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Categoría: General

Ni como usted ni como yo

Permítanme que les hable de los muy ricos. No son como usted ni como yo.

Veo en El niño bien (1926), de F.S. Fitzgerald, unas cuantas boutades que ni pintadas para la explosión de realities, reportajes y callejeros sobre el mundo de los ricos.

Fitzgerald remarca que la «gente bien» de Nueva York tiene un acento muy peculiar, cosa que sigue ocurriendo. Para mí no es tan reconocible como el de las Katy Perrys (gross!) o los Sawyers (Yo yourself, Pillsbury), pero lo he ido asimilando gracias, precisamente, a ese afán de los últimos años por documentar la ostentación.

Todos somos bichos raros, más raritos detrás de nuestras caras y nuestras voces de lo que queremos que sepan los demás o de lo que sabemos nosotros mismos.

Cuando habla de una familia «que había contribuido a levantar Nueva York», explica que «era rica antes de 1880». Los autores del cruce de siglo (XIX-XX) dieron una de mis épocas predilectas de la literatura anglosajona, de ahí quizá mi devoción por La edad de la inocencia, Henry James, Virginia Woolf, D.H. Lawrence, Fitzgerald… con el contrapunto «feísta» de la carnicería de Gangs of New York -algo anterior- o Faulkner. Cuánto gusta ahora ese lado sucio; que le pregunten a Guy Ritchie.

Durante el resto de su vida lo acompañó una especie de impaciencia con todos los grupos en los que él no era el centro, fuera por dinero, por posición o por autoridad.

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La casa de Emily Dickinson

«El público general no sabe que Emily Dickinson fue antes jardinera que poeta», cuenta Alexandra Cheney en su blog del Wall Street Journal. Hasta el 13 de junio, en The New York Botanical Garden hay una recreación del jardín de Emily que espero visitar.

Recreación del jardín de Emily Dickinson en Amherst, Massachusetts
Recreación del jardín de Emily Dickinson en Amherst, Massachusetts

Es tal la devoción por Emily de Holland Cotter, del New York Times, que un día de 1963 llamó a la puerta de la que fuera su casa, entonces aún habitada, para que le dejaran echar un vistazo. «Alguien muy importante para mí vivió aquí» fue el argumento para entrar en el Homestead.

Hoy Emily hubiera sido una twittera incansable; Cotter recuerda que algunos de sus poemas son ¡de la extensión de un twit! Siempre se ha dicho que era solitaria, pero mantenía correspondencia con 100 personas desde su habitación propia en la Main Street de Amherst, Massachusetts. Siempre vestida de blanco.

The Homestead
The Homestead
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Luces de bohemia

Solían decirnos en el instituto que Valle-Inclán hacía teatro para leer, no para ver en escena. Así que cuando me propuse a asistir a la representación de Luces de Bohemia (1920) en el Teatro Fernán Gómez de Madrid no paré de pensar en la dificultad tanto de montar una obra con una escenografía tan barroca como de acercar el texto a las nuevas generaciones.

Me encontré con un escenario minimalista, apenas una mesa, unos taburetes y las consabidas mamparas móviles. Los actores vestían ropas contemporáneas, salvo alguna concesión a esos uniformes bohemios que no han variado en siglo y medio.

A los conocedores les habrá gustado la puesta al día, o no, pero quien fuera a presenciar un clásico, y más aún, a descubrirlo, habrá tenido que documentarse muchísimo al salir. En esta adaptación tan depurada, ni los «¡Muera Maura!» ni la explicación del esperpento son comprensibles para un profano.

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Fin de viaje, de Virginia Woolf

Portada de The Voyage Out en la edición de Random House de 2001
Portada de The Voyage Out en la edición de Random House de 2001

Me propuse leer las obras completas de Virginia Woolf por orden cronológico y sin límite de géneros y he empezado por la primera novela: Fin de viaje (The Voyage Out, 1915).

He visto decenas de portadas de esta obra, consciente de que al publicarse nadie sabía que en novelas sucesivas las Woolf abandonaría la narración lineal. Y entiendo que en su momento se debió de recibir como una trama amorosa más, con más divagación psicológica de la habitual y dosis controladas de exotismo -transcurre en las márgenes del Amazonas-.

