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Categoría: Gran novela americana

Serpientes del Medio Oeste

American Gothic, Art Institute of Chicago

Beth M. Howard escribía hace un par de días en el New York Times sobre los años que vivió en la casa de American Gothic (1930), el archiconocido (y parodiado) cuadro de Grant Wood.

Era hace una década y se alquilaba por 250 dólares al mes. ¿Por qué tan barata? Porque merodeaban -incluso irrumpían- turistas a cualquier hora y por contrato había que ser amable con ellos. Otras incomodidades: el ruido que hacían las tuberías, los clavos que sobresalían de la tarima o los «residentes» de los recovecos: serpientes de Gopher o bull snakes de casi dos metros que por lo menos no son venenosas… Hoy ya no se alquila como vivienda, aunque sí para eventos, y está abierta al público.

Al leer sobre las serpientes de la casa me acordé de un libro ambientado en el estado vecino, Nebraska: My Ántonia (1918), de Willa Cather. Trata sobre los pioneros de estas tierras, procedentes de países escandinavos, que se encontraban a menudo ejemplares de cascabel.

Fuchs me contó que los mormones trajeron los girasoles a este país; que durante la persecución, cuando abandonaron Missouri y se adentraron en la naturaleza buscando un lugar donde pudieran adorar a Dios a su manera, esparcieron semillas de girasol a su paso por los valles de Utah (My Ántonia, de Willa Cather).

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Ruido de fondo, de Don Delillo

Ruido de fondo, de Don DeLilloEl título original de esta novela de 1985 de Don DeLillo es White Noise. Oí hablar por primera vez del «ruido blanco» cuando Joanna Goddard comentó que una de las compras imprescindibles para el recién nacido es una máquina de white noise que lo arrulle con su murmullo continuo. En español se titula Ruido de fondo, que viene a ser lo mismo pero sin esa sinestesia tan potente.

Ruido de fondo es «gran novela americana»: torrencial y habitada por personajes que brillan poco. Aunque la historia promete acción (una gran nube tóxica se aproxima a una población), DeLillo prefiere la interior de los personajes.

Desde que se produjera el escape tóxico las puestas de sol se habían vuelto casi insoportablemente hermosas, y ello sin que pudiera establecerse una relación mensurable […] Las puestas de sol solían durar cinco minutos, pero ahora duran una hora.

Me pregunto si al pensar la trama Delillo tendría ya listas las notas sobre la naturaleza humana y las iría volcando:

Sobre el lenguaje no verbal y su afectación:
Posturas fetales, extendidas, patizambas, arqueadas, envaradas, a veces casi invertidas. Se encuentran tan estudiadas que casi representan una forma de mímica clásica. Existe en ellas un elemento de refinación exagerada, de consanguinidad […] Tan sólo practican el lenguaje de su clase económica en una de sus formas externas disponibles.

… el progreso:
Si despertaras mañana en la Edad Media y se hubiera desatado una epidemia, ¿qué podrías hacer para detenerla sabiendo lo que sabes de medicina y de enfermedades? Cuanto mayor es el avance científico, más primitivos son los temores.

… el dorar la píldora:
Yo digo que tú eres brillante, tú dices que yo soy brillante. No es más que una forma de ego comunitario.

… la rutina como muerte:
La rutina puede llegar a ser mortal, Vern, si uno la lleva al extremo. Tengo un amigo que afirma que ése es el motivo por el cual la gente se toma vacaciones. No es para relajarse, ni para divertirse ni para visitar sitios nuevos. Es para escapar a la muerte que existe en la rutina.

… la nostalgia:
Murray afirma que es posible sentir nostalgia de un lugar aunque no te hayas marchado de él. La nostalgia es un producto de la insatisfacción y la rabia. Es un arreglo de cuentas entre el presente y el pasado. Cuanto más potente es la nostalgia, más nos aproxima a la violencia. La guerra es la forma que adopta la nostalgia cuando los hombres sienten la necesidad perentoria de decir algo bueno acerca de su país.

… la obesidad:
La gente experimenta confianza ante la presencia de cierta corpulencia en los demás. Cuando corren malos tiempos, la gente se muestra ansiosa por sobrealimentarse

… el miedo a la muerte: El propio Tolstói se esforzaba por comprender la muerte. Sentía un pavor espantoso hacia ella. – Es como si fuera nuestro propio miedo lo que la desencadena. Si pudiéramos aprender a no temerla, viviríamos eternamente […] La conjuramos a fuerza de hablar de ella. – ¿Y si la muerte no fuera otra cosa que ruido? – Un ruido eléctrico. – Que oyéramos eternamente. Un ruido omnipresente. Qué horror. – Uniforme, de fondo.  

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Más Franzen

Soy rencorosa con la gran novela americana porque me obliga a soportar páginas y páginas que no me interesan. A Las correcciones, de Jonathan Frazen, no le perdono el relato de la conferencia sobre un medicamento contra el Parkinson. Tampoco a John Updike le pasé las lecciones de baloncesto y golf. Como me prohíbo saltarme páginas, cuando empezaba el partido el libro quedaba abandonado hasta una semana, como si a la vuelta lo fuera a encontrar finalizado.

Leí las 734 páginas de Las correcciones con bastante impaciencia, lo reconozco, porque sentía empatía por algún personaje (Enid, Alfred) pero ninguna simpatía. Pero de eso trata esta gran novela americana: de vivencias de seres corrientes fluyendo sin diques para crear una obra tan monumental como la vida misma.

Su anhelo ya no consistía en habitar un mundo diferente; ahora quería vivir en éste, pero con dignidad.

No sé si tiene sentido decir que he leído un libro tarde. Pasado el deslumbramiento del National Book Award y el fervor de la crítica tras su publicación, era indiferente leerlo en 2011 que en 2030. Sigue siendo tan buen testimonio de los males físicos y morales de una época como en 2001, pero de momento Franzen no va a estar en mi santa sanctorum.

Lo dijo Brodsky: «El pescado fresco siempre huele; el congelado sólo huele al descongelarlo».

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Ciudad veintisiete, de Jonathan Franzen

He aquí un libro que he dejado a medias: Ciudad veintisiete (2002), de Jonathan Franzen. He sido voluntariosa y de las 597 páginas he leído 160. No ha habido forma de interesarme por las corruptelas de Susan Jammu, la jefa hindú de la policía de St. Louis.

Indicadores de que debo abandonar la lectura:
1. Leo una página varias veces porque me distraigo.
2. Retomo la lectura después de un día o unas horas y no recuerdo de qué trataba el libro.
3. He leído 20 páginas y todavía no he subrayado nada.
4. Tengo el libro en la mesilla y prefiero echar un vistazo a Twitter (procrastinación 2.0), a mis feeds, al Hola
5. Miro otros libros y me imagino que me dan todo lo que este libro no puede darme.

Pensándolo bien, Ciudad veintisiete tiene material para una serie de TV. Yo, si fuera Franzen, hubiera redactado directamente el guión. Hay diálogo para llenar horas de grabación, políticos turbios, sexo, lolitas, choque cultural, ricos, personajes retorcidos, explosiones, helicópteros sobrevolando las escena de máxima tensión…

No lo abandono convencida, que conste. Es la primera novela de Franzen y quiero estudiar bien a este autor.

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