En estos doce años de maternidad he conocido a dos generaciones de padres, y la actitud no puede ser más diferente. La primera es la del enfoque no bullshit o, dicho con menos gracia, sin tonterías. A la segunda, con todas sus cosas buenas, todavía estoy aprendiendo a descifrarla.
Me acordé de esto al leer lo que escribió Ana Iris Simón en El País sobre los regalos a los profesores. Curiosamente, con mi primer hijo nunca hubo iniciativas para regalar nada al final del curso. Con la segunda, en cambio, es ya tradición:
Con frecuencia incluye algún regalo personalizado: una camiseta, una taza o un bolso en el que se lee “la mejor profe”. Es una opción aparentemente movida por la búsqueda de la originalidad, pero lo que hay detrás es en realidad egolatría: la creencia de que el hijo propio es el único niño del mundo.