Según leí en el NYT hace unos días, se habló por primera vez de love bombing en los años 70 para describir cómo una secta de Corea del Sur trataba a potenciales adeptos: todo eran elogios, afecto y calidez hasta que los abducían. Y, como ocurre en las sectas, ese despliegue inicial terminaba derivando en maltrato psicológico.
Pensé en dos personajes literarios con ese comportamiento: Gilbert Osmond en El retrato de una dama (Henry James, 1881) y Lord Seadown en Las Bucaneras (Edith Wharton -póstuma-, 1938). El cine está lleno de love bombers que terminan siendo maltratadores: se me ocurren Reynolds Woodcock en El hilo invisible (2017), Gregory en Luz que agoniza (1944) o Martin en Durmiendo con su enemigo (1991). Cuántos ejemplos escalofriantes en un solo párrafo.
Ahora en jerga de redes el love bombing es otra cosa, por lo general inocua e incluso cómica. Es el «pasarse» de toda la vida, lo que en inglés se llama over-the-top.
Si tuviera que explicar el love bombing con una canción elegiría La promesa (2015), de Melendi. Me hace mucha gracia, no lo puedo evitar, aunque él no pretendiera hacer una balada parodiable (que me perdonen Henry James y Edith Wharton por dejar solo un párrafo de distancia entre ellos y Melendi). Ese derroche de romanticismo solo admite una respuesta que está en el refranero: Hechos son amores y no buenas razones.