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Corleone, domingo de Ramos

Llegué a Corleone, Sicilia interior, en pleno trasiego del Domingo de Ramos. Volteaban las campanas y decenas de viejos Fiat Panda de los ochenta circulaban nerviosos por calles empinadas. Aquí, como en España, parece que los domingos se come en Familia.

No he visto nada en Corleone que no haya visto en mi pueblo. Palmas y ramos de olivo adornan los balcones, de los que cuelgan mantones de encaje. Ancianas -alguna, sí, de negro- se sientan en la puerta de casa y saludan a los que pasan. Los abuelos llevan bandejas de pasteles atados con lazos finos de color mostaza. Y la banda de música toca exactamente la misma pieza que en mi pueblo, a 2.500km de aquí.

Hay dos formas de acceder a Corleone: la rápida y la mía. Llegué dando tumbos por una carretera comarcal con tramos de gravilla. No es el único acceso, no, pero en este viaje el GPS se ha empeñado en complacerme con las mejores vistas de los campos sicilianos en primavera. Tardas mucho más pero te vas con el iPhone lleno de fotos de flores. En un par de meses, doy por hecho que el sol devorador y las chicharras convertirán estos paisajes en esa estampa siciliana que estamos acostumbrados a ver en el cine.

Palermo, 17 de abril de 2011

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