Solo una pega le pondré al concierto de anoche de Amaia: que no supe que iba hasta el último momento, por lo que me había visto todos los clips de su paso por Barcelona. Por eso, poca sorpresa, pero aun así no pudo ser más emocionante.
Con un precioso vestido rosa cómodo y fresquito, melena natural al viento y un sencillo semirrecogido de coleta alta, Amaia tocó el piano, el harpa y la guitarra. Aunque tenía al público en el bolsillo -las entradas se agotaron hace meses-, si quedaba alguien por convertir al amaismo estoy segura de que salió de allí radicalizado.
Amaia es genialidad y ternura a partes iguales. Te atrapa con ese universo tan suyo, una sensibilidad naïf y sabia y letras que desarman con su franqueza. ¿Y la potencia de voz y lo bien que canta? Hace que parezca fácil lo imposible.
Momentos que guardaré en mi corazón:
– Yamaguchi, con ese final silbado que nos tuvo en silencio absoluto (y en ascuas)
– el piano enfurecido con La Tarara
– Nuevo verano con inicio intimista y final cañero
– el baile endemoniado en Despedida, y el recuerdo a su abuela antes de cantarla
– la garra de Quedará en nuestra mente con la guitarra
– la orquesta y el coro convirtiendo Tengo un pensamiento en ceremonia (como adelantó en La Revuelta)
– Tocotó empezando el concierto y anunciando toda la magia que venía
– el grito de Aitanaaaaaaaa (la posibilidad estaba ahí, pero aun así se vino abajo el Movistar Arena) y ese baile gamberro de las dos con el Quieres ser mi amigo, cómeme el higo / Quieres ser mi amigo, me meo contigo
Trocitos del concierto: