El tiempo al joven no le afecta. O, al menos, no le afecta del mismo modo que a mí. El joven no teme ni piensa que todo será destruido. Yo, desgraciadamente, sí.
Lo dijo Luis Antonio de Villena recientemente en una entrevista.
Cuando te sientes mal, física o emocionalmente, y con el tiempo no mejoras, crees que el malestar se va a quedar para siempre. Pero se acaba pasando, salvo que tengas la mala suerte de que se cronifique. La cuestión es que -malas noticias- lo malo no se queda para siempre, pero lo bueno tampoco.
A veces una palabra o un gesto te quitan la sonrisa un día entero. Y en otro momento otra palabra y otro gesto te dejan delulu sin remedio. Como PAS autodiagnosticada, así son mis días. Pero voy aprendiendo trucos para compensar lo malo con lo bueno y seguir con mi vida.
En los últimos tiempos, la fiebre de la salud mental -que nos ha venido bien- ha conducido a medicañizarlo todo. Me llevé una alegría al leer a una psicóloga que explicaba que hay que diferenciar la patología de las emociones que nos provoca el estar vivos. Por ejemplo:
– echar de menos a una persona no es un trastorno de apego, es sentir cariño por esa persona y querer tenerla cerca
– añorar momentos y lugares no es un trastorno de adaptación ni la antesala de la depresión, sino nostalgia (que tan buena literatura nos da)
– la tristeza del duelo no requiere medicación, es un proceso que hay que pasar (muertes traumáticas aparte)
Sea como sea, de todo se sale. Cuántos malos ratos habrá curado cantar cualquier canción ridículamente cursi de Celine Dion. Como esta, sin medias tintas: