Las personas mayores lloramos mucho. Veo a un niño adorable por la calle, veo una noticia sobre un rescate heroico o me fijo en una peonía o en la luna llena, y se me llenan los ojos de lágrimas. Sea lo que sea lo que sienta, parece que solo puedo expresarlo así.
Leo un artículo sobre Por qué lloran las personas mayores. En mi cabeza son las que mejor toleran los golpes de la vida; cuando hay malas noticias, los demás lloran y ellos lamentan sin verter lágrimas. Pero ahora veo que estoy equivocada, o será que solo me han rodeado mayores del género imperturbable.
Con la edad, lo inexpresable puede darse con más frecuencia porque uno se acerca a la inexpresividad definitiva de la muerte. No podemos conocer la muerte hasta que es demasiado tarde para contarlo. Y sabemos que es imposible entenderlo hasta que todo conocimiento se haya desvanecido en el pasado, ese pasado recordado y olvidado.
Cuando llegue a anciana por fin mis coetáneos pensarán como yo, que es básicamente tener muy presente que la vida termina. Y no necesariamente por ser anciano: termina y punto. Ha muerto gente que me hizo sentir vieja. Han muerto padres de personas que se burlaron de que los míos fueran tan mayores (y al final sobrevivieron a los suyos).
Que la vida termina, y que va en serio (como decía Gil de Biedma), te empuja a avanzar, tomar decisiones, arriesgar. Es raro que te arrepientas de hacer lo que te pide el cuerpo y te dice la intuición. El cuerpo sabe mucho antes de que la mente comprenda.
¿El obstáculo? El de siempre: el miedo. En concreto, el miedo a llorar.