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Categoría: Literatura norteamericana s. XXI

En el fondo pensamos igual

No queremos ir contra la ciencia.

No queremos pasar por ignorantes.

Nos juzgamos, nos avergonzarnos unos a otros… cuando en el fondo probablemente pensamos igual.

Lo comentaba Jonathan Safran Foer en el podcast Armchair Expert al tratar temas de sostenibilidad. Y viene a cuento ahora que todos somos epidemiólogos, viróligos y médicos.

Safran Foer ha escrito (entre otros) dos libros que ya desde el título son un revulsivo, aunque se pierden muchos matices en la traducción:

Eating animals (2009, traducido como Comer animales: se pierde el concepto de que somos animales comiendo otros animales). Hay un documental basado en este libro.

We Are the Weather: Saving the Planet Begins at Breakfast (2019, traducido como Podemos salvar el mundo antes de cenar: se pierde la idea de que el tiempo cambia por nuestra acción, entre otras).

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Apegos feroces

Resultado de imagen de fierce attachments the new york times Después de tanta insistencia con el apego en los libros de crianza, se agradace leer en Apegos feroces (Fierce Attachments, 2015), de Vivian Gornick, cómo era el apego en generaciones anteriores a las de nuestros hijos, y en qué resultó. Por más que ya lo sepamos porque lo hemos vivido…:

Esa tarde pensé: «Una de las dos va a morir a causa de este apego».

La protagonista y su madre pasean cada semana por Manhattan y hablan. Son la prueba viviente de cómo recibimos las opiniones y los juicios de nuestro entorno más cercano: nos irritan por previsibles. Y cómo abrimos la mente cuando llegan de desconocidos:

Yo ahora tengo cuarenta y cinco años y mi madre, setenta y siete. Está fuerte y sana. Recorre la isla conmigo sin dificultad. Durante estos paseos no nos queremos, sino que a menudo rabiamos una contra la otra, pero de todas formas paseamos.

Sin embargo, en el último año ha comenzado a darse una extraña circunstancia. En ocasiones, no me llega a hervir la sangre. Me irrito, pero permanezco tranquila.

Disfruté mucho leyendo Apegos feroces, casi lo subrayé entero. Esta es la selección de ideas que me llevo del libro:

  • Sobre el paso del tiempo:

Cada vez que cuenta la historia, es la misma y también es completamente distinta, porque cada vez que la oigo soy más mayor y se me ocurren preguntas que no le hice la última vez.

  • Sobre el placer de leer, de educar la sensibilidad y de disfrutar del arte cuando estamos en un ambiente con poco espacio para él:

Nettie quería seducir, mamá quería sufrir y yo quería leer.

Para Davey, la lectura era un haz de láser –fino, enfocado, intenso– que se abría camino en medio de una
inmensa oscuridad.

No era la necesidad filosófica de hallarle sentido a todo lo que empujaba a la señora Kerner a la narración. Era,
más bien, que valoraba la sensibilidad y para ella, las artes –la música, la pintura, la literatura– eran un vehículo
para la emoción pura.

La vida de una persona era rica o pobre, valía una fortuna o no era más que un desecho, dependiendo de si
estaba enriquecida por la sensibilidad o despojada de ella.

  • Sobre la maternidad y el día a día en una casa con niños pequeños:

Nettie dio a luz un día de agosto terriblemente caluroso después de un parto de cincuenta horas que casi la parte por la mitad. El bebé pesó casi cinco kilos y medio.

Descubrí que me horrorizaba cocinar […] Recuerdo pasarme hora y media preparando algún espantoso plato de cuchara sacado de una revista femenina para terminar engulléndolo los dos en diez minutos, pasarme después una hora limpiando los cacharros y quedarme mirando el fregadero, pensando: «¿Será esto así durante los siguientes cuarenta años?».

Se apostaba en una silla de la cocina cada vez que Richie se quedaba frito al final de la tarde o ya de noche
(nunca lo ponía a dormir, esperaba a que cayese rendido)

Su madre, la señora Shapiro, que vivía en el tercero, siempre lo perseguía por la calle con el vaso de leche que
no se quería terminar.

  • Sobre el apego y sus efectos secundarios, y cómo cambia nuestra percepción del papel de los padres a lo largo del tiempo:

El ambiente de nuestra casa era el de una morgue. La pena de mi madre era primitiva y apabullante: devoraba
todo el oxígeno del aire.

