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Catacombe dei Cappuccini: el Palermo de pesadilla

No contaba con esto. Recordaba lo aprendido sobre catacumbas en Historia del Arte y me las esperaba más… vacías.

En estas catacumbas no cabe ni un muerto más. Estamos hablando de 8.000, muerto arriba muerto abajo, literalmente. Todos muy expuestos con sus mejores galas, personas (en su momento) de todas las edades, sexos y condiciones.

Es el pasaje del terror con exceso de figurantes. A tu derecha, a tu izquierda, arriba y abajo hay esqueletos «vestidos». Hay hasta una salita de restauración con botellas de ¿limpiacristales?

Y está la bambina Rosalía, suponemos que nombrada en honor a una de las patronas de Palermo. Puedes optar por no mirarla, pero lo mismo da: en la tienda de souvenirs, que atraviesas a la fuerza, su momia ilustra decenas de postales. Mejor no sigo… Ah, el fraile de la tienda es de carne y hueso, vive.

PD: Fotos en Google Images, aquí no.

Palermo, 16 de abril de 2011

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Erice, normando medieval

Mi primer contacto con la arquitectura normanda ha sido en Sicilia. En pleno abril parecía enero, y el pueblo entero de Erice estaba dentro de una nube. Ver a los turistas alemanes con bermudas blancas, sandalias y manga corta por el Corso Vittorio Emanuele, su arteria principal, era la única pista de que aquello no era Normandía.

Con el cielo despejado, desde la Torre de su Duomo se supone que se ve el puerto de Trapani, 600 metros más abajo. Pero con la niebla no distinguías a más de cinco metros de distancia, y no exagero.

Erice también supuso mi primer contacto con la gastronomía siciliana. Sin tiempo para documentarme pedí unos ravioli. El impacto fue brutal al servírmelos recubiertos por un engrudo negro como el carbón. Conste que soy fan absoluta del arroz negro, pero esto fue muy duro de digerir. Otra opción era cualquiera de la veintena de platos con melanzane, que suena a dulce pero es berenjena. Verdura que me encanta pero que después de tres días en Sicilia voy a eludir antes de aborrecerla, ¡está en todas partes!

Palermo, 17 de abril de 2011

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Segesta, un templo entre margaritas

Como cualquier alma sensible, me quedo embobada mirando los campos en primavera. En Segesta son ondulados, muy frondosos y plagados de margaritas amarillas y blancas, genista y un arbusto local de flor erizada casi fosforescente. También hay, como era de esperar, chumberas, huertos de olivos y parras.

Había leído que el extraordinariamente conservado Templo de Segesta justifica por sí solo la visita a Sicilia. Y así es. Sobre una loma, expuesto y a la vez muy resguardado, parece dispuesto para que lo pintes rodeado de la preciosa floración de abril. Aquello no podía ser más bonito, además se dejaba fotofrafiar porque apenas había turistas. Un grupo de jubilados me imitó haciéndose fotos entre los arbustos, con el templo de fondo.

Palermo, 15 de abril de 2011

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Sicilia, un paisaje (des)conocido

En cuanto dejas el austero aeropuerto de Palermo y empiezas a circular por las carreteras sicilianas piensas dos cosas:

1. Apenas hay señales de tráfico que indiquen la velocidad máxima. Puedes optar por conducir a la siciliana, a esa velocidad vertiginosa que te hace preguntarte: ¿qué harán cuando haya una emergencia de verdad? Y puedes pecar de turista, ir despacio y estudiar el paisaje.

2. El paisaje te recuerda a algo. Por la vegetación y las construcciones -si bien algo más destartaladas- podría ser el sur de España. No es chocante, sigue siendo paisaje mediterráneo. Hasta que entre las ondulaciones del monte siciliano emerge un templo griego. Entonces reduces un poco más la velocidad y te vas para allá.

Palermo, 15 de abril de 2011

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Adicta a la nostalgia

Es evidente lo que movió a Esther Tusquets a escribir Habíamos ganado la guerra (2007), primer volumen de sus memorias: Yo, hija de los vencedores, a pesar de haber gozado de todos sus privilegios y todas sus ventajas, pertenecía al bando de los vencidos.

Pero yo las he leído para saber cómo se fraguó una escritora clave en mis años universitarios. El lirismo de Varada tras el último naufragio o El mismo mar de todos los veranos está en sus páginas:

Fui, hasta donde me alcanza la memoria, una profesional, una adicta a la nostalgia, capaz de echar de menos hasta lo malo, dice Tusquets, una niña proustiana que confiesa que su soledad consistía puramente en estar sin mamá, la soledad consiste simplemente en la ausencia de la persona amada.

Y lo mejor, lo que hace de estas páginas una lectura absorbente, es la mirada actual de quien ha dejado atrás el intimismo y hasta el miedo. Recuerda Tusquets lo que le dijo Elena Fortún, autora de los libros de Celia: «El miedo es cosa de juventud. Yo he sido terriblemente miedosa. Cuando acabamos de llegar a este mundo desconocido tenemos miedo de todo. Luego, de pronto, nos encontramos con que lo hemos perdido… Tal vez porque le damos menos importancia a todo.» Yo entonces no la creí, pero ahora sé que es verdad.

