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Categoría: Viajes

Cara a cara con Colonel Sanders y Johnny Walker

(Sigo con anotaciones sobre las lectura de los últimos meses; estaba claro que no me leía un promedio de 700 páginas al día a pesar del horario de verano.)

Una punzada de traición seguida de resignación: es lo que sentí cuando acepté que Lost era una serie de ciencia ficción. O cuando el gato empezó a hablar en Kafka en la orilla, de Haruki Murakami, que, por cierto, también tiene su limbo y sus otros. Fue un giro difícil de encajar en un libro que había arrancado con un sueño de adolescencia:

El día de mi decimoquinto cumpleaños me escapé de casa, me marché a una ciudad desconocida y empecé a vivir en un rincón de una pequeña biblioteca.

¿Os lo imagináis? Una biblioteca, todo por leer, a un lado el mar y al otro la montaña. Así concibo mi vida de jubilada.

De Murakami me gustó lo japonés pero no tanto lo pop. Purista que es una: no hay intimismo posible cuando Johnny Walker y Colonel Sanders en persona salen al encuentro del protagonista. Sabía que justo ahí estaba la esencia de este autor, así que reservaré el resto de sus novelas, que por algún motivo no me encajan como lecturas de verano, para dar alegría al otoño.

Ese tipo de gente que T.S. Eliot llama «hombres huecos». Personas que suplen su falta de imaginación, esa parte vacía, con filfa insensible y que van por el mundo sin percatarse de ello. Personas que intentan imponer a la fuerza a los demás esa insensibilidad soltando, una tras otra, palabras huecas.

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De lectura fácil: Nueva York, de Edward Rutherfurd

Ni el de Woody Allen ni el de Paul Auster, Edith Warthon o J.D. Salinger: el Nueva York de la novela de Edward Rutherfurd es todos a la vez porque arranca en 1664, cuando aún se llamaba Nueva Amsterdam y había asentamientos indios en Manhattan, y termina en 2009, en plena crisis financiera.

En Nueva York los personajes son lo de menos. No hay una saga a la que seguir desde el siglo XVII, sino estereotipos neoyorkinos más o menos reconocibles. Lo más interesante de sus 938 páginas es conocer el origen de los iconos de la ciudad:

Broadway, siglo XVII:

Íbamos caminando por la calle principal que va del fuerte a la entrada de la muralla, la que los ingleses llamaban Broadway…

Los musicales del momento se anuncian en Times Square

 

Wall Street:

Se había trazado una nueva calle paralela a la vieja muralla del norte de la ciudad, que se estaba cayendo a pedazos. A esa nueva calle la llamaron Wall Street. En 1696, los anglicanos sentaron los cimientos de una gran iglesia en la esquina de Wall Street y Broadway, a la que pusieron por nombre Trinity Church.

Bolsa de Nueva York, al final de Wall Street partiendo de Water Street

 

Central Park:

[En 1863] Hacía pocos años que habían dispuesto aquel rectángulo de cuatro kilómetros de largo, proyectado por Olmstead y Vaux, con objeto de proporcionar un espacio de asueto, un «pulmón» en el centro de lo que ya se prevía como un trazado completo de calles. Para ello habían desecado pantanos, eliminado un par de aldeas y allanado colinas. En su lugar las extensiones de césped, estanques, bosques y senderos ofrecían unos paisajes casi tan elegantes como el Hyde Park de Londres o el Bois de Boulogne contiguo a París.

El Upper West Side desde Central Park

 

Little Italy a principios del siglo XX:

La gente procedente de la región napolitana vivía en su mayoría en la calle Mulberry, los calabreses en la Mott, los sicilianos en la Elizabeth…

Edificios pintados con los colores de la bandera italiana en Little Italy

 

La New York Library:

El 23 de mayo de 1911, el presidente de los Estados Unidos en persona se encontraba en la ciudad de Nueva York para presidir una importante ceremonia. En la Quinta Avenida, en el lugar donde antes se elevaba el viejo depósito con aspecto de fortaleza, la gran biblioteca se iba a abrir por fin al público. La colección, basada en la suma de las bibliotecas Astor y Lenox, era inmensa. Gracias a la cuantiosa donación de Andrew Carnegie, el sistema de bibliotecas de Nueva York se encontraba entre las instituciones más generosas del mundo, de acceso libre al público.

New York Public Library

 

El Empire State, nacido para rebasar la altura del edificio Chyrsler:

Había estado en varias obras, y aquella era la más interesante. Se encontraba en la Quinta Avenida, junto a la calle Treinta y Cuatro. A principios de año [1917], aquel solar estaba todavía ocupado por la magnífica mole del hotel Waldorf-Astoria. En marzo, solo quedaba un enorme socavón de doce metros de profundidad. Ahora del lecho de roca del suelo surgía con asombrosa velocidad el rascacielos que iba a superar a todos los que se habían construido hasta entonces. Todo lo relacionado con aquel proyecto era desmesurado. El promotor, Raskob, había salido de la nada hasta convertirse en el hombre de confianza de la poderosa familia Du Pont y presidente de la comisión financiera de la General Motors. El gestor, Al Smith, aún era pobre, pero había sido gobernador de Nueva York por el partido demócrata y hasta podría haber sido elegido presidente de Estados Unidos de no haber sido católico. Ambos eran personas extravagantes. Detestaban la hipocresía de la Ley Seca y amaban los retos. Si Walter Chrysler creía que aquella ingeniosa estratagema de la aguja de acero inoxidable iba a coronarlo rey de la silueta de Nueva York, anda errado. El Empire State iba a superarla dentro de poco.

Vistas desde el Top of the Rock

 

Bryant Park en 2000:

Detrás de la Biblioteca de Nueva York, en el lugar donde antes se alzaba el Crystal Palace, la pequeña zona verde de Bryant Park se había convertido en un tétrico enclave poblado de ratas y traficantes de drogas. Ahora lo habían transformado en un área donde los empleados de las oficinas próximas podían sentarse a tomar un capuchino.

Bryant Park, a dos minutos a pie del hotel

 

Y los indios mohawk que trabajaron en los rascacielos:

En la obra empleaban a bastantes indios mohawk. Medio siglo atrás, familias enteras de ellos habían aprendido el arte de trabajar con el hierro en los puentes de Canadá. Ahora habían acudido desde su reserva para trabajar en los rascacielos de Nueva York. A Salvatore le gustaba mirar cómo los mohawk permanecían tranquilamente sentados en las vigas mienras las proyectaban encima del vacío a alturas de vértigo.

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