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Taormina, la otra Sicilia

En Taormina te esperan los hoteles de cinco estrellas, las tiendas caras y el horario europeo. No te dan de comer a partir de las tres, de forma que unos cuantos españoles acabamos en la Trattoria Giovanni, a unos pasos de Porta Catania, donde desemboca Corso Umberto I, la principal arteria de Taormina. Yo tomé unos suculentos tagliata con mozzarella y espinacas precedidos por unas riquísimas sardinas al limón.

En la montañosa Sicilia es habitual que el casco antiguo de los pueblos de playa esté en lo alto de un risco, supongo que por motivos defensivos. Taormina no es una excepción; subir en coche al centro histórico es una temeridad, quemas el embrague con tantas curvas cerradas y empinadas, y además es imposible aparcar. Así que lo mejor es dejar la macchina en el Parking Lumbi, señalizado en toda Taormina, y tomar allí mismo la lanzadera Navetta, gratuita y llena de turistas que gritan en cada curva como si estuvieran en la montaña rusa.

La Navetta te deja en Porta Messina, donde arranca Corso Umberto I, toda ella primorosamente restaurada para que los habituales de Taormina paseen su glamour por las chiesas, pasticerias y gelaterias. En la Piazza IX Aprile hay un mirador con impresionantes vistas del Mar Tirreno y la rocosa costa. Si miras hacia la izquierda verás el teatro griego.

Agrigento, 23 de abril de 2011

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Estragos del Etna

A los pies del Etna, en la ladera norte, se extiende Randazzo con sus tres chiasas y sus edificios de oscura piedra volcánica. Nada invita a que te detengas mientras la cruzas pensando en qué se le ha perdido aquí a esta gente. Siglos y siglos intacta bajo el volcán han de tener una explicación.

Al dejar esta localidad y atravesar los huertos, a tu izquierda no paras de ver señales que conducen al Monte Etna. Esta, que conste, no es la ladera turística. Si sigues las indicaciones hacia la antigua estación de esquí de Piano Provenzana sabrás por qué.

La estación quedó arrasada por una lengua de lava en 2002. Ascendiendo por la carretera entre espesos bosques no ves nada anormal hasta que una estampa apocalíptica te obliga a parar en seco tras una empinada curva. Ya no ves árboles, solo troncos y ramas muertos, blanquecinos, tumbados, arrastrados y arrojados sobre una masa desordenada de piedras negras escupidas por el volcán. Levantas la vista hacia el monte y le dices «esto es cosa tuya, ¿no?». Parece una descomunal escombrera que se haya ido desprendiendo de la cima. Es fácil distinguir el camino que siguió la lava, engullendo las instalaciones de Piano Provenzano, ahora sustituidas por casetas prefabricadas de madera. A 11 grados, grupos de montañeros inician aquí su ascenso a pie hacia el cráter. La próxima vez me apunto, a menos que ver el volcán bufando me eche para atrás.

Porque una se sugestiona allá arriba. Aquello está vivo. Si ya me pasó en el Teide, que está tranquilo, ¿no me iba a inquietar el Etna? Y eso que las nubes tapaban la humareda, que sí divisé un par de horas después camino a Catania.

Siracusa, 21 de abril de 2011

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Todos los caminos conducen al Monte Etna

Se podía llegar al Etna desde Patti por la autostrada, pero Alfredo, el dueño de Villa Rica, me aconsejó avanzar por la tortuosa carretera que lleva a su azienda.

El GPS no entendía lo que pasaba. Subidas y bajadas para atravesar el Parco Nazionalle de Nabrodi, donde dicen que viven todavía caballos salvajes. No vi ni uno, solo rebaños de ovejas cortándome el paso y bueyes y vacas en algunas escarpadas fincas.

Atravesé San Cosimo, Braidi o la altísima Montalbane, con su adusto Castello de Federico II y animada por un típico mercadillo de pueblo. En todos ellos había vida en las calles; por más que las guías hablen de emigración a las ciudades, en estas localidades emcontrabas fácilmente un improvisado guía que te explicara gesticulando el camino que debías seguir, ¡siempre el más empinado! No olvidemos que en Sicilia se habla siciliano; si no lo entiendes, te lo repiten cinco veces si hace falta.