Recuerdo pensar: «Esta mujer no entiende nada. Papá ya no está y mamá puede irse en cualquier
momento. Si lloro, no podré verla. Si no la veo, desaparecerá. Y entonces me quedaré sola». Así comenzó mi
obsesión consciente de tener siempre a mi madre a la vista.

  • Y sobre el pensar como hobby:

Disfruta pensando, aunque no lo sabe. Nunca lo ha sabido.

 

 

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Pacific Crest Trail

El Pacific Crest Trail es una ruta de senderismo que une México con Canadá atravesando las principales cadenas montañosas de la costa oeste norteamericana. Cruza tres estados -California, Oregon y Washington- y siete parques nacionales. Cheryl Strayed la recorrió y lo cuenta en su novela Wild: A Journey From Lost to Found. La empecé a leer atraída por su experiencia y por los paisajes y me entretuve googleando cada uno. Como lectura de evasión fue fantástica: su valor artístico es casi nulo pero atrapa con esa habilidad de entretener sin esfuerzo aparente que es patrimonio de los americanos. Wild

En unos meses se estrena Wild, con guión adaptado por  Nick Hornby y protagonizada por Reese Witherspoon. Seguramente incidirá en el viaje interior de Cheryl -la muerte de su madre, un divorcio y el coqueteo con las drogas desencadenaron la aventura- más que en la ruta en sí.

Estaba muy interesada en saber a cuántos depredadores se encontraría, y finalmente los vio a todos: el coyote, el zorro, el oso pardo, el puma, la serpiente cascabel y ¡hasta a un Bigfoot! 🙂 Como compañeros de viaje llevaba tres libros -uno de ellos Mientras agonizo, de Faulkner- y montones de melodías en la cabeza, en particular Twinkle, twinkle, little star.  

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¿A qué cosa te gustaría poner tu nombre? – Libros de Nora Ephron (I): No recuerdo nada y otras reflexiones

Si pudieras dar tu nombre a algo, ¿qué sería? El juego lo proponía Nora Ephron  (1941-2012) en su último ensayo, el divertido y afiladísimo No recuerdo nada y otras reflexiones (2010). A mí se me ocurren bastantes cosas: un volcán, un chocolate fondant, un vestido, una clase de tomate, un detergente, un risotto, una coca, un merengue… ¡cuánta comida!

Cuando murió Nora Ephron me leí todos sus libros. Como dice Elvira Lindo, honro a los muertos dejando que ocupen mi mente durante un rato (no recuerdo de qué libro, artículo o entrevista saqué esta cita). Además de directora (Algo para recordar, Tienes un email, Julie & Julia), guionista (Cuando Harry encontró a Sally) y novelista (Heartburn -Se acabó el pastel-) de éxito, Ephron fue chica del correo, clipper y fact checker en Newsweek, reportera del New York Post, articulista sobre el papel de la mujer en la sociedad estadounidense en Esquire, autora teatral, blogger y hasta becaria de John F. Kennedy.

Su forma de pensar está recogida en varios ensayos, a cual más chispeante. En I Remember Nothing and Other Reflections habla sobre el periodismo, las lagunas de la memoria, Nueva York, la madurez o una de sus grandes pasiones, la cocina, que le llevó a dirigir Julie & Julia, inspirada en la chef televisiva Julia Child. Incluye su famosa lista de las cosas que echaría de menos al morir y las que no. Decenas de medios la reprodujeron cuando publicó el libro y sobre todo cuando nos dejó:

Lo que no echaré de menos:
La piel seca
El email
Mi armario
Lavarme el pelo
Los sujetadores
Los funerales
La enfermedad acechando por todas partes
Las encuestas que dicen que el 32% de los americanos son creacionistas
Las encuestas
Fox TV
El colapso del dólar
Las flores muertas
El ruido de la aspiradora
Las facturas
El email, ya lo he dicho pero quiero enfatizarlo
El cuerpo de letra pequeño
Las conferencias sobre la mujer en el cine
Desmaquillarme por la noche 

Lo que echaré de menos:
Mis hijos
Nick
La primavera
El otoño
Los gofres
El concepto de gofre
El bacon
Pasear por el parque
La idea de pasear por el parque
El parque
Shakespeare in the Park
La cama
Leer en la cama
Los fuegos artificiales
Las risas
Lo que se ve por la ventana
Las luces navideñas
La mantequilla
Una cena en casa para nosotros dos solos
Cenar con amigos
Cenar con amigos en ciudades en las que ninguno vivimos
París
El año que viene en Estambul
Orgullo y prejuicio
El árbol de Navidad
La cena de acción de gracias
One for the table
The Dogwood
Darme un baño
Atravesar un puente hacia Manhattan
Las tartas

Como anuncia el título, un tema recurrente en el ensayo es la memoria cuando falla:

Llevo años olvidando cosas, por lo menos desde que estaba en la treintena. Lo sé porque ya escribí entonces sobre ello.