El viaje río adentro recuerda a El corazón de las tinieblas de Conrad (publicada 15 años antes), aunque el espíritu colonialista es muy marcado y ha envejecido mal. Pero esta vez quienes embarcan son seis ingleses que quieren salir de su indolente rutina en ese hotel en el que apenas tienen contacto con la población local. El trayecto, por supuesto, desencadena la tragedia.

Los personajes no están sólidamente construidos, tal vez Helen Ambrose sea la excepción. Y recuerda a las «heroínas» de Henry James, al igual que Evelyn (¡es «la coqueta» Daisy Miller de James!). Susan y Rachel, Hewett y Hirst, Mrs Thornbury y Mrs Flushing… hay algo que confunde al lector (al menos, a mí) y durante gran parte de la novela forman dúos fácilmente intercambiables, aunque solo sea por la cercanía sonora de sus nombres. Al final se perfilan un poco más. Incluso Clarisa y Richard, el matrimonio Dalloway, que se presenta ya en Fin de viaje, tiene mucho menos interés que en esa obra cumbre de Woolf que es La señora Dalloway (1925).

En sus diarios, Virginia cuenta lo que le dijo E.M. Forster sobre los personajes de Fin de Viaje: que le importaba muy poco lo que les ocurriera.

Lo más destacable del libro es lo que apunta a la mejor Woolf: el análisis psicológico, aunque los personajes resulten tan poco atractivos.

Algunas citas:

No debería permitirse a los jóvenes aprender música como una profesión. El que sepa interpretarla no quiere decir que la aprecie, casi estoy por creer lo contrario. Los que sienten verdaderamente el arte son los que menos lo demuestran (Clarisa Dalloway).

El mayor mérito, el más apreciable de la persona con quien convivimos, es que sepa mantenerse en el pedestal en que le coloca nuestro amor (C.D.).

Una persona puede ser muy agradable aunque nunca haya leído un libro (Rachel).

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El palacio de hielo de Fitzgerald

Yo vivo más bien enclaustrado, y para mí los libros significan más que la gente.

La cita es de El palacio de hielo (1920), de F.S. Fitzgerald, y la leo en plena «investigación» sobre el síndrome de Asperger, ese que sufre Sheldon, de The Big Bang Theory. Descubro también que en 1981 se habló por primera vez del síndrome. Antes, ¿quienes lo sufrían eran raros, sin más?

¿Dónde está el límite entre la rareza que hay que curar y la que te puede acompañar, siempre que no hagas daño a nadie ni a ti mismo?

Las cosas que te harán fracasar son las que amaré siempre: vivir en el pasado, los días y las noches de pereza, toda tu despreocupación y generosidad.

El personaje del que habla esta segunda cita tiene la enfermedad de la nostalgia, entre  otras. A lo mejor, si la tratas le robas al mundo alguna obra maestra.

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Berenice a lo garçon

Es casi imposible convencer de nada a una persona que ya ha cumplido los cuarenta. A los dieciocho años las convicciones son montañas desde las que miramos; a los cuarenta y cinco, cavernas en las que nos escondemos.

Lo dice F.S. Fitzgerald en su relato Berenice a lo garçon (1920). Yo añadiría que, más tarde todavía, las cavernas se vuelven muy, muy oscuras. Hay un punto de luz donde se concentra lo que sabes, conoces y has vivido, y sólo puedes mirar hacia ahí. Por más que fuerces la vista, el resto no lo ves.

Cuando una chica sabe que va perfectamente arreglada y vestida, puede olvidarse de su aspecto. Eso es encanto, gracia. Cuantas más partes de ti puedes olvidar, más encanto tienes.

Es la versión «años veinte» del actual «con vaqueros y camiseta es como mejor estoy». Está todo pensado.

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La estrella distante de Bolaño

Lo que esconde tu nombre, de Clara Sánchez, es una novela sobre criminales nazis que pasan sus últimos años en un pueblo turístico de Levante. Fue ganar el Nadal y leer en todas partes sobre lo fuerte e inspiradora que es esa imagen. He rastreado muchos blogs, revistas y periódicos y a nadie parece recordarle a otra novela de 1996: Estrella distante, de Roberto Bolaño.

Muchos son los problemas del país como para interesarse en la figura cada vez más borrosa de un asesino múltiple desaparecido hace mucho tiempo. Chile lo olvida (Estrella distante, de Roberto Bolaño).