A casi 2.000 metros de altura, los montes están más pelados, ya no quedan flores y si miras hacia arriba, a la izquierda, verás unas cumbres nevadas que yo encontré cubiertas de nubes: el Monte Etna. En sus faldas vuelve la Sicilia fértil de huertos que cada día provisionan de frutas y verduras los motocarros que a modo de tiendas ambulantes se apuestan en todas las esquinas de la región siciliana.

Siracusa, madrugada del 21 de abril de 2011

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Las canteras de Campobianco

Olvidé hablar de este mágico enclave de Vulcano. En Campobianco los acantilados son de color arena porque en su día se excavaron para extraer piedra pómez.

Todavía quedan viejas estructuras de hierro y oxidados muelles que le dan un aire algo mad-maxiano atenuado por el mar de intenso color turquesa. Una maravilla verlo de cerca desde el barco.

Siracusa, 20 de abril de 2010

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Vulcano apesta

En un impulso de turista irreflexiva he acabado en una excursión organizada a las Islas Eolias. Mi ilusión era ver Stromboli pero tenía que ser una gélida visita nocturna para apreciar bien las explosiones volcánicas, así que la reservo para mi próxima incursión en la zona.

A bordo del Eolian Queen y junto a un centenar de alemanes de la tercera edad he disfrutado mínimamente de dos islas: Lípari y Vulcano, ambas fácilmente avistables desde el puerto de Mizzano.

Lípari es la más grande de las Eolias y apenas he visto la catedral y el circuito turístico de su capital, Lípari. En Corso Vittorio Emanuele he probado por fin los arancini en Mancia e Fui, el take away de Liborio, primo del dueño de la azienda agroturistica en la que me alojo, Villa Rica. También pizzetas y dos o tres variedades más de empanadas: con mozzarella, parmesano, proscuto… ¡riquísimas! Cómo nos gustan en el Mediterráneo los «bollos salados» rellenos, aunque en el Levante español nunca llevan queso.

Y Vulcano ha sido lo mejor del día, con una pequeña reserva: huele muy mal. Ya cuando el barco atraca te choca el fuerte olor, pero al bajar y pasar por la piscina de barros sulfurisos te quieres morir. Por dos euros te embarras y enazufras al pie del volcán, porque Vulcano sí que es un volcán. Aunque desde el siglo XIX no ha entrado en erupción, se mantiene lo que llaman actividad secundaria. Allá arriba, en el cráter, la fumarella se ve desde un kilómetro de distancia. Y ya en la isla ves personitas en lo alto admirándola de cerca. Esto también me lo apunto para la próxima visita.

Por supuesto, me he bañado en una de las pocas playas de Vulcano, junto al Puerto de Levante. Aquí y allá, ya dentro del agua, brotan burbujas de azufre y huele muy, muy mal. Todo sea por mi cutis…

Para terminar la singladura, el comandante Bartolo ha acercado dramáticamente el barco a las formaciones rocosas que emergen al sur de Vulcano. Y los alemanes disfrutando como nunca, tanto meneo sobre el agua parecía un baile de despedida.

Patti, 19 de abril de 2011

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Cefalú, dolce far niente

Desde las carreteras que bordean la Costa Tirrena el mar se ve en degradado de cuatro tonos de azul, del turquesa al marino. Afean la vista las numerosas fábricas en primera línea de playa.

Cefalú es como esperaba que fuera un pueblo siciliano de playa: casas algo destartaladas que se encaraman sobre el tranquilo Tirreno. Es muy turístico, no hay más que ver la cantidad de tiendas de souvenirs. Lo más característico de sus casas son las cortinas de rayas en los balcones.

En un restaurante con maravillosa terrazza sul mare he probado al fin la pasta con sarde -pasta con sardinas-, plato típico siciliano. Tenía mis reservas porque soy muy particular con las salsas de tomate, pero me ha encantado.

Patti, 18 de abril de 2011

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Purgatorio

Después de ducharme con champú (nota para puristas y víctimas del marketing: no pasa nada, peor sería lavarse la cara con exfoliante de pies), confieso que hoy he estado dos veces en el Purgatorio, y las dos he vuelto.