Me gusta la crítica que hace de esos libros cuyo título es tan poco específico que no hay forma de recordarlo:

«Revés de la fortuna»: ¿cómo puede alguien acordarse de ese título? No tiene que ver con nada.

Y es cómico ver que no recuerda nada de personalidades a las que tuvo la suerte de conocer:

Algunas personas que he conocido de las que no recuerdo nada: Groucho Marx, Ethel Merman, Jimmy Stewart, Alger Hiss, el senador Hubert Humphrey, Cary Grant, Benny Goodman, Peter Ustinov, Jacqueline Kennedy Onassis, Robert Morley, Dorothy Parker.

Pero también toca uno de sus temas preferidos, el periodismo:

Elegí el periodismo. No tengo ni idea de por qué. Debió de ser en parte por Lois Lane, y en parte por un libro maravilloso que me regalaron unas navidades, titulado «El tesoro del gran periodismo».

He aquí la esencia del periodismo: realmente llegas a pensar que vives en el centro del universo y que ese mundo de ahí fuera está en vilo esperando la próxima entrega de cualquiera que sea la publicación para la que escribes.

No sabía mucho sobre nada, y estaba en una profesión en la que no lo necesitaba. Me encantaba la rapidez. Me encantaban los titulares. 

Habla sobre su ciudad, Nueva York (aunque creció en Beverly Hills):

El agente de la inmobiliaria nos aseguró que el sur del Village era un barrio en alza, a punto de estar de moda. Esto no fue cierto hasta veinte años después, cuando la zona ya se llamaba SoHo y yo me había marchado tiempo atrás. 

Sobre los errores de ambientación en las películas:

Hay una cosa que me repatea cuando veo películas que transcurren en los cincuenta o primeros sesenta: la gente no para de decir «joder». Creedme, nadie usaba esa palabra como ahora. Y os diré algo más: entonces no se bebía vino. Nadie sabía de vinos. De acuerdo, algunos sí, obviamente, pero la mayoría de la gente tomaba licor durante todo el día. Hace poco vi una película en la que la había pizza para llevar en 1948 y casi me volví loca. No había pizza para llevar en 1948. Apenas había pizza, y apenas había nada para llevar. Son algunas de esas cosas completamente inútiles que sé y que ocupan demasiado espacio en mi cerebro.

Sobre la mujer de antes y sobre su madre en particular, que se hizo alcohólica cuando Nora tenía 15 años:

Las reglas de mi madre: nunca te compres un abrigo rojo; la carne roja evita que te salgan canas; las fajas arruinan los músculos del estómago; los medios y el fin son lo mismo.

La tía Minnie de mi madre fue la primera mujer dentista de la historia mundial.

Sobre la paternidad y la familia:

Por mi experiencia sé que nadie excepto tus mejores amigos se interesa de verdad por tus hijos. 

Siempre piensas que un relámpago va a hacer que mágicamente tus padres se conviertan en las personas que te gustaría que fueran, o que volvieran a ser los que eran.

Sobre el pelo en la madurez:

Los remolinos han vencido, y crean un hueco pequeño que no llega a ser una calva. Está ahí cuando me levanto; entonces lo arreglo y desaparece. Y un par de horas después vuelve a aparecer. 

Sobre libros:

Casi todos los libros que se publican como memorias se escribieron inicialmente como novelas, pero el agente/editor dijo: «Funcionaría mejor como memorias». 

Sobre la comida:

Una tortilla fabulosa lleva dos huevos enteros y una yema extra, y por cierto, lo mismo sirve para los huevos revueltos.

Me encanta la sal, la adoro […] Antes había siempre sal en la mesa. Ahora la mayoría de las veces no hay. La razón está en que el chef de esta forma expresa enérgicamente que la comida está aliñada correctamente […] Me ofende que pedir sal parezca una agresión hacia el chef, cuando es justamente lo contrario. Cuando hay sal en la mesa no es lo que yo considero sal. Es lo que se conoce como sal marina, lo que solía llamarse sal kosher, pero ese nombre ya no es glamouroso.

