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El maestro de Petersburgo y la desesperanza

… Ese modo que tiene la mente de volverse éter ante todo lo que sea demasiado inmenso de sobrellevar (El maestro de Petersburgo, J.M. Coetzee)

Una vez más, agradezco a un escritor que ponga palabras a sensaciones conocidas. Mi cerebro se pone en pausa cuando se satura. Leí hace poco que el estrés es la falta de recursos para responder a todo lo que te demandan (o te demandas a ti misma).

El maestro de Petersburgo (1994) transmite una desesperanza que me hizo leerlo en pequeñas dosis:

Recuerda las palabras de un compañero de prisión en Siberia: «¿Por qué se nos da la vejez, hermanos?¿Por qué? Para que al final podamos empequeñecernos tanto como para pasar a rastras por el ojo de una aguja». Simple sabiduría campesina.

Sobre el personaje de Matryona, la niña que observa, planea todo el tiempo la duda: ¿está escuchando? ¿de qué se da cuenta y de qué no?

El susurro de los adultos -traicionero, fascinante- puede desgarrar el sueño más profundo de los niños.

Los que tenemos niños sabemos que cuanto más bajito hablamos, más les interesa lo que estamos hablando. Si levantas la voz, no te oyen.

Hay niños que sueñan de noche, y otros en cambio esperan a la mañana para soñar. Debería pensarlo dos veces antes de despertar a un niño que está soñando.

 

 

 

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