Camino a San Vito di Capo, el gran centro de veraneo del noroeste de Sicilia, atraviesas Custonaci y Purgatorio. Las laderas de las montañas que rodean Custonaci, la cittá di marmo, están comidas por canteras. Aquí la contaminación visual no importa, y si no que se lo pregunten a los que tienden la ropa en la calle.

Purgatorio es una pedanía de Custonaci, donde bastaría con hacer una foto en la señal de la entrada si los sicilianos no condujeran de forma tan atolondada.

San Vito li Capo no tiene otro glamour – ¿quién lo busca en Sicilia?- que el apacible Mediterráneo, azul y turquesa según le dé el sol, y una finísima arena blanca sobre el fondo escarpado y rocoso de la Riserva Naturale dello Zingaro. Junto a la chiesa de San Vito, que parece una fortaleza mirando al mar, venden unos riquísimos helados artesanos. Hoy ha caído otro de pistacho, con brioche por supuesto.

Palermo, 17 de abril de 2011

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Corleone, domingo de Ramos

Llegué a Corleone, Sicilia interior, en pleno trasiego del Domingo de Ramos. Volteaban las campanas y decenas de viejos Fiat Panda de los ochenta circulaban nerviosos por calles empinadas. Aquí, como en España, parece que los domingos se come en Familia.

No he visto nada en Corleone que no haya visto en mi pueblo. Palmas y ramos de olivo adornan los balcones, de los que cuelgan mantones de encaje. Ancianas -alguna, sí, de negro- se sientan en la puerta de casa y saludan a los que pasan. Los abuelos llevan bandejas de pasteles atados con lazos finos de color mostaza. Y la banda de música toca exactamente la misma pieza que en mi pueblo, a 2.500km de aquí.

Hay dos formas de acceder a Corleone: la rápida y la mía. Llegué dando tumbos por una carretera comarcal con tramos de gravilla. No es el único acceso, no, pero en este viaje el GPS se ha empeñado en complacerme con las mejores vistas de los campos sicilianos en primavera. Tardas mucho más pero te vas con el iPhone lleno de fotos de flores. En un par de meses, doy por hecho que el sol devorador y las chicharras convertirán estos paisajes en esa estampa siciliana que estamos acostumbrados a ver en el cine.

Palermo, 17 de abril de 2011

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Dulces sicilianos

Tras seis horas sin comer porque las Catacombe me habían cerrado el estómago, en el Antico Caffé Spinatto de Palermo, fundado en 1860, he redescubierto el canolo.

Lo probé por primera vez en una pizzería bajo el puente de Brooklyn, y después nunca he querido repetir: demasiado denso y dulzón. A los dos segundos me canso.

En este café el canolo es pura delicatessen. Está más tostado y lleva una ligera capa interior ¡de chocolate negro!

Al poco de entrar, en la mesa de al lado una pareja ha pedido unos bollos rellenos de helado. He tardado milésimas de segundo en pedir lo mismo: un brioche con el helado típico de aquí, de pistacho. Un piacere para los sentidos.

Y así es como me he hecho fan del Antico Caffé Spinatto, en Via Principe di Belmonte, 107.

Nota mental: pegar una postal de la bambina Rosalía en la puerta de la nevera y otra en la barra de chocolate negro.

Palermo, 16 de abril de 2011

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Buscando a Lampedusa: quién me ha dado vela en este entierro

Puerta con puerta con las Catacombe se encuentra el cementerio donde está enterrado Gioseppe di Lampedusa, autor de El Gatopardo.

Al entrar no hay indicaciones que conduzcan a su mausoleo, por lo que astutamente te diriges a la zona donde se aglomera el personal. Una vez allí, ya mezclada con los concurrentes, empiezas a ver caras llorosas, ojos enrojecidos, gafas negras, luto, en definitiva. Y caes en que no estás en Père Lachaise ni Lampedusa es Jim Morrison, ¡es un entierro! Así que con mi rebeca roja, mis merceditas celestes y mi cámara me doy la vuelta para guardar un respeto a su dolor.

Sin haber encontrado la tumba del ilustre siciliano, me siento en la escalinata del cementerio y los tonos de los móviles de los paisanos -Lady Gaga, Stereolove…- me recuerdan la documentada simbiosis de vitalidad y culto a la muerte que hay en esta isla. Gioseppo, nos vemos en otra vida.

Palermo, 16 de abril de 2011

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