que explica así la autora:

Es interesante cómo encontramos formas de sentirnos superiores otra persona o a otro grupo. Pasa en todas partes todo el tiempo. No importa cómo lo llamemos, creo que es lo más bajo de nuestro ser, esa necesidad de que siempre haya alguien por debajo.

El otro libro es Apegos feroces, de Vivian Gornick, que queda para otro post.

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Esos versos de Because the Night

La entrevista es mi género periodístico predilecto. Cuando el entrevistado tiene cosas que contar, y las cuenta bien, para mí es puro arte. Alec Baldwin lleva ya unos años al frente del podcast Here’s the Thing, y ahí ha hecho algunas memorables.

En la entrevista a Patti Smith, que es de las que se recuerdan, Patti rememora los días en los que creó, junto con Bruce Springsteen, su éxito Because the Night.

Patti llevaba semanas dando largas al productor Jimmy Iovine, que la perseguía para que escuchara la demo de Because the Night que había hecho Bruce. No le apetecía mezclar su arte de la zona más cool de New Jersey con el de la zona pobre. En palabras de Alec Baldwin, Patti no quería que Bruce contaminara su música.

Pero por fin Patti se decidió a escucharla. Mantenía una relación a distancia con Fred «Sonic» Smith -su futuro marido- y estaba esperando a que la llamara por teléfono, como todas las tardes. Pasaban las horas y el teléfono no sonaba, así que mató el tiempo escuchando la demo. Y esas circunstancias dieron pie a estos versos:

Have I doubt when I’m alone
Love is a ring, the telephone

(letra completa)

 

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El tiempo de las mariposas, de Margaret Fountaine

Hace ya mucho que leí El tiempo de las mariposas, los diarios publicados en 1980 de la entomóloga victoriana Margaret Fountaine.

No me marcó ni recuerdo nada especial de él. Pero anoté esta imagen que es una vía de escape cuando no quieres estar en el momento o lugar en el que estás.

La mañana en la montaña era de una belleza inimaginable.

Y también una de esas frases que te dejan indiferente hasta que, en cierto momento de tu vida, te las dices a ti mismo un día sí y otro también:

Quiero ver todo lo que pueda de este hermoso mundo antes de tener que abandonarlo, y la vida es dolorosamente corta.

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The Awakening / El despertar, de Kate Chopin

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En el siglo XIX era frecuente que la alta sociedad de Nueva Orleans pasara los veranos en Grand Isle. Y eso que, según leo, los huracanes azotan esa costa casi cada ocho años.

En Grand Isle transcurre gran parte de El despertar (The Awakening, 1899), de Kate Chopin, quien pasó allí diez veranos de su vida.

No es ninguna obra maestra pero, siendo de la fecha que es, se agradece asistir a una historia femenina contada por una escritora. La protagonista -la sra Pontellier- tiene todo a lo que podía esperar una mujer de su época pero interiormente se rebela, con final trágico. Ejemplos:

La señora Pontellier no era maternal.

No veía por qué había que anticiparse y pensar en la ropa de invierno durante el verano.

El año anterior los niños habían pasado parte del verano con la abuela Pontellier en Iberville. Estaba segura de su felicidad y bienestar, no los echó de menos salvo alguna ocasional e intensa nostalgia. Su ausencia era una especie de alivio, aunque no lo admitía ni a sí misma. Parecía liberarla de una responsabilidad que había asumido ciegamente y para la el destino no la había preparado.

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Historias de cautivos

En 1675, a Mary Rowlandson y a sus tres hijos los secuestró la tribu Narrangansett cuando asaltó Lancaster, una de las primeras colonias de Massachusetts. Fueron once semanas que Mary relata en Historia del cautiverio y restitución de la señora Mary Rowlandson (1682), que se adscribe a un género muy popular en aquel momento: las captivity narratives o historias de cautivos.

Al horror inicial lo sucede un acercamiento a este pueblo nativo y sus costumbres. Mary hizo amigos entre los nativos, pero tuvo bastantes roces con la jefa Weetamoo. Su mentalidad puritana no concebía que una mujer mandara sobre un pueblo, pero lo cierto es que el papel de las mujeres en las sociedades nativas americanas no era secundario. Según cuenta Gloria Steinem en My Life On the Road (2015), en las lenguas nativas, Cherokee y otras -como bengalí y otros lenguajes arcaicos- no había pronombres de género como él y ella. Un ser humano es un ser humano. 

Otro ejemplo: En los inicios de esta nación, las maestras blancas de escuelas de nativos contaban que se sentían más seguras en las tribus indígenas que en sus propios pueblos. Etnógrafos y periodistas escribieron sobre lo raras que eran las violaciones. Maltratar a las mujeres estaba entre las tres razones por las que un hombre no podía llegar a ser el líder sabio o «sachem», junto con el robo y el asesinato

My Life On the Road es un libro sobre las seis décadas de activismo de Gloria Steinem. Está muy enfocado al lector norteamericano: repasa marchas y concentraciones por los derechos civiles y recuerda a figuras políticas que aquí no son conocidas. Como icono del feminismo que es, nos regala algunos datos para reflexionar:

Las primeras azafatas eran enfermeras certificadas a las que se contrataba para que los pasajeros se sintieran seguros, en una época en la que volar era algo nuevo, no era raro marearse y los pasajeros tenían miedo.

En Estados Unidos, una mujer tiene más probabilidades de ser maltratada o asesinada en su casa por algún hombre conocido que viajando sola. 

A las amas de casa se las consideraba mujeres sin empleo, a pesar de trabajar más, más tiempo y por menos dinero que cualquier otro trabajador. 

Cuando visito clínicas [abortistas], tengo por costumbre preguntar al personal si alguna vez una manifestante [pro-vida] ha entrado a abortar y luego ha vuelto a manifestarse. Desde Atlanta hasta Wichita, la respuesta ha sido que sí. Sin embargo, como ven lo que sufren estas mujeres y quieren proteger su intimidad, no dicen nada. 

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Serpientes del Medio Oeste

American Gothic, Art Institute of Chicago

Beth M. Howard escribía hace un par de días en el New York Times sobre los años que vivió en la casa de American Gothic (1930), el archiconocido (y parodiado) cuadro de Grant Wood.

Era hace una década y se alquilaba por 250 dólares al mes. ¿Por qué tan barata? Porque merodeaban -incluso irrumpían- turistas a cualquier hora y por contrato había que ser amable con ellos. Otras incomodidades: el ruido que hacían las tuberías, los clavos que sobresalían de la tarima o los «residentes» de los recovecos: serpientes de Gopher o bull snakes de casi dos metros que por lo menos no son venenosas… Hoy ya no se alquila como vivienda, aunque sí para eventos, y está abierta al público.

Al leer sobre las serpientes de la casa me acordé de un libro ambientado en el estado vecino, Nebraska: My Ántonia (1918), de Willa Cather. Trata sobre los pioneros de estas tierras, procedentes de países escandinavos, que se encontraban a menudo ejemplares de cascabel.

Fuchs me contó que los mormones trajeron los girasoles a este país; que durante la persecución, cuando abandonaron Missouri y se adentraron en la naturaleza buscando un lugar donde pudieran adorar a Dios a su manera, esparcieron semillas de girasol a su paso por los valles de Utah (My Ántonia, de Willa Cather).

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