Habíamos perdido la guerra también guarda guiños a Gironella (una contienda que dejaba al país en ruinas y había ocasionado un millón de muertos) o a Marsé (en Pedralbes vivían todos encerrados con un solo juguete), y desvela alguna pista sobre la obra de esta autora: He escrito mucho sobre mi madre, a veces me parece que sólo he escrito sobre mi madre, o contra mi madre, sin lograr nunca cancelar el conflicto, pasar página, quedar en paz.

Mientras busco un hueco para leer el segundo volumen de las memorias, Confesiones de una vieja dama indigna (2009), me quedo reflexionando sobre esto:

Elegiría la especialidad de Historia y no la de Filología Hispánica, porque no quería mezclar mi gran pasión por los libros con mi trabajo, ¡resulta paradójico que luego me cayera de las nubes, sin yo comerlo ni beberlo, una editorial!

¡Dadme una editorial!

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Mi primer manga

He leído mi primer manga: El almanaque de mi padre (1995), de Jiro Taniguchi.

Mi relación con el manga, de infinito desapego, no iba más allá de las figuras que vi en Fantasy Books (RIP) y de las muñecas sexys de Takashi Murakami que habitaban el Palacio de Versalles cuando lo visité el año pasado.

Y como no podía ser de otra manera (así lo diría cualquier periodista de la nueva hornada), mi primer manga es tan intimista y reflexivo como yo. Su historia es casi la mía, obviando incendios y posguerras. Un suelo inundado de sol y todas las posibilidades que el mundo ofrecía a Youichi allí tendido, jugando, resumen tan bien su vida como la mía.

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Voracidad lectora

Mondadori publica Renacida. Diarios tempranos, 1947-1964, diarios no autorizados de Susan Sontag.

Me ha calado leer la reseña -y aún queda el libro…- porque habla de su voracidad lectora y su obsesión por hacer listas de todo. Yo estoy igual: lo primero conduce a lo segundo. En total apenas son cinco horas libres al día, y necesito llenarlas, aunque sea parcialmente, de literatura.

La voracidad lectora va en aumento, como le pasó a la Sontag. Me sobran las pantallas, las distracciones, quiero libros y hacer de la relación con ellos mi especialidad.

Así que sigo haciendo listas: hoy termino con Doris, mañana Un invierno propio, el fin de semana más Doris y Al faro (relectura), después haré un hueco a El Gatopardo (relectura) para preparar mi escapada siciliana. Seguiré ordenando la lista de libros que comprar en papel, lecturas para las que bastará con el kindle, tachar leídos, subrayar genialidades…

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Todos los nombres, Pessoa y Saramago

Vivimos tan absortos que no reparamos en que lo que nos va aconteciendo deja intacto, en cada momento, lo que nos puede acontecer.

Leyendo sobre la nueva biografía de Pessoa escrita por José Paulo Cavalcanti Filho me he acordado de Todos los nombres (2000), la novela de José Saramago que a su vez me lleva al Libro del desasosiego de Pessoa, mi lectura de cabecera de hará 15 años.

Las grandes tristezas, las grandes tentaciones y los grandes errores resultan casi siempre de estar solo en la vida, sin un amigo prudente a quien pedirle consejo cuando algo nos perturba más que lo normal de todos los días.

Algo así le pasa a don José, apático en apariencia pero temerario en sus maquinaciones: no hay un interlocutor que le frene. Todos los nombres no es una historia de amor, como reza la contraportada, es un relato de la obsesión.

Nadie tiene el derecho de apropiarse de retratos que no le pertenecen salvo si le son ofrecidos, llevar el retrato de una persona en el bolsillo es como llevar un poco de su alma.

Todo empieza y termina en un nombre, lo único que permanece de nosotros en ese tiempo del alma tan difícil de medir, según Saramago: pasamos nosotros, como diría Proust, no el tiempo ni los nombres.

Las viejas fotografías engañan mucho, nos dan la ilusión de que estamos vivos en ellas, y no es cierto, la persona a quien estamos mirando ya no existe, y ella, si pudiese vernos, no se reconocería en nosotros.

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El arte nos arrebata

El gran arte nos afecta físicamente: nos arrebata, nos vulnera, y cuando nos apartamos de él, cuando dejamos el cine o el libro o salimos de la galería o de la sala de conciertos, sigue actuando sobre nosotros, afecta nuestra manera de andar y de mirar, quizás incluso nuestro comportamiento (Antonio Muñoz Molina en Escrito en un instante).

Reconozco estos síntomas. Puedo estar horas abatida y no darme cuenta de que la causa es un libro o un final de temporada. Y como es imposible engañar al sentimiento, o planificarlo, saberlo no me alivia.

El gran arte también es una adicción. Estos días en mi mente se libra una batalla  entre el pensamiento práctico -el de las obligaciones- del pensamiento poético, que es el que desata el arte. Cuando el primero consume toda mi capacidad mental, el segundo declara la guerra. Que gane el mejor.

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