Bolaño novela la esquiva figura de un torturador, asesino y «fotógrafo del miedo» de la dictadura chilena. Es imposible descifrar los pensamientos perturbados de un individuo en apariencia brillante que termina sus días en un apartamento de Lloret en temporada baja.

Allí seguramente no vivía nadie, concluí, náufragos del anterior verano y poco más.

Dan miedo los bloques de apartamentos de la costa en invierno. No hay nadie, y los pocos que hay ten por seguro que no quieren socializar. Si no, no estarían allí.

En un momento del libro, Bolaño recuerda una fotografía de William Carlos Williams con su traje de médico de pueblo, maletín negro y estetoscopio caminando por una acera bordeada de rejas, ¿alguien ha visto esta foto?

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Dos menos

Estoy decidida a ver en escena a todos los grandes del teatro, por eso asistí al estreno de Dos Menos (de Samuel Benchetrit), que es como decir «dos en uno»: Héctor Alterio y Pepe Sacristán.

Los protagonistas son enfermos terminales. En su boca cualquier «después» o «ya lo haremos» te lleva a un silencio reflexivo.

A medida que avanza la representación te vas olvidando de que van a morir y la obra resulta ligera, quizá demasiado dada la envergadura del tema.

Julio y Pedro quieren marcharse en paz y hacen recuento de los hijos que han tenido y de los que no han conocido. Por si el espectador no es muy hábil con las metáforas, una embarazada, un parto y un suicida establecen la consabida correlación entre la vida y la muerte.

Sacristán y Alterio, sin objeciones. Dominan la escena.

Dos Menos se representa en el Teatro Fernán Gómez de Madrid hasta el 7 de febrero.

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La lectura

Reservaba este cuadro de Fantin-Latour para usarlo como avatar, fondo de Twitter, favicon… Como aún no me he decidido, de momento lo pongo aquí.

La lectura, de Henri Fantin-Latour
La lectura, de Henri Fantin-Latour

La exposición sigue en el Thyssen, ¡sólo hasta el día 10 de enero! Para quienes no se sitúen: la obra más célebre de Fantin-Latour es Un rincón de la mesa, el cuadro del que todos los manuales toman el retrato de Verlaine y Rimbaud.

Un rincón de la mesa, de Henri Fantin-Latour
Un rincón de la mesa, de Henri Fantin-Latour. Sentados, de izquierda a derecha: Paul Verlaine, Arthur Rimbaud, Léon Valade, Ernest d'Hervilly y Camille Pelletan. De pie: Elzéar Bonnier, Emile Blémont y Jean Aicard
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Rodchenko+Popova en Madrid

Cualquier trayectoria creativa es la suma total de impresiones de la niñez y la adolescencia; impresiones del mundo que nos rodea y de las ilusiones juveniles (Alexander Rodchenko).

Por iniciativa de nreska, dediqué una mañana de domingo al arte ruso: una exposición de fotografía de Alexander Rodchenko (1891-1956) en la Fundación Canal de Madrid, y otra multidisciplinar de Rodchenko y Liubov Popova (1889-1924) en el Reina Sofía.

Llegué sin preparación, dispuesta a que el arte de la Revolución Rusa se explicara por sí solo. En la primera exposición me convencí de que la fotografía cool ya estaba inventada en los años veinte del siglo pasado, y recuperé las lecciones de surrealismo del instituto al contemplar los retratos del futurista Mayakovski y los collages creados para él por Rodchenko. ¿Recordáis aquello de Un auto de carrera es más hermoso que la Victoria de Samotracia? Lo dijo otro futurista, el italiano Marinetti.

Fotomontaje de Rodchenko para ilustrar el poema "Sobre eso", de Mayakovski
Fotomontaje de Rodchenko para ilustrar el poema "Sobre eso", de Mayakovski

En la muestra Rodchenko y Popova. Definiendo el constructivismo (Reina Sofía) descubrí que ni Rodchenko ni Popova tenían limitaciones como diseñadores industriales, que Popova hacía unos estampados textiles que quiero para mí y que los artistas rusos de la época tenían algún vínculo especial con la imagen madre-escalera-bebé. Atentos:

Cartel de El Acorazado Potempkin y obra de Rodchenko
Cartel de El Acorazado Potemkin y fotografía titulada Escalera, de Rodchenko
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