Antes si necesitabas una cuchara para un postre te daban una cucharilla. Eso se acabó, y es una pena […] El postre quieres que dure. Quieres saborearlo. Y no puede durar si te dan una cuchara enorme para tomarlo.

Sobre el fracaso:

Un par de mis fracasos al final resultaron éxitos de culto, lo que es tu última esperanza para un fracaso, pero la mayoría de mis fracasos se quedaron en fracasos. 

Los fracasos se quedan contigo de una forma que nunca lo hará un éxito. Te torturan. 

Lo principal que aprendes de un fracaso es que es perfectamente posible que tengas otro. 

Y algunas frases con sabor a despedida:

Tomas tantas pastillas por la mañana que no te queda sitio para el desayuno.

Todo el mundo se muere. No puedes hacer nada contra eso. Comas o no comas seis almendras al día. Creas o no creas en Dios.

Asumir que puede que solo me queden unos pocos años buenos me ha golpeado con fuerza.

Mi idea de un mundo perfecto es una natilla helada en Shake Shack y un paseo por el parque (seguido de un Lactaid). Mi idea de una noche perfecta es una buena función teatral y una cena en Orso (pero sin ajo, o no podré dormir).

Siempre estábamos allí a finales de junio, mi época del año favorita, cuando el sol no se pone hasta las nueve y media de la noche y te sientes como si fueras a vivir para siempre. 

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Más Franzen

Soy rencorosa con la gran novela americana porque me obliga a soportar páginas y páginas que no me interesan. A Las correcciones, de Jonathan Frazen, no le perdono el relato de la conferencia sobre un medicamento contra el Parkinson. Tampoco a John Updike le pasé las lecciones de baloncesto y golf. Como me prohíbo saltarme páginas, cuando empezaba el partido el libro quedaba abandonado hasta una semana, como si a la vuelta lo fuera a encontrar finalizado.

Leí las 734 páginas de Las correcciones con bastante impaciencia, lo reconozco, porque sentía empatía por algún personaje (Enid, Alfred) pero ninguna simpatía. Pero de eso trata esta gran novela americana: de vivencias de seres corrientes fluyendo sin diques para crear una obra tan monumental como la vida misma.

Su anhelo ya no consistía en habitar un mundo diferente; ahora quería vivir en éste, pero con dignidad.

No sé si tiene sentido decir que he leído un libro tarde. Pasado el deslumbramiento del National Book Award y el fervor de la crítica tras su publicación, era indiferente leerlo en 2011 que en 2030. Sigue siendo tan buen testimonio de los males físicos y morales de una época como en 2001, pero de momento Franzen no va a estar en mi santa sanctorum.

Lo dijo Brodsky: «El pescado fresco siempre huele; el congelado sólo huele al descongelarlo».

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Ciudad veintisiete, de Jonathan Franzen

He aquí un libro que he dejado a medias: Ciudad veintisiete (2002), de Jonathan Franzen. He sido voluntariosa y de las 597 páginas he leído 160. No ha habido forma de interesarme por las corruptelas de Susan Jammu, la jefa hindú de la policía de St. Louis.

Indicadores de que debo abandonar la lectura:
1. Leo una página varias veces porque me distraigo.
2. Retomo la lectura después de un día o unas horas y no recuerdo de qué trataba el libro.
3. He leído 20 páginas y todavía no he subrayado nada.
4. Tengo el libro en la mesilla y prefiero echar un vistazo a Twitter (procrastinación 2.0), a mis feeds, al Hola
5. Miro otros libros y me imagino que me dan todo lo que este libro no puede darme.

Pensándolo bien, Ciudad veintisiete tiene material para una serie de TV. Yo, si fuera Franzen, hubiera redactado directamente el guión. Hay diálogo para llenar horas de grabación, políticos turbios, sexo, lolitas, choque cultural, ricos, personajes retorcidos, explosiones, helicópteros sobrevolando las escena de máxima tensión…

No lo abandono convencida, que conste. Es la primera novela de Franzen y quiero estudiar bien a este autor.

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De lectura fácil: Nueva York, de Edward Rutherfurd

Ni el de Woody Allen ni el de Paul Auster, Edith Warthon o J.D. Salinger: el Nueva York de la novela de Edward Rutherfurd es todos a la vez porque arranca en 1664, cuando aún se llamaba Nueva Amsterdam y había asentamientos indios en Manhattan, y termina en 2009, en plena crisis financiera.

En Nueva York los personajes son lo de menos. No hay una saga a la que seguir desde el siglo XVII, sino estereotipos neoyorkinos más o menos reconocibles. Lo más interesante de sus 938 páginas es conocer el origen de los iconos de la ciudad:

Broadway, siglo XVII:

Íbamos caminando por la calle principal que va del fuerte a la entrada de la muralla, la que los ingleses llamaban Broadway…

Los musicales del momento se anuncian en Times Square

 

Wall Street:

Se había trazado una nueva calle paralela a la vieja muralla del norte de la ciudad, que se estaba cayendo a pedazos. A esa nueva calle la llamaron Wall Street. En 1696, los anglicanos sentaron los cimientos de una gran iglesia en la esquina de Wall Street y Broadway, a la que pusieron por nombre Trinity Church.

Bolsa de Nueva York, al final de Wall Street partiendo de Water Street

 

Central Park:

[En 1863] Hacía pocos años que habían dispuesto aquel rectángulo de cuatro kilómetros de largo, proyectado por Olmstead y Vaux, con objeto de proporcionar un espacio de asueto, un «pulmón» en el centro de lo que ya se prevía como un trazado completo de calles. Para ello habían desecado pantanos, eliminado un par de aldeas y allanado colinas. En su lugar las extensiones de césped, estanques, bosques y senderos ofrecían unos paisajes casi tan elegantes como el Hyde Park de Londres o el Bois de Boulogne contiguo a París.

El Upper West Side desde Central Park

 

Little Italy a principios del siglo XX:

La gente procedente de la región napolitana vivía en su mayoría en la calle Mulberry, los calabreses en la Mott, los sicilianos en la Elizabeth…

Edificios pintados con los colores de la bandera italiana en Little Italy

 

La New York Library:

El 23 de mayo de 1911, el presidente de los Estados Unidos en persona se encontraba en la ciudad de Nueva York para presidir una importante ceremonia. En la Quinta Avenida, en el lugar donde antes se elevaba el viejo depósito con aspecto de fortaleza, la gran biblioteca se iba a abrir por fin al público. La colección, basada en la suma de las bibliotecas Astor y Lenox, era inmensa. Gracias a la cuantiosa donación de Andrew Carnegie, el sistema de bibliotecas de Nueva York se encontraba entre las instituciones más generosas del mundo, de acceso libre al público.

New York Public Library

 

El Empire State, nacido para rebasar la altura del edificio Chyrsler:

Había estado en varias obras, y aquella era la más interesante. Se encontraba en la Quinta Avenida, junto a la calle Treinta y Cuatro. A principios de año [1917], aquel solar estaba todavía ocupado por la magnífica mole del hotel Waldorf-Astoria. En marzo, solo quedaba un enorme socavón de doce metros de profundidad. Ahora del lecho de roca del suelo surgía con asombrosa velocidad el rascacielos que iba a superar a todos los que se habían construido hasta entonces. Todo lo relacionado con aquel proyecto era desmesurado. El promotor, Raskob, había salido de la nada hasta convertirse en el hombre de confianza de la poderosa familia Du Pont y presidente de la comisión financiera de la General Motors. El gestor, Al Smith, aún era pobre, pero había sido gobernador de Nueva York por el partido demócrata y hasta podría haber sido elegido presidente de Estados Unidos de no haber sido católico. Ambos eran personas extravagantes. Detestaban la hipocresía de la Ley Seca y amaban los retos. Si Walter Chrysler creía que aquella ingeniosa estratagema de la aguja de acero inoxidable iba a coronarlo rey de la silueta de Nueva York, anda errado. El Empire State iba a superarla dentro de poco.

Vistas desde el Top of the Rock

 

Bryant Park en 2000:

Detrás de la Biblioteca de Nueva York, en el lugar donde antes se alzaba el Crystal Palace, la pequeña zona verde de Bryant Park se había convertido en un tétrico enclave poblado de ratas y traficantes de drogas. Ahora lo habían transformado en un área donde los empleados de las oficinas próximas podían sentarse a tomar un capuchino.

Bryant Park, a dos minutos a pie del hotel

 

Y los indios mohawk que trabajaron en los rascacielos:

En la obra empleaban a bastantes indios mohawk. Medio siglo atrás, familias enteras de ellos habían aprendido el arte de trabajar con el hierro en los puentes de Canadá. Ahora habían acudido desde su reserva para trabajar en los rascacielos de Nueva York. A Salvatore le gustaba mirar cómo los mohawk permanecían tranquilamente sentados en las vigas mienras las proyectaban encima del vacío a alturas de vértigo.

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